Me equivoqué y volveré a equivocarme
P. Fernando Pascual
17-3-2012
El padre abad recibió una nota de uno de sus parroquianos más entregados al servicio de los demás.
Cuando terminó de leerla, levantó los ojos al cielo y dio gracias al Dios que da fuerzas a corazones
débiles y generosos.
La nota decía lo siguiente:
“Me equivoqué porque me fié de quien creí era honesto y luego me traicionó cuando menos lo
esperaba.
Me equivoqué porque di mi corazón a un amigo y luego sentí la pena de su abandono.
Me equivoqué cuando dediqué tiempo y energías para ayudar a aquel conocido a dejar la
borrachera, y me encontré con un muro de críticas y un fracaso completo.
Me equivoqué cuando aconsejé a ese compañero de trabajo que no frecuentase ciertos locales de
vicio y sólo conseguí su desprecio y, un día, la pena que me produjo escuchar la noticia de su
muerte tras una enfermedad muy dolorosa.
Me equivoqué cuando hablé con aquel joven para ofrecerle luz en las decisiones de su vida, para
acercarle al Evangelio, para invitarle a frecuentar la misa los domingos y la confesión frecuente, y
luego supe que había empezado a vivir muy lejos de su fe católica.
Me equivoqué cuando recé un día sí y otro también por la conversión de los gobernantes y
parlamentarios, y constaté mes tras mes que aprobaban leyes inicuas, que el aborto se convertía en
algo habitual entre la gente, y que los pobres quedaban cada vez más desamparados.
Me equivoqué tantas veces por querer ayudar a los cercanos y a los lejanos. Me dicen que tuve un
corazón ingenuo, que soñé con arreglar el mundo, que amé “demasiado” a quienes por ser libres
podían en cualquier momento traicionarme o dejarme tirado a un lado.
Pero al menos no me equivoqué del modo más triste y más dramático que puede ocurrir a un ser
humano: cuando se cierra en una concha de egoísmo para evitarse problemas, y cuando olvida que
sólo es hermosa la vida si la arriesgamos por algo bueno, noble y bello.
Por eso, volveré a equivocarme una y cien veces. Me basta simplemente con encontrar una ocasión,
aunque sea remota, para que vuelva a tender la mano. Ofreceré entonces cariño sincero, elevaré mi
oración a Dios por este familiar, amigo o conocido, me lanzaré nuevamente al ruedo, “tiraré” al
viento lo mejor de mi vida, aunque mi corazón quede sin defensas ante quien desee humillarme
nuevamente.
Quizá mañana vuelva a llorar por un nuevo fracaso. Pero al menos en medio de mi derrota habrá
algo hermoso: sabré que sufro porque preferí el riesgo de amar, descubriré que sólo así empiezo a
estar más cerca de quien un día ofreció por nosotros su Cuerpo y su Sangre en un madero...”