Dios se hizo hombre por amor.
Dios quiso venir a todos.
Dios regaló a su hijo en promesa.
Promesa que despierta oración.
El Adviento nos prepara para el amor de la Encarnación
Para muchos lo material es lo más importante para preparar la Navidad. En
otros, son los recuerdos que le acongojan y les restan alegrías y esperanzas. En
algunos la quejadera de lo que no tienen envenenados por los que si tienen. Pero el
tiempo no se detiene y sigue su camino. Ya en este Tercer Domingo de Adviento la
cercanía a la Navidad es eminente y ya está a la vuelta de la esquina y por eso se
necesita prepararla.
Si ayer era el tun, tun que tocaba la puerta, ahora es un Adviento que nos
grita que hagamos unos preparativos. Que en nada tienen que ver con los precios
tan altos de la comida, de los turrones, de los arbolitos, de las luces… Son unos
preparativos con aquella cancin que entonaba Nancy Ramos “Ven a mi casa esta
Navidad” Y es aquí donde está el centro del gran preparativo que nos invita el
Adviento.
Dispongámonos para algo grande, sin que lo silencie lo anecdótico y
folklórico de diciembre. Pues para muchos la Navidad es comprar y consumir.
Olvidando que es el mismo Dios que viene a nosotros. Un Dios que es grande,
hermoso, maravilloso y viene a nosotros por amor. Por lo tanto hay que disponerse
a un encuentro que entre más lo celebramos nunca es viejo y siempre será nuevo.
Hablamos de la Encarnación de Dios que desde el vientre virginal de la Santísima
Virgen María se hace carne, humanidad para salvarnos.
Esa preparación comienza con la gratitud de quienes saben reconocer ese
amor de Dios para con todos. Es una gratitud que ha podido escuchar con oídos
sencillos, pero emocionados, la promesa que hizo Dios. Promesa que está
enmarcada en permanecer para siempre (Mateo 28,20) Dios viene a todos y se
queda en todos porque lo que le mueve es el amor.
Esta preparación involucra a todo y a todos los hombres. Por dentro y por
fuera. Por delante y por detrás. De día y de noche. A cada instante y en cada
momento Dios acompaña y bendice a la humanidad. Por eso esta espera se hace de
pie. Bien vivos y bien activos. Con ojos abiertos y los oídos captando las voces de
los ángeles que ya empiezan a advertir la llegada del Mesías, el Ungido regalo de
amor.
Es, entonces, tiempo de mucha esperanza para no desesperar. Tiempo
para preparar caminos con un gran aviso: “Dios seguirá viniendo” y esa llegada nos
debe encontrar felices, preparados, con tal confianza que no nos haga dudar ni por
un instante. Para ellos encender esa luz que iluminó a pastores y magos, a los
humildes y los sabios para quedar admirados en aquel pesebre maravilloso en el
amor y la paz. Para ellos un descubrir a Dios tan pequeño y tan bello; un
encontrarse con una familia tan pobre, pero tan llena de Dios.
La promesa de Dios se va a hacer realidad para que en esas noches de
soledad, de hastío y de mucha angustia esa estrella, que se enciende en Adviento,
la podamos contemplar en la Noche Buena de Navidad. Es un avanzar para dejar
todo atrás: malos recuerdos, traiciones, aoranzas caprichosas… Dejando es que
valoraremos aquella venida que ya comenzó hace mucho. Ya que en la vida es muy
necesario mantener una memoria agradecida por todo lo recibido. Por eso el coraje
para entender que hay que emprender este viaje. Pues todo es u regalo de un Dios
que nos busca y sale a nuestro encuentro. Al mejor estilo del hijo pródigo (
Lucas
15:11-32) donde aquella bendición que perdimos nunca nos abandonó porque el
amor de aquel padre siempre supo esperar.
Es la sorpresa del pesebre la que envuelve el regalo de la salvación para
que el adviento aprendamos a ser agradecidos y saber esperar. Sigamos el avance
para que, dentro de poco, contemplaremos la grandeza de la Encarnación.
Gracias San José y María.
Gracias por aceptar la misión.
Gracias al amor de Dios
que se hizo parte de la humanidad en su Encarnación.