¿DÓNDE ESTÁS SEÑOR?
Por: Claudio de Castro
Suelo, en medio del silencio preguntarle: “¿Dnde estás Seor?”
Y me parece que responde: “Aquí, a tu lado. Donde siempre he estado”.
Estoy por cumplir 55 años. Miro a mi alrededor pero no veo el mundo, ni a las
personas, ni los edificios, ni las calles o los autos. Veo a Dios.
Y a través suyo, veo el mundo, a las personas, la naturaleza.
Reconozco que Dios siempre ha estado presente en mi vida, aunque no siempre lo
comprendí.
En dos ocasiones me he percatado de su presencia. La primera fue una enseñanza,
como las que Él suele dar en su pedagogía. Recuerdo que iba a Misa y afuera de la
Iglesia se encontraban algunas personas de las que suelen pedir limosnas. Una de
ellas me reconoció y se sentó a mi lado. Me incomodé y no supe qué hacer. Sentí
deseos de cambiar de banca pero me quedé donde estaba. Luego de la comunión
saqué mi librito de oraciones y le dije al Seor: “¿Qué puedo hacer por
ti?”. Escuché una respuesta certera en el corazn. “Me tienes a tu lado. ¿Qué harás
por mí?” Miré aquél hombre enfermo que dormía en las calles y comprendí mi grave
error. Recordé entonces este versículo de la Biblia: “Si alguno dice: Yo amo a Dios,
y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien
ha visto, ¿cmo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (Jn 4, 20)
La segunda vez fue diferente. Conducía el auto y de pronto advertí una ternura
inmensa que me inundaba. No sabía qué ocurría. Rebasaba mis fuerzas. Era tanta
que me llenó el alma con un sentimiento inesperado y empezó a brotar de mí el
deseo de abrazar al pobre, al necesitado, a todos. Fue una experiencia arrolladora
que no comprendí.
“¿Qué es esto?”, me preguntaba.
No quería que terminara, ni deseaba pensar en nada más. Dios se había apoderado
de mí. Y no deseaba que se fuera. Me habría gustado ir a una montaña, sentarme
sobre una piedra a la distancia y quedarme en silencio, sumergido en aquél abrazo
paternal.
Pasé varias semanas tratando de comprender, pensado qué había hecho para
merecer esta gracia. Quería repetirla y no podía.
Tiempo después de la misma forma inesperada volvió a ocurrir. Esta vez sabía lo
que era: Dios que pasa y va transformando todo con su Amor.
En esos momentos infinitos comprendí muchas cosas: la gratuidad de Dios, su
amor inmenso por nosotros sus hijos, su deseo como Padre que confiemos y lo
amemos. Que amemos a nuestros semejantes, que lo reflejemos en los más
necesitados de una palabra, una sonrisa, un gesto tierno, una voz de aliento.
Aquellas experiencias me marcaron de por vida.
Dios que es amor, deseaba nuestro amor.
No siempre he logrado comprender a Dios, pero siempre lo he sabido a mi lado.
Todavía suelo preguntarle: “¿Dnde estás Seor?”
Y Él sigue respondiendo: “Aquí, a tu lado. Donde siempre he estado”.