“La fe en lo que no se ve”
P. Fernando Pascual
28-4-2012
Para algunos el cristianismo sería algo irracional y absurdo, pues pide creer en cosas que no vemos.
San Agustín intentó responder a esta crítica en un texto elaborado desde un discurso pronunciado,
según parece, el año 399. El texto lleva por título “De la fe en lo que no se ve”.
El texto es sencillo, si bien conserva algunos límites propios del tiempo en el que fue redactado.
Entre sus ideas, encontramos una que conserva su validez: en la vida no podemos dejar de lado
cientos de cosas que aceptamos simplemente sin verlas.
Los ojos, ciertamente, nos dan muchas informaciones de cosas y de personas que están más o
menos cerca de nosotros. Respecto de lo que ocurre en nuestra propia alma no necesitamos testigos
ni miradas: tocamos cada día qué ideas y emociones nacen en lo íntimo de nosotros mismos. Pero
muchos otros asuntos escapan a la mirada de los ojos y a las suposiciones del alma.
El ejemplo que pone san Agustín es sencillo: ¿cómo conocemos el afecto de un amigo? Hablar de
afecto, incluso hablar de amistad, es referirnos a algo que escapa al control empírico. Vemos, no
podemos negarlo, las acciones y las miradas del amigo. Su afecto, sin embargo, queda escondido
dentro de su alma y es acogido sólo desde un acto sencillo de fe humana.
En palabras del texto que estamos citando, “tu afecto te mueve a creer en el afecto no tuyo; y
adonde no pueden llegar ni tu vista ni tu entendimiento, llega tu fe” (“De la fe en lo que no se ve”,
1,2).
Lo que constatamos en la simple experiencia de la amistad vale para la sociedad humana, que no
podría subsistir sin esa fe cotidiana que permite unir los corazones. El texto de Agustín lo expresa
con estas frases:
“¿Quién no ve la gran perturbación, la confusión espantosa que vendrá si de la sociedad humana
desaparece la fe? Siendo invisible el amor, ¿cómo se amarán mutuamente los hombres, si nadie cree
lo que no ve? Desaparecerá la amistad, porque se funda en el amor recíproco. ¿Qué testimonio de
amor recibirá un hombre de otro si no cree que se lo puede dar? Destruida la amistad, no podrán
conservarse en el alma los lazos del matrimonio, del parentesco y de la afinidad, porque también en
estos hay relación amistosa. Y así, ni el esposo amará a la esposa, ni ésta al esposo, si no creen en el
amor recíproco porque no se puede ver. Ni desearán tener hijos, cuando no creen que mutuamente
se los han de dar. Si estos nacen y se desarrollan, tampoco amarán a sus padres; pues, siendo
invisible el amor, no verán el que para ellos abrasa los paternos corazones, si creer lo que no se ve
es temeridad reprensible y no fe digna de alabanza. ¿Qué diré de las otras relaciones de hermanos,
hermanas, yernos y suegros, y demás consanguíneos y afines, si el amor de los padres a sus hijos y
de los hijos a sus padres es incierto y la intención sospechosa, cuando no se quieren mutuamente?”
(“De la fe en lo que no se ve”, 2,4).
Muchos siglos después, Juan Pablo II abordó el mismo tema en su encíclica sobre las relaciones
entre la fe y la razón. El Papa venido de Polonia explicaba cómo los seres humanos podemos ser
definidos como seres que viven de creencias.
Al hacerlo, el Papa señalaba que “en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son
mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería
capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la
vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se
reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas?
Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales
se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad?” (encíclica “Fides
et ratio”, n. 31).
Nuestra vida se construye continuamente en la fe sobre cosas que no vemos. Desde esa fe humana,
y más allá de la misma, podemos dar el paso a una fe mucho más grande y más profunda: la que nos
lleva a acoger la acción de Dios en la historia, la que abre las puertas a Cristo, la que nos permite
formar parte de la Iglesia.