Los hijos, ¿separan o unen?
P. Fernando Pascual
12-10-2011
La llegada de un hijo incide profundamente en la vida del hogar. Si es el primero, porque todo es
novedad, aventura, miedos y alegrías. Si es el segundo, o el tercero, o el cuarto... porque cada hijo
es irrepetible.
A veces surge la duda: los hijos, ¿separan o unen a los esposos? Depende de muchos factores: de
cómo reacciona el padre, de cómo reacciona la madre, de cómo reaccionan los hermanos (si los
hay), de cómo es el hijo.
Puede ocurrir que un hijo genere tensiones, sea visto como el inicio de problemas. Pero en un gran
número de hogares el recién llegado se convierte en factor de unión, de alegría, de esperanza para la
familia.
Acoger de modo positivo al hijo es posible desde un clima de amor. Porque el amor sabe ver al bebé
como riqueza, como plenitud, como coronamiento de la vida matrimonial.
Ese amor prepara la bienvenida y madura con la llegada del nuevo miembro de la familia. Además,
en muchas culturas cada hijo es considerado como una bendición para todos, como una riqueza de
la comunidad, como una garantía de futuro.
Por eso, si hay una sana vida matrimonial, el hijo es un factor que nutre y acrecienta la unión. No
sólo porque exige sacrificios y entrega para cuidarlo y sacarlo adelante, sino porque siempre es una
alegría ver cómo el amor llega a hacerse concreto, tangible, en un ser indefenso y necesitado de
cuidados.
¿Y qué ocurre cuando el hijo llega en el marco de matrimonios con problemas, tensiones,
dificultades? De modo sorprendente, algunos de esos matrimonios empiezan a madurar en su amor
precisamente desde ese niño que empieza a vivir.
El simple hecho de la presencia en el hogar de un ser pequeño, necesitado de todo, revoluciona las
perspectivas y permite redimensionar los problemas.
Quizá ella o él vivían, antes de la llegada del bebé, en una actitud egoísta, donde uno mismo era el
centro de todo, y donde la susceptibilidad hería continuamente la vida de pareja. Con la presencia
de un hijo que llora, que pide comida, que ha de ser lavado continuamente, el egocentrismo puede
quedar relegado a un segundo plano y dejar espacio al fondo bueno que se esconde en el corazón de
cada ser humano.
Por desgracia, no siempre ocurre así, y es entonces cuando un hijo no une a los esposos, sino que
agrava sus tensiones. Pero afortunadamente son muchos los casos en los que la familia madura y se
une de modo nuevo desde la ayuda que inconscientemente ofrece el hijo.
El camino para aceptar a un hijo en medio de situaciones difíciles, ciertamente, exige muchos
esfuerzos, no sólo en lo material. Puede ser difícil cambiar de actitudes, sobre todo si las relaciones
entre los esposos están dañadas de formas más o menos graves. A pesar de las dificultades, la
revolución que experimenta cada hogar con el nuevo inquilino permite auténticos “milagros”,
transformaciones en el corazón y en el modo de vivir que llevan a la pareja a afrontar la situación de
su convivencia desde una perspectiva enriquecida.
Entonces, los hijos, ¿separan o unen? Depende. Habrá casos, como ya dijimos, en el que el hijo
aumente los problemas. En otros casos, ojalá fuesen la mayoría, el hijo no trae una barra de pan
bajo el brazo (como se decía en el pasado), pero sí ofrece miradas y sonrisas que regeneran el aire
que se respira en el hogar.
Luego, con el paso del tiempo, ese hijo podrá reconocer y agradecer tantas cosas buenas que ha
recibido de sus padres. En cierto sentido, ese reconocimiento también servirá como argamasa, pues
nada une tanto como la gratitud. No faltarán casos en los que los mismos padres tendrán que
agradecer al hijo haber nacido en un momento delicado: gracias a su existencia un cariño que estaba
en cuarentena encontró energías y estímulos para resurgir entre las ruinas y fortalecer la unión entre
los esposos y entre todos los miembros de la familia.