Dime que te cuento y te diré que aprendes
Acaso. ¿Otro Adviento más?
No se repiten los tiempos. Ellos siempre son nuevos y en cada uno hay
ilusión, esperanza y ese deseo, inmenso, de encontrar a Dios a la vera de nuestro
caminar. Para este santo tiempo de Adviento jamás pensaremos que una repetición
más u otro tiempo que dejamos pasar. Por eso, ante la expectativa en la llegada
del Adviento se abre un gran espacio para los grandes sueños. Que nadie se quede
sin soñar, mucho menos lo más pobres, los enfermos y los desolados.
No puede ser cualquier adviento porque desde el anterior hicimos un
propósito serio y firme en referencia a un cambio armonioso dejando lo feo y
asumiendo lo bello y hermoso que Dios quiere dentro de nosotros. Alcemos la
cabeza para mirar a lo lejos, porque ya miramos hacia adentro y nos prometimos
hacerle caso a Dios para obtener definitivamente nuestra liberación. (Lucas 21,28)
Adviento es espera que no nos desespera porque sentimos que la promesa
de Dios no se queda baldía. Y no es estéril ya que esa esperanza la tendremos con
el mayor de las fuerzas en una Palabra que se cumple en el Mesías. Recordemos
que en 2 Samuel 7,8-9 incluso hasta el 28 Dios le hizo una promesa especial al rey
David, cientos de años antes que naciese Jesús, Le prometió un rey eterno de la
descendencia del rey David. Ese rey eterno también se llama el Mesías. Por eso
esperamos con ganas y esas ganas nos despiertan, nos pone en camino, nos hace
salir y preparar su llegada. Al hacerlo sabemos que el Adviento nos trae al
Emanuel, al Dios con nosotros que en sus regalos nos guarda la salvación en su
amor misericordioso. Por eso es que no desesperamos.
En este tiempo de la cercanía de Dios hay que estar despiertos para
descubrirle, pues más que un anuncio es una promesa cumplida. Entonces, le
necesitamos, lo deseamos y nuestro grito se hace canción: Ven, ven Señor, no
tardes. Ven, ven que te esperamos. Ante este momento vale la pena preguntarnos:
¿Cómo vivo este adviento? ¿Tengo esas ganas de encontrarme con Dios?
Hay que preparar el Adviento. No es cuestión de colores, luces, pesebres o
coronas. Es una preparación para recibir al amor de los amores. “Al enviado que
trae la buena noticia a los pobres, para vendar los corazones desgarrados, para
proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad” (Isaías 61,1-2 y
Lucas 1,18) Texto bíblico hermoso que debe llenarnos de mucha esperanza. De ahí
que esta preparación se hace con alegría, pero con mucha reflexión. Ya que es una
palabra dará sentido a las oraciones, los sacrificios y a los silencios para ir
meditando en ese amor que Dios nos entrega. Al hacerlo comprenderemos que ese
que esperamos ya está aquí. Crece y crece y nadie lo podrá detener.
No es otro Adviento porque debemos más bien que recuperarlo. Recuperar
significa volverlo a meter en nuestro corazón, en nuestra interioridad para hacerlo
vida. Ese Adviento al ser recuperado nos dará lozanía, vida, belleza, ilusión y así,
dejar nacer algo bueno dentro de cada uno. Estos rasgos que van apareciendo en
nosotros nos indicarán que la liberación está presente y es el momento de alzar la
cabeza. Esa cabeza que estaba dormida por el pecado, la división, el egoísmo, la
rabia… Fiarse de Dios es algo bueno que no está por suceder. Despertar es la
consigna. Quedarse dormido es perder el autobús.
Tiempo de Adviento es esperanza.
Tiempo que sana las heridas que una vez entre sombras nos hicimos.
Tiempo para el amor que una vez perdimos por querer vivir amargados en
la soledad.
Tiempo de perdonar que una vez por rabia odiáramos y nunca olvidamos.
Tiempo de paz que una vez descuartizamos por simples enfrentamientos
políticos.
Tiempo de nuevas ideas, nuevas canciones, nuevos proyectos. Nuevo
encuentro con Dios.
No puedes quedarte ahí parado.
Ya es la hora de despabilar.
Dios se acerca y a Él debes esperar.
No dejes para mañana lo que es de hoy
.