Pesebre lugar del amor de Dios
No puede ser simple historia de un acontecimiento lejano. No es cuento
que se pierde en las noches de fabulas cuando nuestra madre nos quería dormir.
Mucho menos repetición para olvidar las tristezas de la vida. Aquel pesebre (Lucas
2,6-7) “
Aconteció que, mientras ellos estaban allí, se cumplieron los días de su
alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito. Le envolvió en pañales, y le
acost en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesn” Es tan cierto y
tan maravilloso que, de seguro, despierta en cada uno admiración, misterio e
incluso un silencio que hace enmudecer a los más parlanchines.
En el pesebre encontramos la mejor sorpresa de Dios dentro de una
historia de salvación, quizás, extraña, pero fascinante para quienes necesitamos un
abrazo liberador. En nosotros la gratitud en la esperanza de llegar a tiempo a ese
pesebre que nos entrega al Dios humanado capaz de amar en su infinita
misericordia.
Nada de afanes que emborrachen la mente o torpezas que dañen la espera.
Nada de jugar a lo ridículo del odio con separaciones familiares y rencores
sembrados. Pues los justos desean sólo el bien; los malvados esperan la ira,
enseñanza hermosa que encontramos en Proverbios 11, 23.
Miremos hacia el pesebre que nos hace esperar. Avancemos hacia su
presencia donde José, María y el Niño, para que en armonía con los pastores nos
inviten a compartir leche, pan y requesón. Es un pesebre de verdad, no de cuentos
o simples fantasías. Está ahí y desde aquí lo buscaremos para no olvidar que por la
humanidad, por todos se hizo carne para la salvación.
En ese pesebre notamos a los lejos una estrella de luz muy intensa. En ella
reflejos que marcan rutas para avanzar. No es un avance por interés donde importe
más el consumismo que la hermandad. No es luz que enceguece o atolondra para
no ver a quienes mueren de frío y palidecen de hambre. No son reflejos que
permiten las dudas y siembran rivalidades para el enfrentamiento.
En esa luz, encendida por la mano de Dios, nada de simples deseos para
que las cosas sean diferentes o imaginarnos futuros mejores. Está encendida y a su
lado se oye una voz: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan
de su buena voluntad” (Lucas 2,14) Es un canto de ángeles que nos señalan que no
son los poderosos, sino los sencillos los primeros testigos. Anuncian la paz para la
tierra en aquellos que gozan de su buena voluntad. Esos son los que aceptan a
Jesucristo. Un Jesucristo que nos invita a que su palabra sea vida y misión de la
Iglesia. Entonces, esa voz nos indica la llegada de la Palabra de Dios a la tierra y
para entenderla hay que vivir y estar en paz delante de Dios.
Por el pesebre descubrimos que ese verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros (Juan 1,14) Es un abajarse de Dios para hacerse uno de nosotros. Para
que nosotros nos hagamos como Él. Dios asume nuestra humanidad para que
nosotros seamos acogidos en su divinidad. Por su gracia hemos sido hechos hijos
en el Hijo, “mas cuando vino la plenitud de los tiempos, envi Dios a su Hijo, nacido
de mujer, puesto bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de
que recibiésemos la adopcin de hijos” (Gálatas 4,4-5)
Ya nos enfilamos a celebrar y re-actualizar el nacimiento del Señor. Tiempo
para escuchar atentamente la Palabra de Dios que se hace niño y acogerlo en
nuestros corazones. El Verbo de Dios debe "hacerse carne" nuevamente en
nosotros. Es necesario entonces preparar nuestros corazones para recibir al
Salvador y así permitir que Él se haga vida en nosotros.
Acudamos en esta Navidad al pesebre con los oídos y el corazón bien
dispuestos para poder escuchar su Palabra, para poder comprender el mensaje de
verdad y de amor que se hace palpable en ese niño "indefenso" que es Dios
omnipotente.
Niño chiquitico, niño parrandero
Niño chiquitito niño parrandero,
quédate con nosotros hasta el mes de enero. (Bis)
Fuego al can,…