Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
“
La muerte es algo más que una aventura sin esperanza
:
es la puerta de la
existencia que se proyecta hacia la eternidad”
(Juan Pablo II)
Después del cementerio…
Subí, como lo hacen todos, a ese lugar que significa dormitorio. Lugar de
soledades y muchos recuerdos. Lugar donde se avivan tantos sentimientos y se
queda todo el corazn baado de lágrimas y tristezas. Feo, sucio… abandonado.
Desde allí escribo y doy testimonio de todo un rito a favor de la cultura de la
muerte.
Desde temprano compran velas, flores, pues ya han limpiado la tumba y
así se disponen a dar culto a quienes hace tiempo partieron a la eternidad. Con la
muerte de ese familiar querido se les arrancó parte del corazón y ese sentimiento
jamás se olvidará.
En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: Todo lo que me da el Padre vendrá a
mí, y al que venga a mí, no lo echaré afuera; porque he bajado del cielo no para
hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del
que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el
último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él,
tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. (Juan 6, 37-40)
Para muchos somos simples seres para la muerte. Para otros, no sólo
tenemos que morir sino que la merecemos. Los que no tienen fe la aceptan como
algo natural. Nosotros los creyentes vivimos de la duda y de la tristeza. Por lo
general desconfiamos de Dios con el bendito ¿Por qué? Afirmando, a menudo, que
no merecemos la vida eterna. Claro no leemos la Biblia y no comprendemos la
misericordia de Dios, que en la fiesta de los santos (1 de noviembre) en el
Apocalipsis nos abre las puertas del cielo para que entremos. Pero, nosotros tan
terrenos, seguimos agachados, enclavados y esclavos de ese temor a la muerte.
Olvidando por completo que la cruz gloriosa de Cristo Resucitado es la prenda y la
garantía de nuestra salvación.
Bien lo decía Juna Pablo II “La muerte es algo más que una aventura sin
esperanza: es la puerta de la existencia que se proyecta hacia la eternidad”
Palabras bellas que dan pie para poder decir: Jesucristo que murió por mí, me
salvará a mí, a pesar de mí. Su misterio pascual es también el nuestro. Más que
una promesa es la mejor de todas. Y es tan buena que se llama Resurrección.
Somos pecadores, pero Dios no quiere que nadie se pierda, por eso, la
muerte no es el final y mucho menos un castigo. Esa misericordia vendrá a todos,
no por nuestros méritos, sino por ese amor. Pero, que no sea un secreto, que quien
actúa mal recibirá lo que se merece. Sin olvidar que desde el día del bautismo
fuimos sepultados con Cristo (Romanos 6,3) para que luego por su resurrección
tengamos una vida nueva.
Todos los días morimos pues a cada instante envejecemos y a todos nos
llegará ese momento. Nadie se escapa. Estamos hablando de algo real y duro de
comprender, pero es y ahí está. Y la celebramos en medio de la oración de un día
especial. Tan especial que somos invitados a vivir para siempre. Que aceptemos
recibir el regalo de la vida eterna. No quedarnos en lo frío del cementerio
condenando a los demás para aislarnos en el calabozo de la muerte. En una palabra
para aprender a vivir bien para morir bien.
Entonces, es el mejor momento para orar por los que han partido, sin olvidar
que no estamos condenados a morir. Los creyentes estamos condenados a resucitar
porque llevamos en nuestro cuerpo el sello del amor, el sello del Espíritu Santo, el
sello de Dios.
Oración que se hace Eucaristía con la voz fuerte del credo que nos señala:
creemos en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén. De
ahí que la Iglesia se centra en la misa para despertar una conciencia a favor de la
vida. Una vida que es regalo y que en cualquier momento la perdemos. Por eso hay
que estar despiertos, en vela para no morir en la tristeza de una oscuridad sin
salida.
Animados por el Espíritu comuniquemos la esperanza. Juan Pablo II