Gabriel García Moreno: político y católico
P. Fernando Pascual
17-3-2012
Para muchos son dos conceptos que se excluyen mutuamente: uno no puede ser a la vez un buen
político y un buen católico. Porque, dicen, o deja de pensar como católico si quiere ser político, o
deja de actuar como político si busca vivir como católico.
La realidad es otra, y lo prueban vidas concretas de políticos que supieron vivir y actuar desde su fe
y para el bien de sus pueblos. Uno de esos políticos se llamaba Gabriel García Moreno (1821-1875).
Gabriel había nacido en Guayaquil, Ecuador. Pronto se distingue por su mente despierta y su
corazón anhelante de nuevas conquistas. A los 15 años empieza a estudiar, en la Universidad de
Quito, filosofía y leyes.
Termina el doctorado con 25 años y se dedica a escribir y actuar como político católico. Viaja a
Europa, vuelve a Ecuador. Empieza a ser perseguido por sus ideas políticas, por lo que sufre el
exilio. Lee y estudia una cantidad enorme de libros de historia, filosofía, ciencias: su deseo de saber
parece inagotable.
Regresa nuevamente a su patria. Pasa, sin embargo, por un periodo de cierto apartamiento religioso,
pues no acude ni a misa ni a la confesión, aunque públicamente defiende a la Iglesia católica. Un
día, un ateo con el que discute le hace ver su incoherencia: ¿cómo alguien que promueve ideas
católicas luego no practica lo que dice creer?
Para Gabriel García esas palabras son la ocasión para dejarse tocar por la gracia y dar el paso hacia
una profunda conversión. Se confiesa y desde entonces acude a misa cada día.
Su carrera política lo lleva primero a ser alcalde de Quito (1857), luego senador y, finalmente,
presidente de la República de Ecuador (desde 1861).
Llega al poder en momentos difíciles para su patria, herida por luchas continuas y por gobernantes
que han buscado, de un modo o de otro, eliminar de la vida pública cualquier huella de la fe
católica.
Desde su puesto de estadista, Gabriel García Moreno emprende una labor inmensa de
reconstrucción, al mismo tiempo que reduce el gasto público. No olvida los valores católicos de su
pueblo, por lo que busca promover la presencia de la fe también en la vida pública.
En 1865 deja el cargo, pero a los 4 años vuelve a ser reelegido como presidente de Ecuador (1869-
1875).
En ese segundo periodo lanza el proyecto de consagrar su patria al Sagrado Corazón de Jesús. La
idea es propuesta primero a los obispos, que la aprueban. Luego obtiene el voto favorable en el
Congreso. Ecuador será el primer país del mundo en consagrarse al Corazón de Cristo, en el año
1873.
Los enemigos y críticos no faltan, y Gabriel García vislumbra que la muerte puede llegarle en
cualquier momento. No por ello deja de cumplir su deber. Mantiene una oración frecuente y
participa siempre que puede a la misa y a otros actos de culto.
Su vida espiritual queda reflejada en unas notas personales que puso en las últimas páginas de una
copia de la “Imitación de Cristo”, el famoso libro de Tomás de Kempis que García Moreno llevaba
siempre consigo. En esas notas leemos lo siguiente:
“Oración cada mañana, y pedir particularmente la humildad. En las dudas y tentaciones, pensar
cómo pensaré en la hora de la muerte. ¿Qué pensaré sobre esto en mi agonía? Hacer actos de
humildad, como besar el suelo en secreto. No hablar de mí. Alegrarme de que censuren mis actos y
mi persona. Contenerme viendo a Dios y a la Virgen, y hacer lo contrario de lo que me incline.
Todas las mañanas, escribir lo que debo hacer antes de ocuparme. Trabajo útil y perseverante, y
distribuir el tiempo. Observar escrupulosamente las leyes. Todo ad majorem Dei gloriam
exclusivamente. Examen antes de comer y dormir. Confesión semanal al menos”.
Durante el año 1875 la situación de su país se hace cada vez más tensa. Grupos de opositores, sobre
todo entre los liberales, lanzan continuos ataques contra García Moreno. Incluso algunos hipotizan
que pueda cometerse un magnicidio.
A pesar del ambiente hostil, la mayoría de las fuerzas políticas deciden reelegirlo por tercera vez
para ocupar la presidencia de Ecuador. Pero algunos ya han decidido asesinarlo.
García Moreno sabe que sus días están contados. En julio de 1875, después de ser reelegido, escribe
una carta al Papa Pío IX:
“Ahora que las logias de los países vecinos, instigadas por las de Alemania, vomitan contra mí toda
especie de injurias atroces y calumnias horribles, procurando sigilosamente los medios de
asesinarme, necesito más que nunca la protección divina para vivir y morir en defensa de nuestra
religión santa y de esta pequeña república... ¡Qué fortuna para mí, Santísimo Padre, la de ser
aborrecido y calumniado por causa de Nuestro Divino Redentor, y qué felicidad tan inmensa para
mí, si vuestra bendición me alcanzara del cielo el derramar mi sangre por el que, siendo Dios, quiso
derramar la suya en la Cruz por nosotros!”.
A los pocos días, el 4 de agosto, dirige unas líneas a un amigo: “Voy a ser asesinado. Soy dichoso
de morir por la santa fe. Nos veremos en el cielo”.
El día fatal llega dos días después. El 6 de agosto de 1875, Gabriel García Moreno va a misa a las 6
de la mañana. Los asesinos ven mucha gente en la iglesia, y deciden esperar.
Un poco más tarde, el presidente se dirige a la catedral. Le dicen que alguien le espera fuera. Sale, y
el grupo de asesinos se abalanza sobre él. Lo hieren a muerte con golpes de machete y armas de
fuego. A los pocos minutos, después de recibir los sacramentos, fallece.
Pocos conocen la historia de este político católico. Gabriel García Moreno supo simplemente acoger
el Evangelio en su vida, y desde la fe intentó servir a su Patria.
Su muerte se convierte en un testimonio de fidelidad a Cristo y a la Iglesia, y en un ejemplo para
que otros hombres y mujeres, dispuestos a servir generosamente a sus pueblos como políticos
católicos, estén preparados para la gracia suprema del martirio.