Dime que te cuento y te diré que aprendes
“… la respuesta de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mateo
16,16).
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Uno que niega y el otro que persigue.
Fiesta de San Pedro y San Pablo.
Dos personas muy diferentes y dos historias también distintas. En los dos
una conversión. La de Pedro se necesitó tres años. (Hasta que lloró y se arrepintió)
Para la conversión de Pablo un instante (Tumbado del caballo) Y los dos terminan
ofreciendo sus vidas en un martirio en Roma con Nerón.
Pedro, el famoso Pedro que se escondía al observar la muerte de Cristo y la
resurrección lo hace irse a Jerusalén. Pedro, por sobrenombre Roca, es el primero
de la lista apostólica, asume la condición de servidor, ejerce el apostolado.
Llegando a ser el primer obispo. Papa de la cristiandad. Lo que no podemos olvidar
de Pedro es que confesó a Jesús como el Cristo Hijo de Dios vivo. Pero también es
pensar en el discípulo de la negación. Pedro encarna al apóstol que amó a Jesús
con un amor de amigos, pero dudó. Pedro debe ser nuestro ejemplo para confesar
a Jesús y volver a él con humildad, a pesar de nuestras negaciones. Se le
representa con un gallo a su lado. Lo más hermoso de Pedro es que siendo anciano
Jesús le pidió cuidar sus ovejas y aunque le había traicionado fue perdonado, ya
que las equivocaciones son ocasiones para aprender, son tiempos de gracia.
Pablo, Saulo de Tarso, educado, refinado, ciudadano romano, alumno de
Gamaliel, alistado el ejército se dedica a perseguir a los cristianos. Pablo,
convertido del fariseísmo beligerante anticristiano, es el apóstol de los paganos, a
los que evangelizó en tres grandes viajes. Pablo, llamado por el mismo Jesús
después de su resurrección asume el reto y anuncia al mundo no judío el amor de
Dios manifestado en Cristo Jesús. Pablo, el Apóstol de la inclusión de todos los
pueblos y de todos los sujetos históricos en el amor de Dios, es testimonio para la
Iglesia en general para que tengamos la valentía de aceptar a todos los que desean
ser fieles al plan de Dios para que se desarrollen integralmente dentro de nuestras
comunidades.
Los dos fueron las cabezas de una Iglesia pobre, perseguida y testimonial,
que se convirtió en Iglesia primera. Esta fiesta nos remonta a los orígenes del
cristianismo y al inicio de la predicación de los que recibieron la tradición más
original de Jesús de Nazaret. En esta fiesta observamos a un Dios vivo y real que
no desprecia nada ni a nadie. Llama, acompaña y da las fuerzas para continuar. Los
dos aceptaron ese llamado y por eso hoy se les consideran como las dos grandes
columnas en que se apoya la Iglesia. Tendré que decir, que el cristianismo no es un
nacer, sino un hacerse en la medida que se abre el corazón a los designios de Dios.
Ellos llegaron y dieron testimonio por su generosidad y capacidad de respuesta,
claro con la gracia de un Dios que se atreve a llamar.
Esta fiesta nos habla de comunión. Una comunión que me invita a observar a
esos apóstoles que respondieron con equivocaciones, pero respondieron y ese es el
primer paso. Nosotros debemos ser fieles a la misión que Dios nos invita. Es una
comunión porque a todos nos invitan y la responsabilidad de llegar a los más
lejanos es un mandato de amor, más que obligación. Bien lo sentiría San Pedro
cuando supo escuchar y hacer aquello de: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia” (Mateo 16,16) y diría San Pablo en la primera carta a los
Corintios 9,16 “Ay de mí si no evangelizara”
Roguemos al Espíritu Santo que nos ayude a responder a este llamado, pues
habrá que reconocer que nadie puede decir Jesús es el Señor, sino con el Espíritu
de Dios (1 Corintios 12,3) Todo porque nuestra Iglesia nos necesita y al llamarnos
nos muestra el camino para que nosotros “conociéndolo y amándolo” le podamos
servir en la búsqueda de los más lejanos. Ya que necesitamos ser Iglesia de
servicio, de apostolado y sobre todo de llegar con alegría a donde hay “muchos”
que no conocen a Dios.