Consensos y verdades
P. Fernando Pascual
23-9-2011
Se produjo un incendio en un importante edificio gubernamental. Las llamas se extendieron
rápidamente. Cuando llegaron los bomberos, seis de los diez pisos supuraban una densa nube de
humo.
La importancia del hecho llegó rápidamente a la prensa y a Internet. Blogs y páginas de diverso tipo
opinaban y discutían sobre el incendio. Pronto en Wikipedia se actualizó la voz dedicada a ese
edificio.
Uno dice que el fuego inició en el primer piso y luego fue hacia arriba. Otro piensa que el incendio
comenzó en el cuarto piso. Un tercero afirma ser testigo presencial y asegura con firmeza que las
llamas arrancaron desde la planta baja.
La discusión está servida. ¿Quién tiene razón? En Wikipedia cada uno da sus motivos, busca citas.
La situación es confusa, pues las agencias informativas y los periódicos ofrecen datos diferentes.
Entonces surge la invitación al consenso: puesto que los puntos de vista y las afirmaciones son tan
diferentes, hace falta un diálogo que permita a todos (o a la mayoría) concordar en una afirmación
concreta.
Empieza nuevamente la discusión. Quien dice ser testigo presencial repite su idea y no quiere ceder:
si uno tiene la razón, ¿por qué tendría que renunciar a ella a favor del consenso? Otros le acusan de
intolerante y de impostor: ¿cómo puede demostrar sus afirmaciones si usa un pseudónimo? Además,
éste y aquél citan importantes periódicos que ofrecen datos diferentes a los que él afirma.
Surge la voz de un mediador: puesto que no ha sido posible convencer a los demás de que el
incendio empezó en el primer piso o en el cuarto, ¿por qué no ponemos que inició en el segundo
piso?
La propuesta agrada a unos, mientras a otros parece absurda: nadie hasta ahora ha hablado del
segundo piso como lugar del inicio de las llamas. Proponer una mediación de este tipo es,
simplemente, un insulto a la inteligencia y al sentido común.
La discusión sigue adelante. Hay quien, ya cansado del tema, se retira. Otro sugiere dejar de lado el
dato del inicio del fuego y poner simplemente que se incendió el edificio sin mayores detalles. Un
tercero vuelve con la idea de citar todas las opiniones por igual y dejar a los lectores que opten por
aquella que les parezca más convincente.
El ejemplo del incendio muestra lo difícil que es alcanzar la verdad en tantos asuntos humanos. Si
respecto a un hecho más o menos cercano se suscitan discusiones vehementes, ¿qué decir respecto
de asuntos mucho más serios, como por ejemplo el sentido de la vida, las teorías sobre lo que exista
tras la muerte, la espiritualidad el alma, la existencia de Dios, el conocimiento de lo que sea justo en
esta situación concreta?
En esos y en tantos otros temas no basta simplemente alcanzar un consenso más o menos aceptable
por todos. Hace falta la verdad.
Renunciar a ella para evitar discusiones es un acto de cobardía intelectual. Buscarla con pasión (que
no se opone a un sano respecto hacia las personas), incluso a costa de perder amigos o de ser
condenado al ostracismo, es uno de los modos más hermosos de vivir plenamente como seres
humanos, hambrientos de verdades que valen para siempre.