La joven que sostuvo la mano del Papa
Ser apoyo para el Papa
Pbro. José Martínez Colín
Al Papa le debemos respeto y cariño. Hace años una joven
francesa tuvo oportunidad de estar con el Papa Juan Pablo II y dejó
escrito un interesante testimonio del cual podemos aprender mucho
para vivirlo con su sucesor. A continuación el relato que ella nos dio:
Yo no estaba en el mejor lugar del inmenso escenario y
envidiaba un poco a los que estaban cerca de la silla del Papa. Soy
miembro del Opus Dei y fui nombrada por azar, ser delegada de los
jóvenes. Aunque prefería estar con mis amigos, acepté esta misión.
¡No sabía la gracia que sería!
El Jueves 21 de agosto fue el Happy Day. El Papa llegó en
medio del entusiasmo. Su secretario le presentó a cada uno
brevemente por su nombre y país de origen. Llegó mi turno y le
dijo: “Es Aude, de Francia”. El Papa estrechó mi mano. Yo no soy
muy tímida, y le dije: “¡Santo Padre, le queremos mucho!” Él
respondió: “Muchas gracias”.
Yo estaba orgullosa de haberle hecho mi declaración de amor.
El Arzobispo Lustiger comenzó a presentarle los delegados de otras
confesiones. El Papa estaba volteado hacia las personas que se
acercaban para besarle el anillo de su mano derecha. De repente,
me di cuenta de que su mano izquierda temblaba. No dudé un
segundo. Vi a este hombre que sufre y me dije: ¡Tómala! La tomé
con la mano derecha. Después, como continuaba temblando, con
las dos manos. Entonces cesaron los temblores.
Noté claramente que él me retenía, que apretaba mi mano,
que se apoyaba en mí. Por eso no la solté. Mientras continuaba
saludando a los representantes musulmanes y judíos.
Me hubiera gustado permanecer toda la vida así, sosteniendo
su mano. Me dije: me gustaría que me contratara el Vaticano para
sostener la mano del Papa. ¡Parece que le sienta bien!
Me dije también: estos grandes dignatarios de otras religiones
le besan la mano respetuosamente, pero yo soy su hija en la Fe, no
soy gran cosa, de acuerdo, pero por la gracia del bautismo, soy de
la familia. Por lo tanto, es normal que yo pueda tomarle la mano,
como una hija toma la mano de su padre. Estaba muy orgullosa de
mostrarle así que le quiero.
Porque uno tiene que decirle y mostrarle que le quiere, no
sólo porque es el Vicario de Cristo, sino porque nos transmite las
enseñanzas de la Iglesia con fidelidad, porque ha entregado su vida
al servicio de la Fe, porque todo lo ha sacrificado a su misión. Da
todo lo que tiene, y todo lo que es, cada segundo. Es un modelo de
entrega y coraje.
Al tomar su mano, le dije a Dios: Señor, te doy diez años de
mi vida para que se los des a él. Tal es la necesidad que tenemos
de él.
El Arzobispo me hizo una señal para que ya le dejara, el Papa
tenía que irse a sentar. A mi alrededor todos estaban supercelosos,
estoy segura. Unos amigos bromistas me llaman ahora la pequeña
amiga del Papa. Yo me siento su hija. Él sufre, lleva el mundo sobre
sus espaldas, necesita de mí. Tiene necesidad de todos nosotros, de
nuestra oración, de nuestro amor, de nuestros sacrificios, de
nuestra fidelidad, de nuestra santidad.
Hace tiempo había recortado una foto con su rostro y la había
puesto en mi cartera. Cuando me sentía cansada, miraba el rostro
del Papa valiente, y esto me animaba.
Fui volviendo a casa, la tarde de ese jueves inolvidable,
cuando comencé a darme cuenta de la hermosa gracia que había
recibido gratuitamente, y lloré como un niño.
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