Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Porque te amo te corrijo.
Hay un Pastor que nos habla muy claro: Cristo Jesús
Jesucristo es el Pastor que nos ama de verdad. Nos conoce. Nos llama por
nuestros nombres y nosotros le seguimos (Juan 10,11-18) Qué bueno es poder
escuchar a San Pedro que en su carta nos dice: Ningún otro puede salvar (4,8-12)
Si, aquel que crucificaron y que resucitó de entre los muertos. Aquella piedra
desechada y que ahora es la angular. (Salmo 117)
Es justo y necesario que le demos gracias a Dios y que nos dispongamos a
continuar su obra. Porque de qué sirve decir todo esto y guardarlo como trofeo de
competencia. No, ahora es el tiempo de vivir, ver y anunciar a Dios tal como es
(Juan 3,1-2) Pues todos somos hijos de Dios y como hijos teneos responsabilidad.
Por eso en esta sociedad de mucho ruido se hace necesario el anuncio de
la Buena Noticia. La verborrea domina el ambiente donde todos hablan y nadie
hace. Ese cruce de opiniones debe estar dominado por la búsqueda de la verdad
(Benedicto XVI) para que Comunicar sea ese saber escuchar.
Si Dios es el pastor hay que vivirlo y anunciarlo por ello necesitamos
silencio atento
, en la Palabra de Dios para discernirla en su presencia y saber
responder a lo que dice, a su mensaje y a su aplicación.
Mucho ruido
a tal punto
que no nos escuchamos ni dejamos a Dios que nos hable. Hace falta combinar
silencio y palabra no tanto para escucharnos, sino para que Dios nos hable.
En la comunicación cotidiana se ausenta la reflexión. Todo lo gritamos.
Todo lo acompañamos con música estridente. Y como que ya hablamos a lo
gritado. Y lo más peligroso ya no se busca la verdad, más bien la apariencia, el
participar, el decir para hundirnos en meras palabras.
Necesitamos de un
silencio para digerir
“El Señor es mi Pastor y nada me
falta” Un silencio que debe acompañar a la reposa lectura de la Palabra de Dios
para que en su presencia lo podamos encontrar. Para que la verdadera
comunicación con Dios resulte del silencio y no del atropello de palabras y letras.
Es un silencio que debe llevar a comprender, en la fe, a aquel Jesús crucificado,
descolgado, sepultado y ahora vivo-resucitado. Sin ese silencio es imposible
llegarlo a reconocer.
Necesitamos un
silencio fecundo
que sembrado entre lágrimas recoge entre
cantares. De un silencio de aquel domingo de Pascua donde las mujeres
desesperadas lloraban, pero que luego comprendieron la infinita gracia de Dios en
su amor resucitado y resucitador.
Para sentir que Jesucristo es Pastor y conduce nuestras vidas hay que
hacer silencio. Silencio maduro que hace presente paz para esperar; tranquilidad
para aguardar; atención para captar y por encima de todo, silencio que nos lleva a
la oración, que es el fin del silencio en llevarnos a la verdadera comunicación con
Dios.
Jesucristo es pastor porque yo soy hijo.
El hijo conoce a su Padre y le hace caso.
Hacer caso es más que obediencia. Es seguir su camino para no
equivocarse. Por eso silencio es más que callar. Es darse cuenta que estamos en
las manos de Dios, en su misericordia y ternura. Nadie conoce o reconoce al
Pastor cruzando de brazos o el estar simplemente en silencio. No, nada de eso.
Más bien es dejar que el ruido de Dios, su Espíritu aletee y nos haga entender su
fuerza y sabiduría.
Dejar que Dios me interpele es fruto del silencio. Actuar es permitir al
Espíritu Santo que nos guíe. Dejemos, entonces, que el silencio, no tanto exterior,
sino interno nos revele a ese Pastor que nos quiere conducir sin importarle si tiene
que dar la vida por cada uno.
Esa Buena Noticia se enmarca en un solo rebaño y un solo pastor y este es
el gran contenido de la Noticia que es fruto del silencio amoroso en la Palabra del
Padre Dios.