“Quiero ir a Jerusalén”
P. Fernando Pascual
24-3-2012
Los parroquianos le habían escuchado muchas veces decir que no deseaba ir a Jerusalén. Y no
comprendían las razones del padre abad.
Un buen día, el padre abad cambió de parecer. Se dio cuenta de que había ordenado sus
pensamientos de un modo nuevo, y que entonces la idea de ir a Jerusalén era no sólo interesante,
sino incluso maravillosa y buena.
Preparó una nota para el boletín parroquial y la publicó la siguiente semana.
“Queridos parroquianos. Muchos de ustedes me han oído decir que no deseaba ir a Jerusalén.
Incluso cuando se organizó, hace tres años, una peregrinación a Tierra Santa, me negué a participar.
Después de haberlo pensado y, sobre todo, después de haberlo meditado ante el Señor, ahora sí
quiero ir a Jerusalén.
Quiero ir a Jerusalén precisamente por los motivos que antes me hacían mantenerme lejos de la
Ciudad Santa.
Porque en Jerusalén, hoy como hace 20 siglos, encontraré personas que aman a Jesús, y personas
que lo odian. Porque veré entre sus calles y sus muros a mercaderes que buscan hacer negocio de
las cosas de Dios, y a hombres y mujeres que pretenden sólo ayudar a sus hermanos. Porque
percibiré con pena divisiones y odios que separan a los seres humanos que viven en ese pequeño
rincón del planeta, y gestos de perdón que permiten avanzar hacia la paz y la justicia.
Quiero ir a Jerusalén para tocar, como el Maestro, la grandeza y la miseria del corazón humano.
Porque yo mismo le he aplaudido, como el Domingo de Ramos, para luego negarle miserablemente
como Pedro horas antes de llegar al Calvario. Porque yo mismo me he preocupado más por la
propia comodidad que por la justicia. Porque he vivido más para mí mismo que para mis hermanos.
Quiero ir a Jerusalén para seguir las huellas del Nazareno camino del fracaso. Porque no soy
auténtico discípulo si no aprendo a morir a mí mismo. Porque no soy verdadero católico si no
busco, en cada momento de mi vida, realizar la Voluntad del Padre.
Quiero ir a Jerusalén para entristecerme cuando alguien me insulte por ser cristiano, y para dejarme
consolar cuando alguien tienda su mano hacia mí, por encima de las diferencias que nos separan.
Quiero aprender de nuevo, en esa ciudad que es un poco como el mundo entero, que las divisiones
nacen del egoísmo y de la falta de apertura a Dios, y que la unión inicia cuando decimos,
sencillamente, como un centurión junto a la Cruz del Nazareno: ‘Verdaderamente éste era Hijo de
Dios’ ( Mt 27,54).
En pocas palabras, quiero ir a Jerusalén para recordar el inicio de mi amada Iglesia, entre las
miserias de la cobardía humana y el valor que surge cuando acogemos, como María y los Apóstoles,
el soplo incontenible del Espíritu”.