Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Un Cristo alimento que da vida eterna.
“… Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la
bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los
sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce
cestos” (Lucas 9, 11b-17)
Muchos detrás de la comida, demasiados buscando rebajar y salir de tanta grasa;
otros en busca de empleo… Todos muy preocupados por el día a día y poquitos los
que buscan a Dios como verdadero alimento.
Hoy al igual que ayer buscando el milagro y olvidando a Dios de los milagros.
Todos detrás de las curaciones, pero nadie en busca de las sanaciones que
realmente salvan. La religión la hemos convertido en un juego que se hace cuando
a uno le conviene. Necesito que mi hijo tome comunión lo inscribo y medio cumplo
y listo. Mi hija la voy a bautizar organizo los invitados, escojo a los padrinos y hago
una fiesta. Mi hijo de 30 años se quiere casar y para proporcionarse caché lo hace
por la Iglesia… Así con los demás sacramentos.
Jesús multiplica los panes para decirlos que el hambre es mala. Todos
necesitan comer. Una persona hambrienta está condenada a una muerte
prematura. Por eso Jesús un día multiplicó los panes y los peces, como signo de
una nueva creación. El alimento, primero compartido, después bendecido y
multiplicado, después sobrante y recogido, es un ejemplo a seguir, marca unas
pautas de comportamiento. Se trata de sumar y compartir, de respetar y
agradecer, de multiplicar y bendecir, de guardar y prever, con prudencia o
providencia y austeridad. Hoy no haría falta multiplicar los panes y los peces, sino
que bastaría con dividirlosequitativamente. Aprender a mirar, a sentir y a
dividir. No carecemos de alimentos, sino de sentimientos.
Cristo, alimento que sacia nuestras hambres. Jesús se ofrece como pan de
vida. Quien se alimenta de Jesús ya no volverá a tener hambre ni sed. Quien come
a Jesús ya no morirá. Pan, palabra, amor. En la fracción del pan, la Iglesia celebra
la pascua del Señor y queda hecho un solo pan. No se puede celebrar la cena del
Señor y dar la espalda a los pobres. Comulgar con Cristo es darse con él a los
demás, amar hasta el extremo. La Eucaristía es fuente y culmen de la misión,
centro y raíz de la comunidad cristiana. En el sacramento de la fe, el discípulo es
transformado y se compromete a trabajar en la realización de un mundo más
conforme con el reino de Dios.
Celebrar el Sagrado Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo es poder gritar que
nos encontramos con la fuente de toda la vida cristiana. La Eucaristía es memorial,
memoria. Hacer memoria es el centro de nuestra celebración. Además de palabras
hay pan y vino, dones ofrecidos por Jesús antes de su pasión. En cada misa
Jesucristo se hace alimento, pan. El pan representa nuestra relación con la
naturaleza. Es fuente de vida y el vino es el elemento de la fiesta y alegría del
corazón. Pero el pan se puede volver duro y el vino puede significar el sufrimiento,
la copa amarga que hay que apurar.
Al recibirlos en la Santa Misa son símbolo y vínculo del amor, del más grade
amor. Es Jesús que nos enseña a celebrar la misa por eso hay que comerlo y
beberlo siempre, aunque no lo merezcamos, pero los necesitamos. El pan y vino se
convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo. Es un alimento que nos conduce a la
vida eterna. Y esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, y en
ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y a su propia misión. En ella Jesús
anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él
actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz
(Hebreos 9,14) Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino.
Es el amor divino que transforma.
Esta vida eterna que da Jesucristo, Eucaristía, viene por ese amor, pan de
vida, que permanece presente en medio de nosotros, diario viático para el viaje de
la vida. Amor que no hay que contemplar o cantar sino compartir y abrazar. Amor
que nos invita a comer y dejarnos comer. Amor ofrecido en la mesa de cada iglesia
y en la gran mesa del mundo. Y no solamente muere en la cruz sino que nos
entrega su Cuerpo para comerlo. Ese alimento, esa Eucaristía. Y ese Dios, alimento,
nos dice San Pablo:
“No soy yo, es Cristo que vive en mí”
El sacramento de la Eucaristía constituye el centro, el culmen, la fuente, el
motor y la meta de la vida cristiana, porque es, en su origen, en un significado y en
sus efectos, el misterio central de Cristo: memorial de su muerte y resurrección,
medio eficaz de la comunicación de su Espíritu, sacrificio y ofrenda de Jesucristo en
la Cruz, que se perpetúa, actualiza y renueva en el sacramento de su Cuerpo y
Sangre. Es banquete, al que todo estamos invitados, en el que el alma se llena de
gracia, anticipo y prenda del banquete definitivo.
Hoy, en señal definitiva de dar testimonio, todos debemos vivir la Eucaristía
como un “mandato saludable” “Denle ustedes de comer” Donde el mandato camina
por la caridad. Caridad que es amor cristiano. Necesariamente la Eucaristía y su
celebración han de llevarnos al amor al prójimo, porque la Eucaristía es y significa
el amor supremo de Dios por medio de su Hijo que da la vida por todos.