P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
SAN AGUSTÍN DE HIPONA,
EL BUSCADOR DE LA VERDAD
LIMA – PERÚ
1
SAN AGUSTÍN DE HIPONA, EL BUSCADOR DE LA VERDAD
Nihil Obstat
Padre Ignacio Reinares
Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur
Mons. José Carmelo Martínez
Obispo de Cajamarca
LIMA – PERÚ
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ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: INFANCIA Y JUVENTUD
Nacimiento de san Agustín.
Su madre. Infancia de Agustín.
Estudiante en Tagaste.
Estudiante en Madaura.
Regreso a Tagaste. Romaniano.
Estudiante en Cartago.
El Hortensio. Los maniqueos.
SEGUNDA PARTE: AGUSTÍN PROFESOR
Enseña retórica en Tagaste.
Muerte de un amigo.
De nuevo en Cartago.
Decepción de la astrología.
Decepción de los maniqueos.
Profesor en Roma.
Profesor en Milán.
San Ambrosio. Mónica.
Los neoplatónicos. Simpliciano.
Los dos relatos de Ponticiano.
TERCERA PARTE: CONVERSIÓN Y APOSTOLADO
La conversión. Casiciaco.
El bautismo. Éxtasis de Ostia.
Muerte de Mónica. Vuelta a África.
Agustín, sacerdote en Hipona.
Agustín obispo.
Fundador de conventos.
Agustín polemista.
a) Pelagianos. b) Semipelagianos.
c) Pelagianos. d) Semipelagianos.
e) Arrianos. f) Paganos.
Los malos católicos.
Pastor y guía de su pueblo.
Los pobres. Milagros.
3
Agustín místico.
Última enfermedad y muerte.
Milagros después de su muerte.
La Orden de san Agustín.
CUARTA PARTE: SU PENSAMIENTO
Escritos de san Agustín. Obras principales.
Pensamientos de san Agustín. a) La amistad.
b) El alma. c) La vida es una lucha. d) La ociosidad.
e) Libertad. f) Camino de la interioridad. g) Humildad.
h) El amor. i) Buscando a Dios.
Cristo. La Virgen María.
Sagrada Escritura. Iglesia católica.
Salvación de las almas. El cielo.
Citas famosas.
Orar con san Agustín.
Agustín, genio de Europa.
Mensaje a los hombres de hoy.
CRONOLOGÍA
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
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INTRODUCCIÓN
San Agustín fue un incansable buscador de la verdad. Sentía en su corazón
un hambre inmensa de ella y de la felicidad. Y buscaba la verdad en los filósofos
de su tiempo y buscaba la felicidad en los placeres de la vida, especialmente en el
amor carnal. Y no se sentía satisfecho. En su corazón había un vacío profundo
que no le dejaba descansar en paz. Él no era de los hombres que se contentan con
poco. Buscaba la plenitud, buscaba a Dios sin saberlo y, sólo cuando lo encontró,
pudo por fin respirar y decir en las Confesiones: Nos hiciste, Señor, para Ti y
nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti (Conf. 1, 1).
Él es un buen ejemplo para tantos hombres de nuestro tiempo que buscan
también sinceramente la verdad, pero por caminos equivocados. Al igual que
Agustín, quizás desprecian a la Iglesia católica o las santas Escrituras, pero fue
por este camino por donde san Agustín llegó a encontrar a Dios y la verdad que
tanto anhelaba.
Toda la vida de Agustín fue una continua búsqueda. Ni siquiera cuando
encontró a Dios en la fe católica, se quedó estancado. Fue un caminante
empedernido, siempre quería profundizar más en su fe y compartirla con los
demás. Sentía verdadero celo apostólico para convertir a aquellos que estaban
extraviados por los caminos del error como los pelagianos, donatistas,
maniqueos, arrianos y paganos.
Agustín fue un peregrino por la vida, siempre en camino, que ha dejado a
las generaciones futuras la gran noticia de que se puede llegar a conocer la
verdad, pues ésta no es una meta imposible; y de que Dios es un Padre, que
siempre nos espera y se hace el encontradizo donde menos lo esperamos. Pero
sólo lo hallaremos por el camino de la humildad.
A tantos hombres que se quedan estancados o desanimados en el camino,
les dice: Somos caminantes, camina siempre, avanza siempre. Si dices basta,
estás perdido 1 . Canta y camina. No te extravíes, no vuelvas atrás, no te detengas 2 .
San Agustín es un hombre siempre actual, el hombre de corazón inquieto
y de corazón de fuego, dotado de gran simpatía personal e intenso calor humano.
Por eso, decía: Hombre soy y entre los hombres vivo 3 . Mi corazón es un corazón
humano 4 . Me gusta reír y disfrutar de la risa 5 .
1 Sermón 169, 18.
2 Sermón 256, 3.
3 Homo sum et inter homines vivo (Carta 78, 8).
4 Quid est cor meum nisi cor humanum? (La Trinidad IV, pról 1).
5 Nec adridere tantum sed etiam risu vinci ac solvi (Carta 95, 2).
5
Se ha dicho de él que es el padre espiritual de occidente por la influencia
universal de sus escritos en la espiritualidad cristiana de Europa. Si conoces a san
Agustín, él te guiará a encontrar a ese Dios amoroso que te sigue esperando en el
camino de tu vida.
ACLARACIONES
Al citar Conf . nos referimos a las Confesiones.
Enarrat. in ps. al libro Enarrationes in Psalmos o Comentarios sobre los salmos.
In Io. ev. tr. al Tratado sobre el evangelio de san Juan (In Ioannis Evangelium
tractatus).
Posidio al libro de san Posidio, Vida de san Agustín , editado por la BAC,
Madrid, 1979.
6
PRIMERA PARTE
INFANCIA Y JUVENTUD
NACIMIENTO DE SAN AGUSTÍN
Nació san Agustín, Aurelius Augustinus, el 13 de noviembre del año 354
en Tagaste, pequeña ciudad del norte de África, que actualmente se llama Souk
Ahras, en Argelia, en los confines de Túnez y a unos 80 kms. de Hipona. En
tiempos de san Agustín su pueblo tenía unos 35.000 habitantes.
Su padre se llamaba Patricio y era un pequeño burgués de escasos recursos
que pertenecía al concejo municipal de Tagaste y era pagano, Agustín nos dice
de él: Mi padre era un hombre sumamente cariñoso, pero también
extremadamente colérico 6 . Lo envió a estudiar a Madaura, pensando en que
continuara después sus estudios en Cartago. Dice: A mi regreso de Madaura ya
se estaban haciendo los preparativos para un viaje más lejano, a Cartago. Estos
corrían por cuenta de mi padre que vivía en Tagaste y era de una posición muy
modesta, pero con un temple digno de todo elogio… Quién no iba a alabar a
aquel hombre que era mi padre que, por encima de sus posibilidades
económicas, se gastaría en el hijo todo cuanto fuera necesario, tanto para un
viaje tan largo como para los estudios que iba a realizar? Había personas
mucho más ricas que no hacían igual por sus hijos. Cierto que mi padre no tenía
especial interés en los progresos que yo pudiera hacer en tus caminos, Señor.
Tampoco le preocupaba el problema de mi castidad. Lo que a él le importaba
era que yo llegara a ser un personaje capaz de disertar 7 .
Patricio murió el año 372, habiéndose convertido al catolicismo antes de
morir, cuando Agustín tenía unos 18 años y estudiaba ya en Cartago, debido a la
generosidad de su gran bienhechor Romaniano, pues su padre no había podido
conseguir el dinero para que continuara sus estudios.
Por su parte, su madre Mónica había nacido probablemente hacia el año
331 de una familia católica y tenía unos 23 años cuando nació Agustín. Ella
misma lo crió de sus propios pechos, lo que no era habitual entonces, y al recién
nacido lo inscribieron entre los catecúmenos y le hicieron la señal de la cruz y le
dieron la sal bendita 8 .
6 Conf. 9, 9.
7 Conf. 2, 3.
8 Conf. 1, 11.
7
No lo bautizaron porque era costumbre aplazar el bautismo hasta la edad
adulta para que así pudieran borrarse todos los pecados, que seguramente iba a
cometer. Pero su madre, desde niño, le hablaba de Cristo. Él nos dice: El nombre
de Cristo lo había mamado piadosamente mi tierno corazón con la leche de mi
madre, lo había mamado por tu misericordia, Señor, y lo conservaba metido en
los más hondo de mi ser 9 .
SU MADRE
Con relación a su madre refiere en las Confesiones: Tal como me contaba
tu sierva a mí, su hijo, el gusto por el vino llegó a penetrar en mi madre de una
manera solapada. Cuando sus padres, considerándola una muchacha moderada,
la mandaban a sacar vino del tonel, ella después de sumergir el jarro por la
parte superior de éste, antes de echar el vino en la botella, sorbía un poquito con
la punta de los labios. Y no tomaba más porque sentía repugnancia del vino.
Evidentemente no hacía este gesto incitada por la pasión del vino, sino más bien
por esa libertad excesiva propia de la edad que hierve de impulsos juguetones y
que en la infancia suelen ser reprimidos por la gente adulta. Sucedió, pues, que
añadiendo cada día un poquito más a lo poquito de los anteriores ya que el
que se descuida en las cosas pequeñas, pronto caerá (Eclo 19, 1), vino a caer en
aquella costumbre, hasta el punto de llegar a beber con verdadera avidez las
copitas casi llenas.
¿Qué remedio podía aplicarse y que fuera eficaz contra una enfermedad
oculta, si tu medicina, Señor, no vigilara sobre nosotros? ¿Qué es lo que hiciste
entonces, Dios mío? ¿Con qué la curaste? ¿Con qué la sanaste? ¿No es cierto
que te valiste de otra alma que le diera una reprimenda dura y aguda, como el
bisturí de un médico sacado de tus reservas ocultas, y de un solo golpe operaste
aquella gangrena? Cierto día, entre ella y la criada que solía acompañarla a la
bodega, riñeron, como sucedía cuando estaban solas, y la criada le echó en cara
su vicio calificándola con el ofensivo insulto de “borrachina”.
Herida en lo más hondo por esta injuria, reflexionó en la fealdad de su
vicio, lo reprobó al instante y se libro de él. Al igual que los amigos corrompen
con sus adulaciones, los enemigos nos corrigen insultando. Y Tú no les pagas,
Señor, lo que por medio de ellos realizas, sino lo que ellos pretenden hacer. Lo
que aquella criada pretendió hacer, en su arrebato de cólera con la señorita, fue
exasperarla, no curarla. Por eso la injurió en privado. Y lo hizo en privado
porque así les sorprendieron las circunstancias de lugar y tiempo, o para
evitarse complicaciones personales por haber denunciado este vicio tan tarde.
9 Conf. 3, 4.
8
Pero Tú, Señor, que diriges las cosas celestes y terrestres, que encauzas
para tus fines las aguas profundas del torrente, que ordenas el flujo turbulento
de los siglos, también te has servido de la fogosidad pasional de una persona
para curar a otra, para que nadie, al considerar este caso, lo atribuya a su
propio poder, cuando por sus palabras se corrige alguna persona a la que se
pretende corregir 10 .
Mi madre fue educada en la modestia y en la sobriedad, y estuvo sujeta
más por Ti a sus padres que por sus padres a Ti. Tan pronto como llegó a la
plenitud de la edad núbil, se le dio un marido al que sirvió como a su señor (Ef
5, 22). Se esforzó en ganarlo para Ti, hablándole de Ti con el lenguaje de las
buenas costumbres. Con ellas la ibas embelleciendo y haciéndola amable y
admirable a los ojos del marido. Toleró los ultrajes de sus infidelidades
conyugales hasta el punto de no tener en este aspecto la más mínima discusión
con él. Esperaba que tu misericordia descendiera sobre él. La castidad conyugal
vendría como consecuencia de su fe en Ti.
Consciente de ello, mi madre había aprendido a no contrariarle cua ndo
estaba con ira, no sólo con los hechos, sino ni siquiera con la palabra. Pero al
verlo tranquilo aprovechaba la oportunidad para hacerle ver su comportamiento
cuando su irritación se había pasado de la raya…
Las amigas, conociendo la ferocidad del marido de Mónica, estaban
realmente maravilladas de que jamás se había oído el más pequeño rumor de
que Patricio la hubiese pegado, ni de desavenencias domésticas que hubieran
degenerado en líos ni por una sola vez. Cuando en confianza le pedían una
explicación de este hecho, ella les indicaba su modo de proceder, tal como lo he
dicho antes. Las que ponían en práctica este método, le quedaban agradecidas
tras la experiencia. Las que no tomaban su consejo seguían sufriendo malos
tratos.
Incluso su suegra se mostró irritada con ella, sobre todo en la época que
siguió a su casamiento, debido a los chismes de unas malas criadas. Pero logró
hacerse acreedora de sus respetos mediante su afabilidad y su continua
tolerancia y mansedumbre. Se granjeó su simpatía de tal modo que ella misma
denunció a su hijo que eran las lenguas intrigantes de las criadas las que
perturbaban la paz doméstica entre nuera y suegra. Así que, después que él, sea
por obediencia a su madre, sea para proteger el orden familiar y la armonía de
los suyos, azotó a las criadas, ésta aseguró que éste era el premio que podía
esperar de ella quien, bajo el pretexto de conseguir sus favores, hablase mal de
10 Conf. 9, 8.
9
su nuera. Nadie se atrevió en lo sucesivo a andar con chismorreos. Las dos
vivieron en franca y suave armonía, digna de narrarse.
A ésta tu buena sierva en cuyas entrañas me creaste, Dios mío y
misericordia mía (Sal 59, 18), le habías regalado también este hermoso don:
siempre que le era posible se las ingeniaba para poner en juego sus habilidades
pacificadoras entre cualquier tipo de personas que estuvieran en discordia. De
la cantidad de reclamos ásperos que suele respirar el desacuerdo tenso y
desagradable cuando afloran los odios fuertes por medio de un lenguaje lleno de
amargura, mi madre no refería de una parte a la otra sino lo que sirviera para
reconciliarlas a ambas.
Este bien no me pareciera tan grande si yo no tuviera la triste experiencia
de tantas personas que (por no sé qué horrible contagio de pecado que se ha
extendido ahora por todas partes) no sólo van a contar a los que están peleados
lo que dijeron sus enemigos, sino que, además, añaden por su cuenta cosas que
éstos no dijeron; cuando al contrario creo que un hombre que se califica de
humano debería estimar como poca cosa limitarse simplemente a no fomentar ni
aumentar las enemistades humanas, sino que debe tratar de eliminarlas
mediante palabras de comprensión. Así lo hacía mi madre. Se lo habías
enseñado Tú, maestro interior, en la escuela de su corazón.
Por último, también conquistó para Ti a su marido, que ya se hallaba en
los últimos días de su vida temporal. Siendo ya creyente, no tuvo que llorar en él
las ofensas que se vio obligada a tolerar antes de serlo. Además, era sierva de
tus siervos. Todos cuantos la conocían, encontraban en ella motivos sobrados
para alabarte, honrarte y amarte. Sentía tu presencia en su corazón por el
testimonio de los frutos de una conducta santa.
Había sido mujer de un solo hombre, había reverenciado a sus padres,
había dirigido su casa piadosamente y contaba con el testimonio de las buenas
obras. Había criado a sus hijos volviendo a darlos a luz tantas veces cuantas les
veía apartarse de Ti.
Finalmente, Señor, ya que como don tuyo permites que hablen tus siervos,
diré que cuidó de todos aquellos que, antes de morir ella, vivíamos ya unidos en
Ti, después de recibir la gracia de tu bautismo, y lo hizo de tal modo que es
como si nos hubiera dado a luz a todos. Y se puso a nuestra disposición como si
fuera hija de todos 11 .
11 Conf. 9, 9.
10
INFANCIA DE AGUSTÍN
Él nos dice: Siendo un niño, un día me subió de repente la fiebre como
consecuencia de una oclusión intestinal y estuve en trance de muerte. Tú, Dios
mío, que eras mi custodio, viste con qué empeño mi corazón y con qué fe solicité
de la piedad de tu Iglesia, madre mía y madre de todos nosotros, el bautismo de
tu Cristo, mi Dios y Señor. Asustada mi madre carnal, que con más amor en su
corazón puro me estaba dando a luz para la vida eterna, trabajaba atenta y
preocupada para que fuese iniciado y purificado con los sacramentos de la
salvación, para que recibiera el bautismo y, confesándote, Señor Jesús, para que
se me perdonasen los pecados. Cuando, de pronto, comencé a mejorar.
Fue así como se quedó postergada mi purificación, como si fuera
inevitable que la vida fuera ensuciándome de lodo y pensando que después del
lavado bautismal sería mayor y más peligrosa la recaída en las salpicaduras de
los pecados.
Por esa época yo era ya creyente, lo era mi madre y todos los de la casa,
menos mi padre. Este no contrarrestó en mi corazón las influencias del amor
maternal al extremo de llevarme a dejar de creer en Cristo, en quien mi padre no
creía. Mi madre se preocupaba para que Tú, Dios mío, fueras mi padre e
hicieras sus veces y en este punto contribuías a que ella fuera más fuerte que su
marido a quien ella servía, aún siendo mejor que él.
Yo quisiera saber, como favor tuyo, Dios mío, si tal es tu voluntad, qué
razones hubo para postergar mi bautismo. ¿Resultaba más provechoso darme
rienda suelta para pecar o ponerme freno? ¿Qué explicación darle a la
expresión, ahora tan de moda, y que de manera indiscriminada se escucha por
todas partes: “Déjale que haga lo que le venga en gana, porque aún no está
bautizado”? Cuando se trata de la salud corporal, no decimos: “Déjale que se
agrave más, porque aún no está curado”.
¡Cuánto mejor hubiera sido sanarme cuanto antes, y que esta cura se
hubiera llevado a cabo en mi persona por esfuerzo propio y de los míos, para
que, una vez recuperada la salud de mi alma, estuviera a salvo bajo tu
protección, ya que eras Tú quien me la habías dado!
Claro que habría sido mejor. Pero qué bien conocía mi madre el oleaje de
las grandes tentaciones que me amenazarían una vez pasada la niñez 12 .
12 Conf. 1, 11.
11
Agustín desde niño dio muestras de vivo ingenio. Le gustaba jugar y
destacaba como un líder entre sus compañeros. Su madre le instruía en la fe y él
aceptaba sus enseñanzas con la sencillez de la niñez, que cree todo lo que les
dicen los mayores. Su madre tuvo mucha influencia en él y toda su vida se sintió
preocupada por su futuro, sobre todo desde que él tenía unos 18 años, cuando
ella quedó viuda, al frente de la familia. Tuvo dos hijos más. Navigio, que le
siguió a Agustín en su retiro de Casiciaco más tarde y que estuvo en su edad
adulta a su lado; y Perpetua, que casada y con hijos, al quedar viuda, también se
quedó al lado de Agustín, que la nombró Superiora de su primer monasterio
femenino.
ESTUDIANTE EN TAGASTE
Agustín era un niño muy inteligente y estudió en Tagaste hasta los 11
años. Allí aprendió a leer, escribir y contar. Pero era un niño rebelde,
desobediente y juguetón. Veamos lo que él mismo nos dice: Dios mío, ¡cuántas
miserias y engaños experimenté cuando, siendo niño, se me proponía como
norma de buen vivir la obediencia a mis profesores, para hacerme famoso y
sobresalir en el Arte del lenguaje! Con este fin me mandaron a la escuela a
estudiar las letras de cuya importancia no tenía yo, pobre infeliz, ni la más
remota idea. Con todo, cuando era perezoso en aprenderlas, me ganaba buenos
azotes. Este rigor recibía el apoyo de los mayores, muchos de los cuales que,
cuando eran niños habían sufrido este género de vida, nos trazaron caminos tan
difíciles por los que se nos obligaba a pasar, multiplicando de este modo el
trabajo y el dolor de los seres humanos 13 .
Y no es que me faltase memoria ni talento, pues Tú me habías dotado de
ellos en abundancia para la edad que tenía. Pero me gustaba jugar. Y me
castigaban por esto, precisamente aquellos que hacían lo mismo que yo. Pero
claro, las distracciones de los adultos se llaman “negocios”, mientras que las de
los niños, que son simplemente distracciones, son objeto de castigo por parte de
los adultos... De niño jugaba a la pelota y eso era un obstáculo para aprender
rápidamente aquellas letras que, cuando fuera mayor, me abrirían el camino
para juegos más sucios. Pero, ¿actuaba de otra manera el profesor que me
propinaba la paliza? Si un colega suyo le ganaba en cualquier disputa de poca
importancia, seguro que le daba más rabia y sentía más envidia que cuando me
veía derrotado en un partido de pelota 14 .
13 Conf. 1, 9.
14 Ibídem.
12
Yo seguía pecando, Señor Dios mío, actuando contra las órdenes de mis
padres y de aquellos maestros. Podían serme útiles para el día de mañana
aquellas enseñanzas que ellos, al margen de su intención, pretendían que yo
aprendiese, porque yo era desobediente, no por pretender algo mejor sino
sencillamente por mi afición al juego.
En las competiciones, lo que más me atraía eran los triunfos resonantes y
que hubiera quien halagara mis oídos con relatos fabulosos que fomentaban en
mí una comezón que me consumía cada día más 15 .
En mi niñez, para mí menos alarmante que la adolescencia, no me
gustaba estudiar ni que me obligaran a ello. Sin embargo, me obligaban, y con
ello me hacían un bien ya que estoy convencido de que, si no me hubieran
obligado, no hubiera aprendido nada: No se hace bien lo que se hace a desgana,
aunque sea bueno lo que se hace. Tampoco hacían bien los que me obligaban; el
único que me hacía bien eras Tú, Dios mío. Los que se empeñaban en que yo
estudiara, no tenían otro fin que satisfacer los apetitos insaciables de una
opulenta miseria y de una gloria denigrante.
Pero Tú, que tienes contados los cabellos de nuestra cabeza (Mt 10, 30),
te servías del error de todos los que me presionaban a aprender, y lo hacías para
mi bien. También te aprovechabas de mi error en no querer aprender y lo hacías
para castigarme, lo que yo tenía bien merecido, siendo como era tan chiquito y
un pecador tan grande.
Así pues, te servías de los que no obraban bien para hacerme el bien a mí.
Y a mí, que era pecador, me dabas mi merecido. En efecto, Tú has establecido
una ley que no falla: toda alma desordenada lleva dentro de sí su propio castigo.
Desconozco aún los motivos que me hacían odiar el griego, que me
enseñaron desde niño. En cambio, me gustaba mucho el latín, no el que enseñan
los profesores de primaria, sino el que explican los llamados gramáticos. Pues la
enseñanza de la lectura, de la escritura y de la matemática en la primaria, se me
hacían tan aburridas como el griego. ¿Qué explicación darle a este hecho?...
No cabe duda de que los primeros estudios eran mejores, porque ofrecían
mayores garantías. Con ellos iba adquiriendo y logrando algo que ahora
conservo: leer todo lo que cae en mis manos y escribir lo que se me ocurra. Esos
primeros estudios eran mejores que los otros, porque me eran más útiles y
porque, olvidándome de mis propios errores, me obligaban a memorizar los
caminos equivocados de un tal Eneas, y a llorar la muerte de Dido y su suicidio
15 Conf. 1, 10.
13
por amor. Mientras tanto, yo, miserable, ni lloraba ante mi propia muerte que,
lejos de Ti, que eres mi vida, encontraba en esa literatura.
¿Qué mayor miseria que la de un miserable que no tiene piedad de sí
mismo? ¿O del que llora la muerte de Dido, motivada por el amor de Eneas, y
no lloraba su propia muerte producida por no amarte a Ti, Dios mío?...
Pecaba pues, siendo niño, al preferir las realidades vanas o inútiles en
vez de las útiles. Mejor dicho, al preferir a aquéllas y tener manía a éstas. Pero
ya entonces, el uno y uno dos, dos y dos cuatro, me resultaba una cantilena
tediosa, mientras el caballo de madera lleno de gente armada, el incendio de
Troya y el fantasma de Creusa eran para mí un entretenido espectáculo de
vanidad 16 .
En los concursos, me preocupaba por no cometer un barbarismo; pero no
evitaba los celos o la envidia contra quienes no lo cometían. Te digo esto, Dios
mío, y reconozco ante Ti aquellas pequeñeces que eran objeto de felicitación por
parte de aquellos cuyo aprecio equivalía entonces para mí a vivir honradamente.
Yo no veía entonces el remolino de mi torpeza, que me estaba tragando
lejos de tu mirada. ¿Podía haber algo más repugnante a tus ojos que mi persona
tramando cantidad de mentiras, no sólo ante los profesores, sino incluso ante los
propios padres cuando trataba de engañarlos?
A todos estos extremos me llevaba la pasión por el juego, la afición a los
espectáculos frívolos, y el gusto por estos juegos dramáticos. También
practicaba pequeños hurtos de la despensa casera, unas veces por gula, otras
por tener algo que dar a los amigos a cambio de los juegos que me vendían, y de
los que disfrutábamos juntos. En estos mismos juegos, en que con frecuencia me
ganaban, usaba de artimañas para conseguir victorias, todo por afán de
sobresalir. Y la cosa que peor me caía y más me alteraba, era sorprenderles en
las mismas trampas que yo les hacía a ellos. Pero si el sorprendido era yo,
prefería pelearme, pero no ceder 17 .
16 Conf. 1, 12-13.
17 Conf. 1, 19.
14
ESTUDIANTE EN MADAURA
Su padre Patricio, viendo que su hijo tenía futuro, le dio todas las
facilidades y Agustín, con 11 años, el año 365, fue enviado a Madaura, pequeña
ciudad universitaria llamada hoy M´daurûsh, en la provincia de Constantina, en
Argelia, a unos 30 kilómetros de Tagaste. Madaura se enorgullecía de ser la
patria del gran orador Apuleyo, autor del Asno de oro y de Sobre el demonio de
Sócrates. En Madaura debía estudiar la lengua latina con un maestro de
gramática, que les hacía leer y analizar los escritos de los historiadores y poetas
latinos. Agustín aspiraba a lo máximo que podía aspirar un hombre culto de su
tiempo: la profesión de la retórica. En Madaura tuvo que estudiar la literatura
romana, especialmente a los autores: Virgilio, Cicerón, Plauto, Terencio, Séneca,
Salustio, Horacio y Apuleyo.
Pronto brilló entre sus compañeros por su inteligencia. Un día tuvo que
declamar un discurso que él mismo había compuesto. Se trataba del dolor y de la
cólera de Juno, que no podía impedir que los troyanos arribaran a Italia. Lo hizo
tan bien que sus compañeros lo aplaudieron. Todos se sentían orgullosos de sus
cualidades intelectuales.
Pero en Madaura, a la vez que estudiaba, descubrió Agustín el mundo de
los vicios. La mayor parte de la población era pagana y el cristianismo era
considerado como religión de pueblos bárbaros. En ese ambiente pagano el
jovencito Agustín se fue olvidando de las lecciones de su madre y se fue
contagiando de las costumbres paganas.
Él nos dice sobre esta etapa de Madaura, con sus 15 y 16 años. Quiero
hacer memoria de mis torpezas pasadas y de la desolación en que los vicios
dejaron mi alma. No lo hago para deleitarme, sino por amor tuyo, Dios mío. Y lo
hago por amor de tu amor. Voy a recordar mis caminos llenos de perversión con
toda la amargura que supone remover esos recuerdos. Los evoco para que Tú
sigas siendo bueno conmigo, que eres bondad sin engaño, bondad dichosa y
garantizada y me recojas de la dispersión en que anduve dividido cuando lejos
de Ti, que eres Unidad, me disipé en la variedad de las cosas.
Hubo un tiempo en mi adolescencia en que me abrasé en deseos de
hartarme de las cosas más bajas. Tuve asimismo la audacia de liarme en la
espesura de amores diversos y sombríos. Quedó quebrantada mi hermosura y me
convertí en un ser infecto ante tus ojos, por darle gusto a los gustos personales y
por desear quedar bien ante los ojos de los hombres.
15
¿Y qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado? Pero me faltaba
ese justo equilibrio en el amor recíproco entre alma y alma, dado que las
fronteras de la amistad son algo luminoso. Lo cierto es que, desde los deseos
turbios de mis pasiones y la efervescencia de mi pubertad, surgían jirones de
niebla que cubrían y nublaban mi corazón al extremo de no distinguir la paz del
amor, de la oscuridad de la pasión. La mezcla confusa de ambas cosas hervía en
mí e iba a malograr mi edad aún sin consistencia por lo escabroso de las
pasiones, que la sumían en el remolino de la perversión…
Iba alejándome cada vez más de Ti y Tú hacías la vista gorda. Me veía
entregado sin freno al vicio, diluido y en estado de ebullición a consecuencia de
mis fornicaciones, y Tú callabas. Oh alegría mía tardía, Tú callabas entonces y,
mientras tanto, yo iba alejándome de Ti en busca de semillas de dolor a cual más
estéril, en una degradación arrogante, y con un agotamiento lleno de
frustración.
¿Quién iba a moderar mis desórdenes? ¿Quién iba a hacer que las
bellezas pasajeras, producto de la última moda, redundaran en mi propia
utilidad? ¿Quién me iba a detener ante sus encantos, de manera que el oleaje de
mi edad fuera a desvanecerse en la playa del matrimonio?...
Pero, dejándote en el olvido, seguí, pobre infeliz, en este estado de ardor,
con los impulsos de mis pasiones, y pasé por encima de todos tus mandatos,
aunque sin conseguir librarme de tus azotes. ¿Qué mortal se libra de ellos? Tú
siempre estabas a mi lado, piadosamente duro, rociando de amarguísimos
sinsabores todos mis placeres prohibidos, para que yo acudiera al gozo
verdadero. Si hubiera sido capaz de satisfacer esta aspiración, seguro que no
habría encontrado ningún goce fuera de Ti, Señor, que matizas tus
mandamientos con el dolor, que hieres para curar.
¡Dónde estaba yo y qué lejano era mi destierro, apartado de tranquilidad
de tu casa a lo largo de mis dieciséis años, que era esa la edad de mi carne! La
furia pasional se apoderó de mi persona. Hice una entrega incondicional,
atacado por la locura de mis apetitos, de esos apetitos que para la degradación
humana gozan de carta blanca, pero que ante tu ley son prohibidos. Mis padres
no se preocuparon de hacerme casar para evitarme el precipicio. Su única
preocupación era que yo aprendiera las mejores técnicas de la oratoria y de la
persuasión por medio de la palabra 18 .
18 Conf. 2, 1-2.
16
REGRESO A TAGASTE
Por falta de dinero tuvo que regresar a Tagaste en vez de seguir estudiando
en Cartago la tercera etapa que le faltaba y que abarcaba la retórica y la filosofía.
Durante este año de vacaciones forzadas en su pueblo, teniendo ya 16 años, se
juntó con algunos amigos que lo llevaron por mal camino. No hacía caso de los
consejos de su madre. Quería vivir como un jovencito independiente como había
vivido en Madaura.
En las Confesiones reconoce sus errores durante este año pasado en
Tagaste y nos dice: A mis dieciséis años, cuando por falta de recursos tuve que
tomar unas vacaciones forzosas en casa de mis padres, es cuando las espinas de
mis pasiones tomaron fuerza y crecieron por encima de mi cabeza. Y no había
mano que las arrancara de raíz. Más bien al contrario. Porque recuerdo que
cierto día, estando yo en los baños, mi padre vio los signos de mi pubertad y de
mi inquieta adolescencia, y se le caía la baba de satisfacción ante la ilusión de
los nietos que yo podría darle. Así se lo insinuó a mi madre. Él estaba como
embriagado de esa borrachera que le hace al mundo olvidarse de su Creador y
amar a la criatura. Mi padre estaba borracho con ese vino invisible de una
voluntad maleada e inclinada a las cosas de aquí abajo.
Pero Tú, Señor, ya habías inaugurado tu templo y puesto los cimientos de
tu morada en el corazón de mi padre. Mi padre se estaba preparando al
bautismo desde hacía poco. Mi madre, por su parte, se estremecía de tanto
temor, porque, aunque yo no estaba bautizado aún, temía que me metiera por
sendas tortuosas que son el camino ordinario de los que te vuelven la espalda y
no te dan la cara.
¡Ay de mí! ¿Y tengo el atrevimiento de decir que Tú guardabas silencio,
Dios mío, cuando era yo el que me iba alejando más y más de Ti? ¿Es cierto que
te hacías el callado conmigo? ¿Y de quién sino tuyas eran aquellas palabras que
me decía mi madre, tu sierva fiel, y que susurrabas a mis oídos? Cierto que
ninguna de ellas caló hondo en mi corazón como para ponerlas en práctica.
Ella quería verme evitar la fornicación. Así me lo recalcó con gran
interés, haciendo especial hincapié en que me alejara del adulterio con mujeres
casadas. Me parecía humillante hacer caso de los consejos de una mujer. Pero
eran avisos tuyos a los que no hacía ningún caso. Es más, estaba convencido de
que Tú seguías mudo y era ella la que hablaba. Gracias a ella, no estabas
callado conmigo, pero yo te desaprobaba en ella. Yo, que era su hijo, el hijo de
tu servidora y servidor tuyo también.
17
En mi ignorancia, iba cayendo en el precipicio con una ceguera tal que el
hecho de ser menos libertino que mis compañeros de edad, constituía para mí un
motivo de humillación. Los oía vanagloriarse de sus pecados, y su arrogancia
era tanto mayor cuanto mayores eran éstos. Y la garra de estos pecados
descansaba no sólo en la acción por la acción, sino, sobre todo, por gozar de
cierta popularidad.
¿Hay algo más reprensible que el vicio? Sin embargo, para evitar que me
humillaran, me iba enviciando progresivamente. Y cuando no tenía razones para
ser igual que los más sinvergüenzas, inventaba cosas que no había hecho, para
no dar la imagen de menos degradación por ser más inocente, ni de menos
prestigio por ser más casto.
Así eran los amigotes que andaban conmigo por las “plazas de
Babilonia”. Me revolcaba con ellos en su fango como si fuera aroma y perfume
costoso. Para tenerme más identificado con la maldad, el enemigo invisible me
pisoteaba y seducía, pues yo era débil por naturaleza.
Ni siquiera aquella mujer, que era mi madre… se ocupó de esto para no
entorpecer con el vínculo conyugal las expectativas que tenía puestas en mi
persona. No me refiero a la esperanza en un mundo futuro, que mi madre tenía
profundamente arraigada en Ti, sino a la gran ilusión que tenía puestas en mis
estudios literarios que tanto mi padre como mi madre deseaban que yo cursara
con el mejor aprovechamiento. Mi padre, porque casi nunca pensaba en Ti, y lo
que de mí pensaba era pura cosa inútil. Mi madre, porque estimaba que mis
estudios no sólo no me iban a perjudicar, sino que me serían de gran ayuda para
llegar a Ti.
Partiendo de los recuerdos actuales sobre mis padres, el esbozo que
puedo hacer de ellos es éste. De todas maneras, creo que frente a la pasión que
yo tenía por los juegos, me dieron demasiada rienda suelta y no supieron unir
rigor y bondad. Tal actitud contribuyó a mantener mis caprichos por las
aficiones variadas, donde siempre me estrellaba con una noche muy oscura que
me impedía ver tu verdad serena, mientras simultáneamente la malicia brotaba
de mi ser…
Quise robar y robé. No lo hice obligado por la necesidad, sino por
carecer de espíritu de justicia y por un exceso de maldad. Porque robé
precisamente aquello que yo tenía en abundancia y aún de mejor calidad. Ni
siquiera pretendía disfrutar de lo robado, sino del robo en sí mismo, del pecado
de robo.
18
Al lado de nuestra huerta, había un peral bien cargado de frutas, no muy
atractivas por cierto, ni por su aspecto ni por su sabor. A altas horas de la
noche, una pandilla de traviesos muchachos nos fuimos a sacudir el árbol y
llevarnos las peras. Habíamos alargado intencionalmente nuestros juegos en los
jardines, siguiendo una costumbre dañosa. Sacamos un gran cargamento de
peras, no para saborearlas, sino seguramente para botárselas a los cerdos. Y
aunque probamos algunas, para nosotros lo principal fue darnos el gustazo de
hacer lo que estaba prohibido.
Aquí está mi corazón, Dios mío, aquí está mi corazón del que tuviste
lástima cuando se hallaba en el abismo más profundo. Que hable ahora mi
corazón y que te diga lo que entonces pretendía: ser malo sin nada a cambio, y
que las motivaciones de su maldad fueran la maldad misma. Era repugnante y la
amé. Amé mi perdición, amé mis propias deficiencias, pobre alma alocada, que
daba un salto desde tu seguridad a la muerte. Y para colmo, deseaba la maldad
por si misma 19 .
¿Por qué no me gustaba estar solo en las malas acciones? ¿Será por lo
poco común que es reírse a solas? Es cierto que uno no se ríe a solas, pero
alguna vez se han dado casos en que le viene a uno un ataque de risa, sin que
esté nadie presente, al ocurrírsele a los sentidos o al venirle al pensamiento un
hecho o caso que provoca la explosión de risa. Sin embargo, yo no lo habría
hecho a solas. Yo solo jamás lo habría realizado.
Aquí están en tu presencia, Señor, los recuerdos vivos de mi alma. Yo solo
no habría cometido aquel robo. En él no me gustaba lo robado, sino el robo en
sí. Y aún este robo no me hubiera gustado hacerlo solo, lo repito. No lo habría
hecho.
¡Oh amistad descaradamente enemiga! ¡Oh fascinación incomprensible
del espíritu! Ganas de hacer daño por burla y por diversión, ganas de hacer el
mal a otros sin beneficiarse personalmente, sin afán de revancha, sino por
confirmar la expresin: “Vamos, manos a la obra” y por sentir vergüenza, de no
ser un sinvergüenza 20 .
No te amaba sino que fornicaba lejos de Ti y mientras fornicaba llegaban
a mis oídos las exclamaciones de aplausos: ¡Bravo! ¡Muy bien! Así es la amistad
de este mundo, que constituye un verdadero adulterio contra Ti. Las
19 Conf. 2, 3-4.
20 Conf. 2, 9.
19
exclamaciones ¡bravo! ¡muy bien! no persiguen otra cosa que avergonzar a los
que no son igual que los aplaudidos 21 .
ROMANIANO
Felizmente, ante la falta de recursos para poder seguir estudiando en
Cartago, Romaniano le ofrece ayuda. Romaniano era un hombre muy rico que
concedía a sus conciudadanos de Tagaste muchas gracias y beneficios como
juegos públicos y espectáculos. Era respetado por todos y considerado como su
principal bienhechor. Su nombre estaba grabado en una placa de bronce y le
habían erigido estatuas en su honor. Romaniano quiso ayudar a Agustín a quien
veía con futuro y le ayudó económicamente para continuar los estudios.
Agustín lo convertiría al maniqueísmo y luego lo convertiría al
catolicismo. Dos de sus hijos serían discípulos suyos. El año 374 al regresar
Agustín de Cartago lo recibió en su casa. En su libro Contra los académicos ,
dedicado a él, le manifiesta su agradecimiento y le dice: Siendo adolescente
pobre y emigrante por causa de mis estudios, tú me diste alojamiento y
subvención para mi carrera, y lo que se aprecia más, una acogida cordial.
Cuando perdí a mi padre, tú me consolaste con tu amistad, me animaste con tus
consejos, me ayudaste con tu fortuna. Tú, en nuestro municipio, con tus favores,
tu amistad y el ofrecimiento de tu casa, me hiciste partícipe de tu honra y
primacía. Y al partir a Cartago con propósito de más ilustre profesión, al
descubrirte a ti solo y a ninguno de los míos mi plan y esperanzas… te
convertiste en mi apoyo. Tú me proveíste de lo necesario para el viaje, y tú, de
nuevo, cuando, durante tu ausencia y sin avisarte, embarqué para Italia…
seguiste inquebrantable en tu amistad, considerando los íntimos propósitos y la
rectitud de mi corazn… Tú me has animado, tú has sido mi estímulo, a ti te
debo la realización de mis anhelos 22 .
El año 408 quedó viudo. Era ya católico y se había casado con una mujer
católica. Al quedarse viudo le encomendó a Agustín el panegírico de su esposa
difunta, pero Agustín se enteró de que había conseguido una concubina que lo
consolase de la pérdida de su esposa y se negó a hacer el panegírico hasta que
saliera de su casa la concubina. Le recordó las palabras de Cicerón: Deseo ser
clemente, pero en tan grave peligro de la República, no quiero parecer
negligente (dissolutum) 23 .
21 Conf. 1, 13.
22 Contra los académicos , 2, 3-4.
23 Carta 259, 2.
20
Agustín fue siempre amante de la verdad y no se dejó manipular ni
siquiera por su gran amigo y bienhechor. Para él era más importante la verdad
que los honores o los halagos o el dinero.
ESTUDIANTE EN CARTAGO
Cartago era una gran ciudad de unos 500.000 habitantes, a 200 kilómetros
de Tagaste, la ciudad más importante del África romana del norte de África.
Tenía teatro, anfiteatro y un gran circo capaz para 200.000 espectadores. Era un
prodigio de gracia y belleza arquitectónica con el famoso pórtico de mármol de
46 columnas acanaladas de doce metros de altura, formando un rectángulo de 88
metros de longitud y 32 de anchura. Después de Roma ninguna otra ciudad del
Imperio la aventajaba en bellezas monumentales.
En Cartago abundaba el paganismo con un fervoroso culto a la diosa
celeste Tanit o Venus cartaginesa. En la gran ciudad se sentía un perfume lascivo
y tentador. Había innumerables diversiones: juegos circenses, combates de
gladiadores, espectáculos teatrales; y hechiceros y charlatanes por doquier. La
licencia de costumbres era normal y Agustín se contagió del ambiente con toda la
fogosidad de sus 17 años. Él nos dice en las Confesiones: Recuerdo que en cierta
ocasión me atreví a desear y poner en práctica dentro del recinto de tu iglesia y
en medio de la acción litúrgica el modo de procurarme frutos de muerte 24 .
Siendo obispo, aclaró este punto el 22 de enero del año 404 al celebrar la
fiesta de san Vicente de Tarragona en la catedral de Cartago, donde manifestó:
Cuando yo acudía a las vigilias de las fiestas en esta ciudad, me pasaba la noche
rozando a las mujeres junto con otros muchachos, deseosos de impresionar a las
chicas, a ver si surgía la oportunidad de tener algo con ellas 25 .
Él no era católico, pero aprovechaba las fiestas en las que las iglesias
estaban llenas de gente para buscar a las chicas dentro de la iglesia. Felizmente
para él, muy pronto, probablemente el mismo año de su llegada a Cartago, se
buscó una joven concubina de baja condición social con la que no podría contraer
matrimonio plenamente legal y con ella convivió durante 15 años, siéndole fiel.
En cuanto a sus estudios, los tomó con seriedad.
Le disgustaba la compañía de muchos de sus compañeros estudiantes,
llamados eversores, que eran una especie de gamberros que hacían desórdenes en
las clases y tenían costumbres groseras. Agustín era lo suficientemente
24 Conf. 3, 3.
25 Brown Peter, Agustín , Ed. Acento, Madrid, 2003, p. 471.
21
inteligente como para darse cuenta de que por ese camino nunca podría triunfar y
él quería hacerse digno de la confianza que sus padres y su bienhechor
Romaniano habían puesto en él.
Pero veamos cómo él mismo nos habla de sus experiencias en Cartago:
Llegué a Cartago (año 371) , y a mi alrededor hervían aquellos amores impuros.
Por aquella época no amaba todavía, pero deseaba amar y, hallándome en un
estado de pobreza íntima, estaba resentido conmigo mismo. Andaba en búsqueda
de un objeto de amor, deseoso como estaba de amar. Odiaba la seguridad, y me
aburría el camino sin peligros. Amar y ser amado era para mí una dulce
ocupación, sobre todo si lograba disfrutar del cuerpo de la persona amada. Lo
que hacía, pues, era manchar la fuente de la amistad con las impurezas de la
pasión y oscurecer su esplendor con mi infernal pasión sensual. Feo y
deshonesto, sentía un orgulloso deleite ante el hecho de que me consideraran
como un personaje elegante y un hombre de mundo.
Por fin, caí también en las redes del amor, en que quería ser atrapado.
Dios mío y misericordia mía, ¡qué bueno fuiste al rociar de tanta amargura
aquella suavidad! Porque mi amor fue correspondido y llegué a disfrutar de un
enlace secreto. Una gran satisfacción me iba atando con lazos angustiosos.
Pero, como era de esperar, pronto vinieron los azotes de hierros candentes,
provocados por celos, sospechas, temores, cóleras y peleas…
En los espectáculos teatrales, disfrutaba haciendo causa común con los
enamorados cuando se gozaban en sus vicios. Disfrutaba aunque se tratara de
una representación teatral, producto de la imaginación. Pero cuando la
desgracia separaba a estos amantes, me invadía una especie de tristeza llena de
compasión. Ambas situaciones eran de mi agrado 26 .
En cuanto a mis estudios, tenían como meta la carrera de abogado, los
tribunales y los pleitos. Uno sobresalía tanto más en esas profesiones cuanto con
mayor éxito recurría a procedimientos fraudulentos. La ceguera humana es tan
grande que llega a gloriarse de su misma ceguera. Yo era el número uno de mi
promoción en la escuela de retórica, y disfrutaba de mi vanidad soberbiamente,
y me hinchaba de pedantería.
De todas maneras, Tú sabes, Señor, que yo era mucho más tranquilo y me
mantenía al margen del libertinaje de los “eversores” o perturbadores del
orden, calificación triste y diabólica que llegó a ser distintivo de finura y
elegancia. Entre ellos mantenía una actitud medio cínica, medio decente, porque
en el fondo ni era ni me consideraba uno de ellos. Frecuentaba sus reuniones, a
26 Conf. 3, 1-2.
22
veces disfrutaba de su camaradería, pero siempre desaprobaba su conducta,
aquellas fechorías con que cínicamente abusaban de la timidez de los ingenuos.
Sus ultrajes no obedecían a otros móviles que los de alimentar sus juergas y sus
orgías. Creo que no hay nada que más se parezca a las acciones de los
demonios.
Así pues, ¿qué calificativo podría cuadrarles mejor que el de mal
educados o perturbadores del orden, perturbados ellos en primer lugar y
pervertidos por los espíritus burlones, seductores y maliciosamente
embaucadores, que les hacían caer en la misma trampa del ridículo y del engaño
que ellos mismos maquinaban para los demás? 27 .
Al año siguiente de su llegada a Cartago (372) nació su hijo Adeodato,
que significa dado por Dios o regalo de Dios, a quien llegó a querer mucho,
aunque no lo había deseado. Pero Dios le seguía sus pasos y se le hizo el
encontradizo el año 373 al leer el libro Hortensio de Cicerón, donde descubrió un
camino para encontrar la verdad y la felicidad que tanto anhelaba.
EL HORTENSIO
En este libro encontró una exhortación para buscar la verdad en la
filosofía. Al leer este libro fue tal el estímulo recibido que, a partir de ese
momento, se convirtió en un incansable buscador de la verdad. Algunos autores
han denominado a este momento la primera conversión de san Agustín.
Veamos cómo lo explica él mismo: Siguiendo el programa normal de mis
estudios, me di de repente con un libro de un tal Cicerón, cuyo lenguaje todos
admiran, aunque no admiren su contenido. Este libro contiene una exhortación
a la filosofía y lleva por título “Hortensio”. Su lectura realizó un cambio en mi
mundo afectivo. También encaminó mis oraciones hacia Ti, Señor, e hizo que mis
proyectos y deseos fueran otros. De golpe todas mis expectativas de frivolidad
perdieron valor, y con increíble ardor de mi corazón ansiaba la inmortalidad de
la sabiduría. Y comencé a levantarme para iniciar el retorno a Ti. Ya no leía
para depurar mi estilo, a expensas del dinero que mi madre me hacía efectivo
cuando tenía ya diecinueve años y dos años después de la muerte de mi padre.
No releía aquel libro para dar más brillo a mis expresiones, ni me interesaba ya
tanto su estilo elocuente como lo que contenía esta elocuencia.
¡Qué ardor sentía, Dios mío, qué ganas tenía de retornar por el vuelo
hacia Ti desde las realidades terrenas, sin darme realmente cuenta de lo que
27 Conf. 3, 3.
23
estabas haciendo conmigo! Porque de hecho en Ti tiene su morada la sabiduría,
y este amor a la sabiduría recibe en griego el nombre de filosofía. Aquel tipo de
literatura me iba encendiendo en ese amor. Lo único que entibiaba en mí un
fuego tan grande era no hallar en aquel libro el nombre de Cristo… Por eso,
aunque este libro fuera una obra literaria seria y bien escrita, en el fondo no
acababa de entusiasmarme del todo 28 .
LOS MANIQUEOS
A raíz del fuego interior que sintió el leer el Hortensio se dedicó en cuerpo
y alma a buscar la sabiduría verdadera, en la que esperaba encontrar la felicidad.
Leía y leía libros de filosofía, preguntaba y preguntaba a sus profesores. Por fin,
ese mismo año 373, encontró unos hombres que le prometían descubrirle la
Verdad. Eran los maniqueos, una secta fundada por Manes, que, en aquel tiempo,
estaba muy extendida en el norte de África.
Cuando escribe el libro de las Confesiones , con la perspectiva de los años
y con la experiencia vivida, dice de ellos: Vine a caer en manos de unos hombres
sumamente orgullosos, superficiales y charlatanes a más no poder. En su boca
sólo había trampas diabólicas y una especie de cinta pegajosa hecha a base de
las sílabas de tu nombre, del de nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Santo
Paráclito, consolador nuestro. Estos nombres estaban en sus labios, pero no
pasaban de ser puros sonidos articulados por su boca y su lengua.
Por lo demás, su corazón estaba hueco y vacío de toda verdad. Y repetían
insistentemente: verdad, verdad. Me hablaban muchas veces de ella, pero nunca
se hallaba en ellos, sino que sus palabras eran pura falsedad. No sólo lo que
decían de Ti, que eres realmente la Verdad, sino también de los elementos de
este mundo, creación tuya. Acerca de estos elementos, tuve que dejar de lado los
argumentos de los filósofos, incluso cuando han formulado la verdad sobre ellos.
Debí hacerlo por amor tuyo, Padre mío, Bien supremo, Belleza de toda belleza.
¡Ay Verdad, Verdad! ¡Cuán íntimamente suspiraban por Ti en aquel
entonces las fibras más íntimas de mi corazón, cuando aquellos hombres
repetían a mis oídos, frecuentemente y de mil maneras, los ecos de tu nombre,
primero sólo de palabra y luego en numerosos y enormes libros!
Estos eran los platos en que me servían a mí, hambriento de Ti, un manjar
que no eras Tú, sino el sol, la luna, bellezas salidas de tus manos, pero, al fin y
al cabo, obras tuyas… De este tipo de boberías yo me alimentaba por aquel
28 Conf. 3, 4.
24
entonces y en realidad me quedaba en ayunas. Pero Tú amor mío, ante quien me
siento cansado para ser fuerte, no eres ninguno de estos cuerpos que
contemplamos aunque sea en el cielo, ni ninguno de los otros que no veamos allí,
porque eres el creador de todos ellos y no los cuentas entre tus creaciones más
perfectas…
¡Pobre de mí! ¡Por qué escalones fui descendiendo hasta las
profundidades del infierno! Estaba cansado y ardía de fiebre por la falta de
verdad cuando te buscaba, Dios mío, no con el entendimiento del alma, sino con
los sentidos de la carne. Pero Tú eras más íntimo que mi propia intimidad y más
alto que lo más alto de mi ser…
Me vi sutilmente inducido a hacerles el juego a aquellos engañabobos que
me hacían preguntas como éstas: ¿Cuál es el origen del mal? ¿Está Dios
demarcado por una forma corporal? ¿Tiene pelo y uñas? ¿Son justos los que
practican la poligamia, el homicidio y el sacrificio de animales? Y yo, que era
analfabeto en esos temas, estaba hecho un lío 29 .
SEGUNDA PARTE
AGUSTÍN PROFESOR
ENSEÑA RETÓRICA EN TAGASTE
El año 374, terminados sus estudios en Cartago, regresó a su pueblo natal
para enseñar. Se hallaba en todo su entusiasmo por la secta maniquea. Convirtió
a los maniqueos a sus amigos Alipio, Romaniano y Honorato entre otros.
Mónica, su madre, podía tolerar que trajera una concubina, pero no pudo
soportar su audacia y su fervor maniqueo y que pudiera hacer de su casa un lugar
de reunión para ellos. Por eso le negó la entrada en casa, y Romaniano, su
bienhechor, le ofreció la suya.
Mónica estaba profundamente preocupada por la salvación de su hijo. Él
nos dice: Mientras tanto mi madre, tu fiel servidora, lloraba en tu presencia por
mí mucho más de lo que lloran las madres la muerte física de sus hijos, porque
por la fe y el espíritu que le habías dado ella veía mi muerte. Y Tú la escuchaste,
Señor. La escuchaste y no despreciaste sus lágrimas que profusamente regaban
la tierra allí donde hacía oración. Tú la escuchaste. Porque si no, ¿cómo
29 Conf. 3, 6-7.
25
explicar aquel sueño con que la consolaste hasta el punto de readmitirme a vivir
y compartir con ella la mesa y el hogar que había comenzado a negarme ante el
horror y el rechazo que le provocaban las blasfemias de mi error? 30 .
Lo que vio en sueños es que ella se encontraba sobre una regla de madera
y un joven resplandeciente, alegre y risueño, se le acercaba a ella, que estaba
llena de tristeza y amargura. Al preguntarle este joven el porqué de su tristeza y
de sus lágrimas de cada día, no con ánimo de enterarse, como ocurre de
ordinario, sino con int ención de aconsejarla, y al responderle ella que lloraba
mi perdición, le mandó qua se tranquilizase y observara con atención que donde
ella estaba ahora, allí estaba yo también. Cuando ella fijó su vista en este punto,
me vio a su lado de pie sobre la misma regla…
Recuerdo que, al contarme mi madre esta visión, y al tratar yo, por mi
parte, de convencerla de que no perdiera las esperanzas de que un día andando
el tiempo ella sería lo que yo era en la actualidad, al momento y sin dudar lo
más mínimo, me respondi: “No me dijo que donde está él también estas tú, sino
donde estas tú, allí esta él”…
Me impresionó más esa respuesta que el sueño mismo con que anunciaste
a esta piadosa mujer con tanta anticipación y para consolar sus inquietudes, lo
que había de realizarse mucho más adelante.
Transcurrieron casi nueve años. Seguí revolcándome en el barro y en las
tinieblas de la falsedad con débiles intentos de levantarme. Pero la caída era
cada vez más grave. Ella seguía siendo la viuda casta, piadosa y sobria, como tú
las quieres. La esperanza la tenía más animada, pero no por ello descuidaba sus
lágrimas y lamentos, ni cesaba de llorar por mí ante Ti, en todos sus momentos
de oración. Y sus plegarias llegaban a tu presencia, aunque Tú dejabas que me
revolcara en aquella oscuridad que me envolvía.
En este lapso de tiempo, volviste a dar otra respuesta a mi madre por
medio de un sacerdote tuyo, obispo además, educado en tu Iglesia y conocedor
de tus Escrituras.
Al rogarle mi madre para que hablara conmigo, rebatiera mis errores, me
desengañara de mi mala vida y me adoctrinara en el bien costumbre que
practicaba cuando se encontraba con alguien dispuesto a escucharle, este
hombre no consideró oportuno acceder a sus demandas, y creo que con buen
criterio por lo que pude observar más adelante. Por toda respuesta le dijo que yo
me oponía a todo consejo, porque estaba orgullosamente convencido de la
30 Conf. 3, 11.
26
herejía maniquea, que consistía en atribuir la creación a dos principios, uno
esencialmente bueno, Dios, y el otro, esencialmente malo, el diablo, la materia,
las tinieblas. Además, tenía referencias de que yo había confundido y
envenenado a muchos ignorantes suscitando algunas polémicas de menor
cuantía. Las referencias, ella misma se las había dado. “Déjale como está, dijo.
Limítate a pedir al Señor por él. Él mismo en sus lecturas irá viendo por sí
mismo en qué errores y en qué clase de impiedad se halla metido”.
Al mismo tiempo le contó el obispo su experiencia personal: siendo niño,
su misma madre engañada, le había puesto en manos de los maniqueos. Y eso
que él no se había limitado sólo a leer la casi totalidad de sus libros, sino que
incluso los había copiado. Pues bien: él mismo, sin necesidad de argumentos ni
convicciones ajenas, había visto clara la necesidad de apartarse definitivamente
de aquella secta. Por eso la abandonó.
Pero como mi madre no se tranquilizaba ni a pesar de las manifestaciones
de este hombre, sino que seguía insistiendo y llorando mucho para que tuviera
una entrevista conmigo para tratar este asunto, ya cansado de su insistencia, le
dijo: “Anda, vete y que vivas muchos años. Es imposible que se pierda el hijo de
tantas lágrimas ”. Esta respuesta son en sus oídos como un anuncio celestial,
según me contó muchas veces cuando charlaba conmigo 31 .
MUERTE DE UN AMIGO
Durante su estadía en Tagaste como profesor de retórica, tuvo lugar un
acontecimiento muy triste en la vida de Agustín. Un íntimo amigo suyo, de su
misma edad, murió. Esto le afecto muchísimo. Él lo cuenta así: Apenas comencé
a dar clases en mi ciudad natal, adquirí un amigo que llegué a querer mucho por
ser condiscípulo de mi misma edad y hallarnos ambos en la flor de la juventud.
Juntos habíamos crecido desde niños, juntos habíamos jugado. Pero entonces no
era tan amigo como lo fue más tarde. Aunque, a decir verdad, ni siquiera
después fue el amigo que pretende la verdadera amistad, porque ésta no es
auténtica sino entre los que Tú unes entre sí por medio de la caridad derramada
en “nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5)”.
Sin embargo, esta amistad forjada al calor de esos estudios era muy
agradable. Yo había apartado a mi amigo de la verdadera fe que, al ser él
adolescente, no tenía en él base ni raíz. Había logrado arrastrarlo hacia las
fábulas supersticiosas y fatales que eran la causa de las lágrimas de mi madre.
31 Conf. 3, 11-12.
27
La mente de este joven estaba conmigo en el error y mi alma no podía vivir sin
él.
Pero he aquí que Tú, yendo al alcance de estos dos fugitivos tuyos, te lo
llevaste de esta vida cuando apenas hacía un año que yo disfrutaba de su
amistad. Este amigo mío era para mi más entrañable que todos los placeres de
aquella época de mi vida…
Al estar atacado por una fuerte fiebre, privado de sentido y con un sudor
mortal, se temió por la vida de mi amigo y se le administró el bautismo en estado
de inconsciencia. Yo apenas si le di importancia a este gesto, convencido de que
su alma conservaría con mayor firmeza lo que había aprendido de mí y no lo que
había recibido mediante ese rito sin él saberlo.
Pero sucedió exactamente lo contrario. Luego que se repuso y pasó la
convalecencia, le volvieron las fuerzas y pude hablar con él, pues no me aparté
ni un momento de su lado y nuestro grado de dependencia mutua era muy
grande. En presencia suya y creyendo que iba a estar de acuerdo conmigo, traté
de ridiculizar el bautismo que había recibido inconscientemente y privado de los
sentidos, una vez que le habían informado ya de la administración del
sacramento.
Reaccionó ante mí con horror, mirándome como a un enemigo, y me
advirtió con una espontaneidad tan admirable como inesperada que, si quería
seguir siendo amigo suyo, me abstuviera de hablar de este modo. Yo, lleno de
asombro y confusión, calmé mis ímpetus esperando que mejorara y que, una vez
recuperada la salud, estuviese preparado y dispuesto a tratar conmigo todos los
temas que fueran de mi agrado. Pero Tú, Señor, le salvaste de mi locura y te lo
guardaste para mi consuelo. Pocos días después, en ausencia mía, le volvió la
fiebre y murió.
¡Qué angustia ensombreció mi corazón! Todo cuanto veía era muerte. Mi
ciudad natal se convirtió en un suplicio, la casa de mis padres era un tormento
insufrible. Todo lo que con él había compartido se convirtió en una tortura
espantosa. Mis ojos lo buscaban con ansia por todas partes, pero estas ansias se
frustraban. Llegué a odiarlo todo, porque todo estaba vacío sin él. Ya no podían
decirme: “Mira, ahí está”, como cuando él regresaba después de alguna
ausencia.
Estaba yo hecho un lío. Me dirigía a mi alma para preguntarle por qué
estaba triste y alterada hasta ese punto, pero mi alma no tenía respuestas que
darme. Y si yo le replicaba: “Espera en Dios”, se me rebelaba, y no le faltaba
28
razón, porque aquel amigo íntimo que había perdido era más real y auténtico
que el fantasma del dios de los maniqueos. Slo el llanto me resultaba dulce…
Al haber muerto aquel a quien yo había amado como si nunca fuera a
morir, me parecía raro que el resto de los mortales siguiera viviendo. Y mi
extrañeza era aún mayor ante el hecho de seguir viviendo yo mismo, que era
como un doble de su persona. ¡Qué expresión más feliz la de aquel que dijo de su
amigo que era la mitad de su alma ! Siempre tuve la impresión de que mi alma y
la suya era una sola alma en dos cuerpos. Por eso, la vida me resultaba terrible.
Por un lado, no me sentía con ganas de vivir a medias. Por otro, le tenía mucho
miedo a la muerte, quizá para que no muriera en su totalidad aquél a quien yo
había amado tanto 32 .
Todo me resultaba repulsivo, hasta la misma luz. Todo lo que no era él me
resultaba pesado, abrumador. Todo menos los lamentos y las lágrimas. Sólo en
ellas encontraba un pequeño alivio. Y cuando a mi alma se le impedía poder
llorar, entonces era cuando sentía el agobio tremendo de mi miseria.
Yo sabía, Señor, que tenía que elevar mi alma hasta Ti para que sanara.
Pero ni quería ni podía, porque cuando pensaba en Ti, no eras para mí algo
sólido y consistente, porque no eras Tú. Mi Dios era un fantasma hueco y mi
propio error.
Y si trataba de instalar mi alma en Dios para que descansase, resbalaba
en el vacío y volvía a desplomarse sobre mí. Mi alma era para mí un lugar
miserable donde no era posible estar, pero de donde tampoco podía escaparme.
¿Adónde iba a ir yo huyendo de mí? ¿Adónde iba a ir yo sin seguir mis propias
huellas? 33 .
DE NUEVO EN CARTAGO
Agustín, tremendamente apenado por la muerte de su amigo, quiso huir de
su pueblo y, con la ayuda de Romaniano, se estableció en Cartago, donde abrió
una escuela de retórica.
Él manifiesta que, poco a poco, se fue consolando de la perdida del amigo
con la compañía de otros amigos y discípulos. Lo que más me ayudaba a
levantarme era la paz que me proporcionaban mis nuevos amigos…
32 Conf. 4, 4-6.
33 Conf. 4, 7.
29
Había en mis amigos cosas que me hacían cautivadora su compañía:
charlar y reír juntos, servirnos mutuamente unos a otros, leer en común libros
bien escritos, bromear dentro de los límites de la estima y respeto mutuos,
discutir a veces, pero sin aspereza, como cuando uno discute consigo mismo.
Incluso esta misma diferencia de pareceres, que por lo demás era algo poco
frecuente, era la salsa con que aderezábamos muchos acuerdos. Instruirnos
mutuamente en algún tema, sentir nostalgia de los ausentes, acogerlos con
alegría a su regreso: estos gestos y otros por el estilo, que proceden del corazón
de los que se aman y se ven correspondidos, y que hallan su expresión en la
boca, lengua, ojos y otros mil gestos, muy gratos, eran incentivos que iban
fundiendo nuestras almas en una sola 34 .
Por aquellos años enseñaba yo oratoria. Víctima de la ambición, vendía
palabrerías destinadas a cosechar laureles. Sin embargo, Tú sabes, Señor, que
prefería tener buenos discípulos, pero buenos de verdad. Y yo sin engaños les
enseñaba el arte de engañar, no para que lo utilizaran contra los inocentes, sino
para valerse de estas técnicas de modo eventual en favor de algún culpado 35 .
DECEPCIÓN DE LA ASTROLOGÍA
Había entonces un hombre prudente, muy conocedor de la medicina y por
eso muy famoso. Fui familiarizándome poco a poco con él, escuchaba con toda
atención sus conversaciones, agradables y profundas, no por su lenguaje culto,
cosa que no tenía, sino por la agudeza de sus expresiones. Pronto se dio cuenta,
por el tono de mi conversación, que yo era adicto a la lectura de los libros de los
astrólogos. Me aconsejó benévola y paternalmente a que los dejara a un lado y
no gastara inútilmente en aquellas necedades mi atención ni mis esfuerzos,
necesarios para tareas más provechosas.
Luego añadió que también él se había dedicado al aprendizaje de la
astrología hasta el punto de haber querido abrazar esa profesión en sus años
mozos, como medio de ganarse la vida. Pensaba que si había logrado entender a
Hipócrates, también podría entender este tipo de literatura. Finalmente, acabó
por dejar tales libros y por dedicarse a la medicina. Llego a darse cuenta de que
eran falsísimos, y que no estaba bien que un hombre, que se considerara serio,
se ganara la vida engañando a los demás.
Y dirigiéndose a mí, me dijo: “Pero tú tienes el sustento asegurado con
tus clases de oratoria y buscas estas falacias, no por necesidad económica, sino
34 Conf. 4, 8.
35 Conf. 4, 2.
30
por pura curiosidad. Razón de más para que creas lo que te he dicho sobre la
astrología. Personalmente me esforcé en estudiarla tan a fondo e hice tantos
progresos que quise vivir exclusivamente de ella”.
Le pregunté por qué muchos de los pronósticos de la astrología
resultaban ciertos. Me respondió que eso era producto del poder del azar,
extendido por todos los rincones de la naturaleza. Estos son los consejos que me
diste por medio de este hombre, dejando en mi memoria las huellas de lo que iba
a constituir el objeto de mi ulterior búsqueda. Pero entonces ni este anciano ni
mi querido amigo Nebridio, un jovencito muy bueno y muy casto que se reía de
todas estas técnicas adivinatorias, fueron capaces de persuadirme de que dejara
de una vez todos esos disparates. En aquellos momentos era para mí mucho más
convincente la autoridad de los autores que habían tratado estos temas. Por otra
parte, andaba buscando, y todavía no lo había encontrado, un argumento
irrefutable que me demostrara sin ambigüedades que la certeza de los
horóscopos astrológicos se debía a la casualidad o al azar y no a las técnicas de
observación de los astros 36 .
DECEPCIÓN DE LOS MANIQUEOS
Durante nueve años estuvo metido en la secta de los maniqueos, buscando
la verdad y la felicidad. Él nos manifiesta: En este período de nueve años, que
abarca desde los diecinueve hasta los veintiocho, fuimos seducidos y seductores,
engañados y engañadores, como juguetes de nuestros apetitos contradictorios.
En público, a través de aquellas disciplinas que se llaman liberales. A
escondidas, a nombre de una seudo religión. En un sitio éramos orgullosos; en
otro, supersticiosos; y en todos estábamos vacíos. Por un lado, andábamos a la
caza de fama popular vacía, de los aplausos del teatro, de los certámenes
poéticos, de la lucha por coronas de paja, de los espectáculos, de las
frivolidades y del desborde de las pasiones. Por otro, deseábamos la purificación
de semejantes inmundicias, llevando alimentos a los llamados “elegidos” y
“santos” para que fabricaran ángeles en sus estómagos y dioses que nos
liberaran. También yo iba detrás de esas aberraciones maniqueas y las
practicaba con mis amigos, engañados conmigo y por mí 37 .
Voy a declarar en presencia de Dios lo que me ocurrió a los veintinueve
años. Acababa de llegar de Cartago cierto obispo maniqueo, llamado Fausto,
gran trampa del diablo. Eran muchos los que caían en sus redes, hechizados por
su elocuencia y estilo elegante. También yo era de los que alababa en exceso su
36 Conf. 4, 3, 5-6.
37 Conf. 4, 1.
31
bello modo de hablar, pero sabía distinguir bien entre la oratoria y la verdad
real. Y lo que a mí me interesaba era la verdad. No me llamaba la atención el
valor artístico de los recursos con que me servía el manjar del lenguaje. Lo que
me importaba era el contenido doctrinal que me ofrecía aquel mentado Fausto.
Ya tenía yo referencias sobre la fama de este hombre. Me lo habían
presentado como un personaje muy conocedor de todas las bellas artes y
especialmente erudito en las artes liberales.
Como yo había leído mucho sobre temas filosóficos y retenía muchos de
sus contenidos en la memoria, hacía que me sirvieran parcialmente como punto
de referencia frente a las confusas invenciones de los maniqueos. Me parecían
más dignas de crédito las reflexiones de los filósofos ya conocidos. Estos fueron
capaces de aproximarse a una concepción bastante acertada del mundo, aunque
no llegaran a descubrir a su autor. Porque Tú eres grande, Señor, y fijas tu
mirada en los humildes, mientras que a los que son orgullosos los miras desde
lejos.
No te acercas sino a los que sienten remordimiento de corazón, ni te dejas
encontrar por los orgullosos, aunque su capacidad de observación les lleve a
contar las estrellas del cielo y las arenas del mar, y aunque midan los espacios
siderales y rastreen las órbitas de las estrellas 38 .
En estos nueve años aproximadamente en que como un vagabundo presté
oídos a los maniqueos, estuve esperando con ansiedad la llegada de aquel
anunciado Fausto 39 .
Tan pronto como llegó Fausto, vi que era un hombre lleno de simpatía, de
grata conversación, que decía lo mismo que los otros, pero con más dulzura y
desenfado. Pero, ¿cómo satisfacía mi sed aquel refinadísimo servidor de copas
excelentes? Mis oídos estaban ya saturados de este tipo de palabras. Ya no me
parecían mejores por estar mejor dichas, ni más verdaderas por estar mejor
presentadas. Aplicando este criterio, tampoco su alma era más sabia por ser más
expresivo su rostro y más pulido su lenguaje…
Cuando, por fin, se me ofreció una oportunidad, en compañía de unos
amigos, comencé a hablarle en ocasión y lugar más oportunos. Le puse algunas
objeciones que me tenían preocupado. Entonces fue cuando me di cuenta, por
vez primera, de que era un sujeto que carecía de la cultura que dan las artes
liberales. De gramática entendía algo, pero se limitaba a los conocimientos más
38 Conf. 5, 3.
39 Conf. 5, 6.
32
corrientes. Sin embargo, como había leído algunos discursos de Marco Tulio,
algún que otro libro de Séneca, fragmentos aislados de poetas y algunos libros
que la secta tenía escritos en latín elegante, y como, por otra parte, practicaba a
diario el ejercicio de hablar, había llegado a adquirir facilidad de palabra. A
esta facilidad de expresión había que añadir la agudeza de ingenio y cierta
gracia natural. Todo ello contribuía en conjunto a complacer y seducir más al
auditorio 40 .
Una vez que pude comprobar que aquel tipo era ignorante en aquellas
artes en que yo le creía una eminencia, comencé a perder las esperanzas de que
fuera capaz de despejar y resolver las incógnitas que me tenían angustiado…
Rotas, pues, las ilusiones que tenía depositadas en los libros de Manes, y
desconfiando mucho más del resto de los sabios maniqueos, visto que el más
famoso de todos había demostrado su ignorancia en muchos de los problemas
que me tenían preocupado, continué mis relaciones con él dado el interés que
había mostrado por las enseñanzas literarias, que por aquel entonces yo
impartía a mis jóvenes alumnos de Cartago, en calidad de profesor de Oratoria.
También hacíamos lecturas que unas veces escogía él y otras yo, seleccionando
las más adecuadas a su nivel cultural.
Todos los proyectos que me había forjado acerca de mi promoción
personal en la secta se vinieron abajo. Sin embargo, no rompí del todo. Al no
encontrar otra cosa mejor que aquellas doctrinas en que me había precipitado
un poco a lo loco, tomé la resolución de quedarme de momento en la secta hasta
que apareciera algo mejor. De manera que aquel Fausto, que fue una trampa
mortal para muchos, sin quererlo ni saberlo, fue quien comenzó a aflojar los
lazos que me tenían preso 41 .
PROFESOR EN ROMA
Agustín había sido profesor de retórica en Cartago desde el año 374-375
hasta el 383. Este año decidió ir de profesor a Roma, donde los alumnos eran más
tranquilos que en Cartago. Él lo cuenta así: Mi determinación de ir a Roma no
fue por ganar más ni alcanzar mayor reputación como me prometían mis amigos
aunque también esto pesaba en mi ánimo, sino que la razón principal y casi
única era la referencia que me habían dado de que los estudiantes de allí eran
más pacíficos en clase, debido a la rigurosa disciplina a que estaban sujetos.
Así, por ejemplo, no les estaba permitido entrar en las aulas de quien no era su
40 Conf. 5, 6.
41 Conf. 5, 6-7.
33
maestro en desorden y cuando les diera la gana. Ni eran admitidos a ella bajo
ningún pretexto sin el debido permiso del maestro.
En Cartago sucedía todo lo contrario: irrumpían descaradamente en las
aulas y, como verdaderos energúmenos, perturbaban el orden y las normas que
cada profesor había establecido para sus alumnos pensando en su bien.
Cometían un sinnúmero de atropellos con descarada estupidez, que la ley
debería castigar, pero que no castiga por ser ya toda una tradicin…
Yo, que en Cartago aborrecía la verdadera miseria, anhelaba en Roma
una falsa felicidad. Pero las verdaderas razones de mi marcha de Cartago y de
mi viaje a Roma las sabías Tú, Dios mío. No nos las dejabas traslucir ni a mí ni
a mi madre, que lloró amargamente mi partida y que me fue siguiendo hasta el
mar. Yo la engañé cuando estaba fuertemente abrazada a mí tratando de
convencerme de que desistiera de mi propósito o le permitiera venir en mi
compañía. Inventé el pretexto de que no quería dejar solo a un amigo que
esperaba vientos favorables para zarpar…
Como, a pesar de todo, mi madre se negaba a volver sin mí, apenas si
logré convencerla de que aquella noche se quedara en un lugar cercano a
nuestra nave, donde había una capilla dedicada a la memoria de san Cipriano. Y
aquella misma noche me escapé a escondidas, y ella se quedó en tierra rezando y
llorando…
Y, después de acusarme de mentiroso y de inhumano y de volver a pedirte
por mí una vez más, se volvió a sus quehaceres habituales, y yo me fui a Roma 42 .
Cuando llegué a esta ciudad, me azotó una grave enfermedad corporal.
Ya me veía ir al sepulcro con la carga de todas las maldades que había
cometido, no sólo contra Ti, sino también contra mí y contra el prójimo. Estas
maldades eran muchas y graves, además del vínculo del pecado original por el
que todos morimos en Adán. Ninguna de ellas me habías perdonado en Cristo
todavía, ni éste había dado muerte en su cruz a la maldad que contigo había
contraído por mis pecados. ¿Cómo iba a darle muerte aquel fantasma que
colgaba de la cruz, tal como concebía yo a Cristo por aquel entonces? Cuanto
más falsa me parecía la muerte de su cuerpo, más verdadera era la muerte de mi
alma. Y cuanto más verdadera era la muerte de su cuerpo, más falsa era la vida
de mi alma. Pero no creía en nada de esto.
42 Conf. 5, 8.
34
Al agravarse la fiebre, me sentía a punto de irme y de morir. Pero,
¿adónde iba a irme, de producirse mi muerte, sino al fuego y a los tormentos que
había ganado con mis malas acciones, según la norma de tus mandamientos?
Mi madre no estaba enterada de esta situación, pero ausente oraba por
mí. Tú que estabas continuamente presente donde ella estaba, la oías. Donde
estaba yo, tenías piedad de mí para que recobrase mi salud corporal, pero
continuando aún la enfermedad de mi corazón impío.
El caso es que ni siquiera en aquel trance tan peligroso, deseaba tu
bautismo. Era más bueno de niño, cuando con insistencia lo solicité de mi buena
madre, como ya lo he señalado en mis recuerdos y confesiones. Había crecido
para vergüenza mía, pero Tú no consentiste que muriera en tal estado, lo que
hubiera sido como morir dos veces. Si el corazón de mi madre sufría un
desgarrón de este tipo, ya no tendría recuperación posible. No tengo palabras
para describir el gran amor que me tenía y ponía más empeño en darme
espiritualmente que cuando me dio a luz en mi cuerpo.
Así que no acabo de ver cómo hubiese podido sanar, si mi muerte en tal
estado hubiese traspasado las entrañas de su amor. ¿Dónde estarían ahora
tantas y tantas oraciones que sin cesar te dirigía? Por supuesto que muy cerca
de Ti y en ninguna otra parte. Tú, Dios de las misericordias, ¿ibas a despreciar
el corazón apenado y humillado de una viuda casta y sobria, que hacía tantas
limosnas, que era la obsequiosa servidora de tus santos, que ni un solo día se
olvidaba de presentar su ofrenda ante tu altar, que mañana y tarde iba a tu
iglesia, sin fallar nunca, y no para dedicarse a conversaciones tontas ni a
chismes de viejas, sino para oír tu palabra en los sermones y para que Tú
escucharas sus oraciones?...
Me sanaste, pues, de aquella enfermedad y salvaste al hijo de tu
servidora. Por entonces te limitaste a restablecerme corporalmente, esperando
la oportunidad de regalarme una salud mejor y más segura 43 .
Al recuperarme comencé a reunir en mi casa a un pequeño grupo de
estudiantes para introducirme a ellos y a través de ellos darme a conocer a los
demás. Me di cuenta de que en Roma los estudiantes practicaban otro tipo de
travesuras que yo desconocía entre los estudiantes de Cartago. Es cierto que me
habían asegurado que en Roma los adolescentes no hacían aquellas
mataperradas. Pero también me dijeron que los estudiantes de aquí, para no
tener que pagar al maestro, se unían y se pasaban en bloque a otro maestro,
43 Conf. 5, 9-10.
35
faltando así a la palabras dada y no haciendo caso de la justicia por amor al
dinero.
Comencé a odiarlos de corazón, mas no con odio refinado. Quizá los
odiaba más por el perjuicio que me iban a hacer a mí que por el modo legal con
que procedían con los demás 44 .
Por aquellos días frecuentaba en Roma los círculos de quienes se decían
“santos”, y que eran a la vez engaados y engaadores. Yo no me limitaba a
tratar con los oyentes, entre los que se contaba el dueño de la casa donde yo
había estado enfermo y convaleciente, sino que frecuentaba también los círculos
de los que llaman “elegidos”.
Aún seguía pensando que no somos nosotros los que pecamos, sino que la
que peca en nosotros es una naturaleza extraña que no puedo definir. Así mi
orgullo se sentía feliz por verse libre de culpa. Lógicamente, tampoco tenía que
confesar mis pecados cuando obraba mal para que Tú sanaras mi alma. Me
gustaba excusarme y prefería acusar a no sé qué otro elemento extraño que
estaba en mí y que no era yo.
Mi pecado más incurable era el no creerme pecador . Seguía
frecuentando los círculos de los elegidos maniqueos. Pero en el fondo, ya había
perdido la esperanza de toda responsabilidad de progreso en aquella falsa
doctrina. Es más, ya no era tan intransigente en defender aquellos puntos o
proposiciones que había decidido mantener en caso de no hallar otra cosa
mejor.
Además, comenzó a obsesionarme la idea de que aquellos filósofos, que
llaman académicos, habían sido los más prudentes y ponderados al adoptar
como principio que se debe dudar de todo y de todos, y que ninguna verdad
puede ser totalmente comprendida por el hombre. A pesar de que yo no había
profundizado todavía en su pensamiento, creía que esto lo pensaban con toda
sinceridad, porque hasta entonces no había captado su intención.
En cuanto a mi anfitrión, le reproché la excesiva credulidad que vi tenía
en los temas de ficción de que están llenos los libros maniqueos. Con el resto de
los integrantes de esta secta tenía una familiaridad mayor que con las demás
personas que no pertenecían a ella. Ya no la defendía con el entusiasmo de
antes, es cierto. Pero el trato con sus adeptos, de los que muchos se ocultaban en
Roma, aumentaba en mí la flojera por buscar otra cosa, sobre todo en aquel
44 Conf. 5, 12.
36
momento en que había perdido la esperanza de hallar la verdad en tu Iglesia, de
la que ellos me habían apartado…
Cuando mi espíritu intentaba recurrir a la fe católica, al momento sentía
un rechazo, porque lo que yo pensaba no era la fe católica 45 . La Iglesia católica
no enseña lo que pensábamos y sin razón censurábamos 46 .
PROFESOR EN MILÁN
Agustín estaba decepcionado de los maniqueos y pensó que quizás los
académicos tenían razón: de que nunca el hombre podrá descubrir la verdad. Se
sentía insatisfecho consigo mismo, buscaba y buscaba y no encontraba.
Después de casi dos años en Roma, decidió ir a Milán, la capital del
imperio romano de occidente en ese tiempo. Los emperadores establecieron allí
su residencia desde el año 305 hasta el 402, en que el emperador Honorio
estableció la corte en Ravena.
Una de las causas de su partida de Roma era que sus alumnos, aunque no
eran tan bulliciosos como los de Cartago, no pagaban. Por eso, al presentarse la
oportunidad de quedar vacante la cátedra de retórica de Milán, después de un
examen y con la influencia de sus amigos maniqueos, consiguió que el prefecto
de Roma, Símaco, se la concediera. Así pasaba de profesor privado a profesor
oficial, lo cual le daba derecho al viaje gratuito a costa del Estado en la posta
oficial.
Era el año 384, Agustín tenía unos 30 años, tenía un buen puesto y un
buen sueldo y soñaba en llegar a gobernador, pero Dios lo esperaba en Milán. Se
fue a Milán con sus dos grandes amigos: Alipio y Nebridio.
A este respecto nos dice: De manera especial compartía (mi vida) con
gran familiaridad con Alipio y Nebridio. Alipio había nacido también en
Tagaste, de padres pertenecientes a la aristocracia del lugar. Era más joven que
yo, pues lo había tenido de alumno en los comienzos de mi profesorado en
nuestra villa natal y posteriormente en Cartago. Me quería mucho, porque me
consideraba bueno y preparado académicamente. Yo también sentía aprecio por
él, debido a su gran personalidad y a su fondo de virtud muy notable para sus
pocos años 47 .
45 Conf. 5, 10.
46 Conf. 6, 4.
47 Conf. 6, 7.
37
Cuando lo encontré en Roma, Alipio se apegó a mi persona con un lazo de
amistad muy fuerte. Partió conmigo a Milán por dos razones: para no separarse
de mí y para hacer algunas prácticas de derecho, pues había acabado la carrera
más por agradar a sus padres que por gusto propio. Por tres veces había
ejercido el cargo de asesor jurídico con una integridad que causaba admiración
en todos. El se extrañaba de que hubiera magistrados que anteponían el dinero a
la honestidad profesional…
También Nebridio había venido a Milán sin otra razón que la de vivir
conmigo para participar en la búsqueda ardiente de la verdad y de la sabiduría.
Para ello había abandonado su ciudad natal, cerca de Cartago. Había dicho
adiós a la misma Cartago adonde viajaba con frecuencia, había abandonado
una magnífica finca de su padre, había dejado su casa y había dicho adiós a su
madre, que no le acompañaría en el viaje.
Al igual que nosotros, Nebridio también andaba perplejo y anhelante. Era
un investigador apasionado de la felicidad humana y un explorador muy
profundo de las cuestiones más intrincadas. Éramos tres bocas ansiosas. Éramos
tres indigentes que compartíamos nuestra hambre y nuestra miseria. Teníamos
nuestra esperanza puesta en Ti, en que nos dieras alimento en el tiempo
oportuno. En el mal sabor de boca que tu misericordia hacía aparecer en
nosotros como consecuencia de nuestra actividad mundana, tratábamos de
averiguar el motivo de por qué sufríamos semejantes angustias. Pero alrededor
de nosotros amenazaban las tinieblas. Entonces torcíamos el gesto,
lamentándonos y diciendo: ¿Hasta cuándo va a durar esta situación? Una y otra
vez nos repetíamos esta misma pregunta, pero sin acabar de decir adiós a la
clase de vida que llevábamos. No teníamos ni un poquito de luz ni de certeza
adonde sostenernos en caso de dejar a un lado nuestro género de vida.
¡Cómo me llenaba de estupor cuando recordaba nervioso el tiempo
transcurrido desde mis diecinueve años, cuando empecé a arder en deseos por la
sabiduría, cuando decidí que, una vez hallada ésta, abandonaría todas las
expectativas vanas y las locuras engañosas de las pasiones!
Contaba treinta años y seguía vacilando en el mismo barro. Estaba lleno
de deseos por disfrutar las realidades presentes que se desvanecían y que al
mismo tiempo me iban desintegrando.
Mientras tanto, yo me decía: “Maana hallaré la verdad. Mañana
aparecerá con toda claridad y me abrazaré a ella. ¡Oh grandes hombres de la
Academia! ¿Es cierto que no hay ninguna certeza posible que nos sirva de apoyo
para defendernos en la vida?”.
38
Lo que hay que hacer es buscar con mayor interés y no desanimarse.
Mira, para comenzar ya no me parecen absurdos aquellos pasajes de los libros
eclesiásticos que antes me parecían absurdos. Admiten otra interpretación
distinta y razonable. Fijaré mis pies en aquel peldaño donde me instalaron mis
padres, hasta que encuentre la verdad pura y cristalina.
Pero, ¿dónde y cuándo buscarla? Ambrosio no dispone de horas libres.
Yo no tengo tiempo para leer. Por otra parte, ¿dónde voy a encontrar libros?
¿De dónde voy a sacar dinero para adquirirlos? ¿Cuándo podré comprarlos?
¿Quién puede prestármelos?
Con todo, señalemos un horario y hagamos una distribución del tiempo de
modo que podamos atender a la salud del alma. Estamos en los albores de una
gran esperanza: las enseñanzas de la fe católica no son las que pensábamos, ni
las que como necios le atribuíamos. Sus expertos consideran algo despreciable
creer que Dios esta configurado por los perfiles del cuerpo humano. ¿Y aún
dudamos en llamar a su puerta para que a la vez se nos descubra todo lo demás?
El horario de la mañana lo tengo ocupado con las atenciones al alumnado. ¿Y
qué hago con el resto del tiempo? ¿Por qué no emplearlo en estas ocupaciones?
Pero en este caso ¿cuándo voy a saludar a los amigos importantes cuya
ayuda tanto necesito? ¿Cuando voy a preparar los materiales que me pagan los
alumnos? ¿Cuándo reparar energías y aliviar la tensión mental producida por
las preocupaciones?
¡Que se vaya todo al diablo: dejémonos de cosas vacías y sin
importancia! ¡Consagrémonos exclusivamente a la búsqueda de la verdad! La
vida es miserable, la muerte es incierta. Si nos asalta de improviso, ¿en qué
situación saldríamos de este mundo? ¿Dónde vamos a aprender aquello que aquí
desatendimos? Mirándolo bien, ¿no tendremos que reparar el castigo de este
descuido? Pero, ¿y si la muerte trunca y pone fin a todas las preocupaciones al
dar término al mundo de los sentidos? También hay que estudiar este punto.
Pero eso no es posible. Lejos esté de mí pensar que esto sea así. No es
absurdo ni carece de fundamento el hecho de que la autoridad única de la fe
cristiana se haya abierto camino por el mundo entero. Nunca habría hecho Dios
tantas y semejantes cosas si al morir el cuerpo se consumara también la muerte
del alma. ¿A qué vienen esas dudas en abandonar las expectativas mundanas y
en dedicarnos totalmente a la búsqueda de Dios y de la vida feliz?
Pero vamos poco a poco: también el mundo tiene su encanto y no
pequeño. No hay que precipitarse en cortar radicalmente el impulso que nos
39
lleva hacia él, porque el gesto de volver de nuevo a las realidades mundanas
resultaría algo indecoroso. Mira, ya te queda poco tiempo para obtener algún
título honorifico. ¿Hay más que pedir? Cuento con un buen numero de amigos
influyentes. Sin llevar las cosas con demasiada precipitación, te pueden dar una
presidencia. Me casaré con una mujer de buena posición económica, para no
cargar excesivamente mis gastos. Todo ello será la culminación de mis
ambiciones. Ha habido muchas y grandes personalidades, hombres muy dignos
de imitar quienes, en compañía de sus mujeres, se han consagrado al estudio de
la sabiduría.
Mientras me expresaba en semejantes términos y daban vueltas estos
vientos, llevando mi corazón de un lado para otro, iba pasando el tiempo y
tardaba en convertirme al Señor. Iba aplazando día tras día vivir en Ti, pero no
aplazaba el morir en mí mismo cada día. Amaba la vida feliz, pero me asustaba
verla en su propio lugar y la buscaba huyendo de ella. Pensaba que iba a ser
muy desgraciado, privándome de las caricias de una mujer, pero no pensaba en
la medicina de tu misericordia que podía curar esta enfermedad. Carecía de
experiencia y creía que la continencia dependía de las propias fuerzas. Yo no era
consciente de contar con esas fuerzas. Era tan tonto que desconocía el
testimonio de las Escrituras, según el cual, nadie puede ser casto, si Tú no se lo
concedes. Sé también que Tú me lo habrías concedido, si hubiera llamado a tus
oídos con el gemido de mi corazón y si, con una fe sólida, hubiera proyectado en
Ti todas mis preocupaciones 48 .
SAN AMBROSIO
El año 382 había habido un gran revuelo en Roma, porque el emperador
Graciano había dado unas leyes ordenando la supresión del ara de la Victoria ,
uno de los más venerables símbolos del paganismo que estaba en decadencia.
También ordenó la abolición de las rentas que se entregaban a las vestales y a los
otros cuerpos sacerdotales de Roma.
El prefecto de Roma, Símaco, que era pagano, se opuso con un grupo de
paganos influyentes. El año 384, al llegar Agustín a Milán, estaba la polémica en
un momento difícil; ya que, al morir el emperador Graciano, Símaco y una
legación del senado de Roma, se presentó ante el emperador Valentiniano II
demandando la revocación de los edictos de Graciano. La relación presentada por
Símaco ha pasado a la historia como Relatio Symmachi (Relación de Símaco).
48 Conf. 6, 10-11.
40
Entonces san Ambrosio entró a luchar y consiguió que no se revocaran
esos edictos. Todos los católicos milaneses amaban al arzobispo Ambrosio, que
era su defensor y una gran fuerza moral y política, pues era hijo del prefecto del
pretorio de las Galias y había sido anteriormente él mismo gobernador de la
Provincia de Emilia y Liguria. Por ello, era muy respetado incluso por las
autoridades.
Agustín quedó impresionado por la valentía de Ambrosio y dirá en las
Confesiones: Llegué a Milán y me encontré con Ambrosio el obispo, célebre y
popular en todas partes entre los mejores y tu servidor piadoso. Sus elocuentes
sermones proporcionaban generosamente a tu pueblo la flor de la harina, la
alegría de tu aceite y la sobria embriaguez de tu vino. Inconscientemente me veía
llevado a él por tu mano para que, siendo yo consciente, él me encaminara hacia
Ti. Aquel hombre de Dios me acogió paternalmente y con afabilidad se interesó
por los pormenores de mi viaje. Por mi parte, comencé a estimarle, pero
inicialmente no lo hice como a maestro de la verdad, pues no tenía la más
mínima esperanza de hallarla en la Iglesia. Lo estimé principalmente por su
benevolencia para conmigo…
No tenía interés en aprender lo que Ambrosio decía sino en escuchar
cómo lo decía. Desilusionado y escéptico de que el hombre hallara un camino
que le llevara hasta Ti, ya slo contaba con esta inútil preocupacin… Luego me
fui convenciendo de que no era aventurado sostener la fe católica, aunque hasta
la fecha hubiera estado convencido de la imposibilidad de responder a las
impugnaciones maniqueas. Principalmente después de oír resolver repetidas
veces algunos pasajes enredados del Antiguo Testamento, que interpretados
literalmente por mí me estaban causando la muerte. Pero al recurrir a la
interpretación espiritual de muchos pasajes de aquellos libros, comencé a
censurar aquella desconfianza personal mía que me llevaba a creer imposible de
resistir a quienes se burlaban y ridiculizaban la Ley y los profetas…
Y tomé la resolución de abandonar a los maniqueos. Pensaba que,
mientras siguiera el proceso de mi duda, no debía permanecer en aquella secta...
Y a la espera de que surgiera algo seguro adonde encaminar mis pasos, tomé la
resolución de ser catecúmeno en la Iglesia católica, que me había sido
recomendada por mis padres 49 .
49 Conf. 5, 13-14.
41
MÓNICA
Mónica seguía siempre orando y llorando por su hijo Agustín, esperando
que Dios cumpliera la palabra que le había revelado en un sueño sobrenatural de
que se había de convertir. Pero para no estar angustiada por su lejanía, en el
verano del año 385 se fue hasta Milán para estar con él.
Él nos dice: A mí me encontró en una situación realmente crítica, cuando
ya desesperaba de encontrar la verdad. Sin embargo, cuando le conté que ya no
era maniqueo, aunque tampoco cristiano católico, no exteriorizó su alegría,
como si la noticia no constituyera novedad alguna. Como si ya estuviera segura
que iba a ocurrir así. Desde hacía tiempo estaba tranquila respecto a esta parte
de mi desventura, que le hacía llorarme en tu presencia como a un muerto, pero
como a un muerto que iba a resucitar…
Por eso su corazón no se estremeció de alegría incontrolada al enterarse
de la realización parcial, pero importante, de lo que diariamente te pedía con
lágrimas que sucediera: yo no había conquistado aún la verdad, pero ya me
había liberado de la falsedad. Más aún, como ella estaba segura de que también
le ibas a conceder lo que faltaba, ya que lo habías prometido todo, me respondió
con la mayor tranquilidad del mundo y con el corazón lleno de confianza que
estaba segura en Cristo de que antes de salir de esta vida, iba a verme católico
creyente.
Esa fue la respuesta que me dio a mí. Pero, por otro lado, frente a Ti,
fuente de misericordias, intensificó sus oraciones y sus lágrimas para que
aceleraras tu ayuda y alumbraras mis tinieblas.
Asimismo acudía con mayor entusiasmo a la iglesia, quedando extasiada
ante los labios de Ambrosio como ante un surtidor de agua viva que brota hasta
la vida eterna. Amaba a aquel hombre como a un ángel de Dios desde el
momento en que supo que por medio de él yo había llegado a aquella situación
de incertidumbre, que iba a ser como una etapa transitoria entre la enfermedad
y la salud, una vez superado el momento de mayor peligro, algo así como ese
momento de la enfermedad que los médicos califican de crítico 50 .
En esos días Mónica demostró obediencia a la Iglesia. Dice Agustín:
Sucedió que mi madre, siguiendo las costumbres de África, fue a llevar a las
tumbas de los mártires una ofrenda de manjares, pan y vino. El guardián le salió
al paso y se lo impidió. Cuando ella se enteró de que el obispo había prohibido
este tipo de ofrendas, acató esta decisión con espíritu de fe y obediencia. Yo
50 Conf. 6, 1.
42
mismo quedé admirado de la facilidad con que mi madre se convirtió más en
acusadora de aquella costumbre que ella tenía que en censuradora de semejante
prohibición.
Ella, por el contrario, al llevar la canasta con los manjares rituales que
habían de ser repartidos y comidos, no ponía más que un vasito de vino
rebajado, muy de acuerdo con sus gustos harto sobrios. De este vasito iba
haciendo pequeñas libaciones para hacer los honores. Si eran muchos los
sepulcros de los difuntos a los que tenía que rendir este tipo de homenaje, iba
paseando el vaso, este mismo vaso, por todos ellos. En este caso, colocaba un
vino aguado y sin fuerza, que ella repartía en pequeños sorbos entre los
allegados presentes, porque buscaba la devoción y no su propio gusto.
Pues bien, tan pronto como averiguó que este popular predicador y
maestro de piedad había determinado que la práctica no siguiera adelante, ni
siquiera por parte de aquellos que la realizaban dentro del marco de la
sobriedad, para no dar ocasión a los excesos de embriaguez de algunos, y
también por el hecho de que estas prácticas, al estilo de las fiestas en honor a los
muertos, se parecían muchísimo a la superstición de los paganos, ella se abstuvo
de buen grado. En vez de la canasta llena de frutos de la tierra, aprendió a
llevar a los sepulcros de los mártires su corazón lleno de ofrendas más puras.
Aprendió asimismo a dar lo que podía a los pobres. De este modo, celebraba allí
la comunión del cuerpo del Señor, a ejemplo de cuya pasión fueron inmolados y
coronados los mártires 51 .
Mónica obedeció también en la cuestión del ayuno. Dice Agustín: Cuando
mi madre fue en pos de mí a Milán, halló que aquella Iglesia no ayunaba los
sábados. Comenzó a turbarse y vacilar en su práctica. Yo no me preocupaba
entonces de tales problemas, pero por ella fui a consultar sobre este punto a
Ambrosio. Este me respondi que no ayunásemos en sábado… Cuando se lo
comuniqué a mi madre, lo aceptó de buen grado 52 .
Por otra parte, Mónica estaba preocupada por el porvenir de su hijo, le
habló seriamente de arreglar su vida matrimonial y él aceptó la necesidad de
casarse legalmente con una mujer de su categoría social, pues con la concubina
nunca podría contraer un matrimonio plenamente legal. A principios del año 386,
Mónica encontró una niña de una familia rica. Agustín la conoció y le agradó; y
ambas familias acordaron el matrimonio, cuando la niña llegara a la edad núbil, a
los doce años. Agustín tomó la decisión de despedir a su conviviente y quedarse
con su hijo Adeodato. Esta decisión fue muy dolorosa para él, ya que se había
51 Conf. 6, 2.
52 Carta 54, 2, 2
43
acostumbrado a ella y llevaban 15 años juntos, pero lo vio como una necesidad
ya que él, en ese momento, aspiraba a ser gobernador u otro alto cargo público.
Sobre este suceso nos dice: Cuando apartaron de mi lado, como
impedimento para el matrimonio a aquella mujer con quien solía compartir
lecho, el corazón, rasgado precisamente en la parte por la que estaba pegado a
ella, quedó llagado y manando sangre. Ella se marchó a África, tras hacer la
promesa de no conocer a otro hombre y dejando en mi compañía al hijo natural
que yo había tenido de ella.
Yo, desventurado, incapaz de imitarla y sin poder soportar la espera de
los dos años que me restaban para casarme con la joven que había pedido, y
porque no era un enamorado del matrimonio, sino un esclavo de la pasión, me
busqué otra mujer. Claro que no me la procuré en calidad de esposa, sino para
fomentar y prolongar la enfermedad de mi alma, sirviéndome de sostén en mi
mala costumbre, mientras llegaba el deseado matrimonio.
Pero no por eso se curaba aquella herida mía originada en la pérdida de
la compañía precedente; sino que, después de una elevada fiebre y de un dolor
inaguantable, comenzaba a gangrenarse. A medida que iba enfriándose la
herida, iban haciéndose más desesperados mis dolores 53 .
LOS NEOPLATÓNICOS
Agustín no conseguía llenar el vacío que sentía en su alma. Buscaba la
verdad y la felicidad y le parecía que era una meta inalcanzable. En medio de sus
incertidumbres, leyó el libro de las Enéadas de Plotino (234-305) que le devolvió
la esperanza. Este libro de filosofía neoplatónica abrió su alma hacia las alturas
del espíritu y pudo así desembarazarse definitivamente de la concepción
materialista de Dios. El neoplatonismo estaba muy difundido en ese tiempo e,
incluso, san Ambrosio y muchos grandes filósofos cristianos abrazaron el
neoplatonismo como un camino para llegar a Dios, haciendo algunos retoques y
trasposiciones.
La obra de las Enéadas la pudo leer Agustín en la traducción latina que
había hecho Mario Victorino, un gran convertido a la fe católica. La lectura de
éste y otros libros neoplatónicos provocó en Agustín, un incendio increíble, pues
pudo concebir por primera vez a Dios como un ser absoluto, verdad eterna,
espíritu puro y cuyas obras eran todas buenas.
53 Conf. 6, 15.
44
Dice: Amonestado por aquellos escritos que me intimaban a retornar a mí
mismo, penetré en mi intimidad guiado por Ti. Lo pude hacer porque Tú me
prestaste apoyo. Entré y vi con el ojo de mi alma, tal cual es, sobre el ojo mismo
de mi alma, sobre mi inteligencia, una luz inmutable. No esta luz vulgar y visible
a todo ser creado, ni algo por el estilo. Era una luz de potencia superior, como
sería la luz ordinaria si brillara mucho y con mayor claridad y llenara todo el
universo con su esplendor. Nada de esto era aquella la luz, sino algo muy
distinto, algo muy diferente a todas las luces de este mundo.
Tampoco se hallaba sobre mi mente como está el aceite sobre el agua, ni
como el cielo está sobre la tierra. Estaba encima de mí, por ser creadora mía, y
yo estaba debajo por ser creación suya. Quien conoce la verdad, conoce la
eternidad.
¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y amada eternidad! Tú eres mi
Dios. Por Ti suspiro día y noche. Cuando te conocí por vez primera, Tú me
acogiste para que viera que había algo que ver y que yo no estaba aún
capacitado para ver. Volviste a lanzar destellos y a lanzarlos contra la debilidad
de mis ojos, dirigiste tus rayos con fuerza sobre mí, y sentí un escalofrió de amor
y de terror. Me vi lejos de Ti, en la región de la desemejanza, donde me pareció
oír tu voz que venía desde el cielo: “Yo soy manjar de adultos. Crece y me
comerás. Pero no me transformarás en ti como asimilas corporalmente la
comida, sino que tú te transformarás en Mí”.
Entonces caí en la cuenta de que Tú has aleccionado al hombre
sirviéndote de su maldad. Tú hiciste que mi alma se secara como una tela de
araña. Y yo me pregunté: ¿Acaso la verdad carece de entidad al no estar
extendida en el espacio, sea finito o infinito? Y Tú me respondiste desde lejos: Al
contrario. “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14).
Estas palabras las oí como se oye dentro del corazón. Ya no había
motivos para dudar. Me sería mucho más fácil dudar de mi propia vida que de la
existencia de aquella verdad que se hace visible a la inteligencia a través de las
cosas creadas 54 .
Entonces, comprendió el origen del mal, no en un principio eterno malo y
material, que hacía al hombre pecar sin responsabilidad de su parte, como decían
los maniqueos, sino que el mal era la perversidad de la voluntad que se aparta
de Ti, suma sustancia, Dios mío, la perversidad de la voluntad que se vacía por
dentro y se hincha por fuera 55 .
54 Conf. 7, 9-10.
55 Conf. 7, 16.
45
Pero no pudo llegar a reconocer en Cristo a Dios, porque no era humilde.
Así lo dice él: Yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios.
Tampoco comprendía de qué podía ser maestra su debilidad… La idea que yo
tenía de mi Señor Jesucristo era la de un hombre extraordinariamente sabio, de
un hombre inigualable 56 .
En ese momento, si no me ponía a reconocer tu camino en Cristo, Señor
Nuestro, de ser instruido iba a pasar a ser destruido. Había comenzado a querer
parecer sabio y me hinchaba con la ciencia 57 .
Entonces comenzó a leer las cartas de San Pablo y se dio cuenta de que
todo lo que había aprendido de los neoplatónicos estaba en san Pablo y mucho
mejor, con la autoridad de las Sagradas Escrituras. Dice: Me concentré con toda
avidez en las Escrituras, con preferencia en el apóstol Pablo, y fueron
desapareciendo todos aquellos problemas en que a veces me parecía descubrir:
contradicciones e incoherencias entre sus palabras y el testimonio de la Ley y de
los profetas… Inicié la lectura y descubrí que todo cuanto de verdadero había
leído allá (en los neoplatónicos) , también se decía aquí, pero con la garantía de
tu gracia 58 .
SIMPLICIANO
En el estado de emoción en que se encontraba Agustín, después de haber
descubierto el mundo espiritual a través de los neoplatónicos y de confirmar ese
camino con las cartas de san Pablo, quería comprender mejor la fe de la Iglesia
católica, pues ya estaba muy cerca de creer firmemente en la divinidad de Jesús.
Para seguir adelante en su búsqueda fue a consultar al sacerdote Simpliciano, un
santo sacerdote que sucedería a san Ambrosio en la diócesis de Milán.
Agustín lo refiere en las Confesiones: Me sugeriste la idea, que me
pareció excelente, de acudir a Simpliciano, que me parecía un buen servidor
tuyo, y en quién resplandecía tu gracia. A mis oídos habían llegado comentarios
de su vida piadosísima consagrada a Ti desde la juventud. En la actualidad era
ya un anciano. Por eso pensé que una existencia tan larga, empleada en el
estudio de tu vida, estaría muy experimentado e instruido en muchas cocas. De
hecho así era. Por eso quería entrevistarme con él y exponerle mis inquietudes,
56 Conf. 7, 19.
57 Conf. 7, 20.
58 Conf. 7, 21.
46
para que me indicara el método adecuado para caminar por tus sendas en el
estado de ánimo en que yo me encontraba…
Me dirigí, pues a Simpliciano, padre espiritual del entonces obispo
Ambrosio, y a quien éste amaba como a verdadero padre. Le conté el recorrido
de mi error. Cuando hice una referencia a mis lecturas de algunos libros de los
platónicos, en la versión latina de Victorino, antiguo retórico de Roma y muerto
después de convertirse al cristianismo, me felicitó por no haber tropezado con
los escritos de otros filósofos, llenos de errores y engaños, a base de los
elementos del mundo. En los platónicos, por el contrario, hay múltiples
alusiones a Dios y a su Palabra.
Luego, para exhortarme a la humildad de Cristo, escondida a los sabios y
revelada a los sencillos, evocó la personalidad de Victorino a quien él había
conocido y tratado muy de cerca en Roma. De él me refirió algo que no quiero
pasar por alto, porque constituye un estupendo motivo para confesar tu
benevolencia. Este hombre poseía una vasta erudición y bien probada
competencia en todas las disciplinas liberales. Había leído y criticado a un
número extraordinario de filósofos, había sido maestro de muchos y nobles
senadores. Por todo ello se había hecho digno de que le levantaran una estatua
en el foro, como distinción a su ilustre magisterio, honor que los hijos de este
mundo consideran como algo extraordinario.
Hasta aquella edad había sido adorador de los ídolos y había tomado
parte en los sacrificios sacrílegos de que alardeaba la casi totalidad de la
orgullosa nobleza romana… A todos estos dioses los había defendido durante
muchos años el anciano Victorino con voz atronadora. Y este mismo anciano no
tenía reparo alguno en hacerse ahora siervo de tu Cristo e infante de tu fuente,
doblando su cuello bajo el yugo de la humildad y agachando su frente ante el
oprobio de la cruz...
Le confesaba a Simpliciano, no en público, sino más bien en privado y de
modo confidencial: “Quiero comunicarte una cosa: ya soy cristiano”. Pero el
otro le contestaba: “No me lo creeré ni te contaré entre los cristianos mientras
no te vea en la Iglesia de Cristo”. Victorino le replicaba medio en broma:
“Acaso las paredes hacen cristianos?”. Solía repetir con frecuencia que ya era
cristiano. Y Simpliciano le contestaba siempre del mismo modo, mientras
Victorino repetía una vez más la broma de las paredes. En realidad Victorino
tenía miedo de ofender a sus amigos, orgullosos adoradores de los demonios.
Estimaba que desde las cumbres de su dignidad mundana y pagana, iban a caer
sobre él como cedros del Líbano que aún no había quebrantado el Señor, sus
terribles enemistades.
47
Pero luego que, tras intensas lecturas e impaciencias, adquirió solidez y
tuvo miedo de que Cristo le negara delante de sus ángeles si él se acobardaba de
confesarle ante los hombres (Lc 12, 9), al sentirse culpable de un gran crimen
por avergonzarse de los sacramentos, de la humildad de tu Palabra y no
avergonzarse de los sacrificios sacrílegos a los demonios orgullosos que él había
aceptado e imitado con ánimo soberbio, depuso su actitud vergonzosa ante la
vanidad y se ruborizó ante la verdad.
De pronto y como por sorpresa, tal como nos cuenta Simpliciano, le dijo a
éste: “Vamos a la iglesia!, quiero ser cristiano”. Éste, loco de contento, se fue
con él sin hacer preguntas. Tan pronto como en la iglesia adquirió instrucción
sobre los misterios sagrados, sin pérdida de tiempo, dio su nombre para ser
regenerado por el bautismo, ante la sorpresa de Roma y la alegría gozosa de la
Iglesia. Los orgullosos lo veían y se ponían furiosos, rechinaban los dientes y se
impacientaban. Pero tu siervo había puesto su esperanza en el Señor, y ya no
reparaba en vanidades ni en locuras engañosas.
Llegó, por último, el momento de hacer la profesión de fe. En Roma suele
hacerse en presencia del pueblo fiel, desde un lugar elevado y con determinada
fórmula que aprenden de memoria los que van a recibir tu gracia. Pero los
sacerdotes, contaba el amigo, le propusieron a Victorino que formulara esta
profesión de fe en una ceremonia de carácter más privado, como se proponía de
ordinario a aquellos de quienes se tenía fundadas sospechas que iban a tener
vergüenza.
Pero Victorino prefirió hacer profesión de su salvación en presencia de la
plebe santa, porque la salvación no estaba en la retórica que él enseñaba, y, sin
embargo, la había profesado públicamente. ¡Tanto menos debía temer a aquel
manso rebaño tuyo al pronunciar tu palabra aquél que en sus propios discursos
no se atemorizaba delante de las masas enloquecidas!
Así que, tan pronto como pronunció la fórmula de profesión fe, todos los
presentes pasaban su nombre de boca en boca con murmullos de aprobacin…
A partir del momento en que tu siervo Simpliciano concluyó su relato
sobre Victorino, sentí un inmenso deseo de imitarle 59 .
59 Conf. 8, 1-2 y 8, 5.
48
LOS DOS RELATOS DE PONTICIANO
Agustín en su camino de búsqueda de Dios, seguía atado a los deseos
carnales y convivía con la segunda mujer, pero el Señor le hizo sentir deseo de
dejar todo para seguirlo a tiempo completo y para siempre en una vida de
castidad en un monasterio.
Él dice: Cierto día, no recuerdo los motivos de la ausencia de
Nebridio, llegó a casa a visitarnos a Alipio y a mí un tal Ponticiano, africano y
compatriota nuestro, que entonces desempeñaba un alto cargo en la corte. En
realidad no sé lo que pretendía de nosotros. Casualmente, encima de la mesa de
juego que teníamos delante, vio un códice. Lo cogió, lo abrió y vio que se trataba
de las cartas del apóstol Pablo. Se quedó sorprendido, porque había estimado
que se trataría de uno de tantos textos que mi profesión me obligaba a consultar.
Sonriéndose y mirándome en actitud complaciente, manifestó su sorpresa por
haberse topado de improviso precisamente con ese libro y con ningún otro más.
Él era cristiano, estaba bautizado y muchas veces se postraba ante Ti, Dios
nuestro, en la iglesia, con frecuentes y largas oraciones.
Tan pronto como le expresé mi interés personal por aquellos escritos,
tomando él la palabra, comenzó a hablarnos de Antonio, monje de Egipto, cuyo
nombre gozaba de merecida fama entre tus fieles, pero que nosotros
desconocíamos hasta ese momento. Al darse cuenta de que así era, se demoró en
aquella conversación, dándonos a conocer a una personalidad tan importante,
que nosotros desconocíamos, cosa que a él le causó profunda extrañeza.
Quedamos sorprendidos oyendo tus probadísimas maravillas realizadas
en la verdadera fe e Iglesia católica y en época tan reciente y cercana a nuestros
tiempos. Todos nos quedamos maravillados: nosotros por tratarse de hechos tan
notables; él de nuestra ignorancia sobre el particular.
De aquí pasó a hablarnos de las muchedumbres que viven en monasterios,
y sobre sus costumbres y del divino perfume de sus virtudes, de la fertilidad del
desierto, de la vida solitaria, de todo lo cual no teníamos la más remota idea. Lo
que es más extraordinario: incluso fuera de Milán había un monasterio poblado
de buenos hermanos bajo la dirección de Ambrosio, y nosotros no lo sabíamos.
Alargaba él la conversación y nosotros le escuchábamos en silencio. Vino a
decirnos que en cierta ocasión no recordaba ahora la fecha exacta él y tres
compañeros suyos, en la ciudad de Tréveris, mientras el emperador se entretenía
asistiendo a los espectáculos del circo en la tarde, salieron a dar un paseo por
unos jardines vecinos a las murallas. Se pusieron a pasear en parejas formadas
al azar: uno en compañía de Ponticiano, y los otros dos formando grupo aparte.
49
Tomaron caminos diferentes. Estos últimos, paseando sin rumbo fijo,
encontraron una cabaña donde habitaban siervos tuyos, de quienes es el reino de
los cielos. En esta cabaña encontraron un códice en que se hallaba escrita la
“Vida de Antonio”. Uno de los dos comenzó a leerla y, acto seguido, a
admirarse, a entusiasmarse y a pensar, mientras leía, en abrazar aquel género
de vida y en servirte a Ti y en abandonar las ocupaciones mundanas. Ambos
pertenecían a la escala de funcionarios que se denominan agentes de negocios
públicos…
Se quedaron en la cabaña con el corazón anclado en el cielo. Ambos tenían
novias y, cuando éstas se enteraron de lo sucedido, ellas también te consagraron
su virginidad 60 .
Y yo , joven miserable, sí, desventurado de verdad, en los mismísimos
comienzos de mi adolescencia había llegado a pedirte incluso la castidad y te
había dicho: “Dame la castidad y la continencia, pero no ahora”. Temía que me
escucharas enseguida y me sanaras de la enfermedad de la concupiscencia,
porque lo que yo quería era satisfacerla, no extinguirla…
Pensaba yo que la razón de diferir de un día para otro el momento de
seguirte únicamente a Ti, desdeñando toda esperanza mundana, era la falta de
algo seguro adonde encaminar mis pasos. Pero había llegado el día en que me
hallaba desnudo ante mí mismo y en que mi conciencia me echaba en cara:
“¿Dónde está tu palabra? Tú andabas diciendo por ahí que no estabas dispuesto
a sacudir la carga de la vanidad por no estar seguro de la verdad. El caso es que
ya estás seguro de la verdad y, sin embargo, la vanidad sigue oprimiéndote”…
En medio de estas reflexiones me consumía interiormente. Me invadía una
confusión tremenda, mientras Ponticiano continuaba su relato. Una vez que
acabó de hablar y que ventiló el asunto que le había traído, se marchó. Fue
entonces cuando yo me encaré conmigo mismo. ¡Qué cosas me dije! ¡Con qué
pensamientos, fuertes como azotes, flagelé mi alma para ver si me seguía en mi
intento de ir en pos de Ti! Pero ella se resistía. Rehusaba acompañarme, sin dar
excusa alguna. Ya estaban agotados y rebatidos todos los argumentos. Sólo
quedaba un temblor mudo. Mi alma sentía verdadero pánico de verse apartada
de la costumbre que la consumía hasta matarla.
Entonces, en medio de aquella encarnizada pelea de mi casa interior, y
que yo había avivado fuertemente en la intimidad de mi propio corazón, alterado
tanto mi rostro como mi mente, me acerco a Alipio exclamando: “Pero, qué es
lo que nos pasa? ¿Qué significan esas palabras que acabas de oír? ¡Se levantan
60 Conf. 8, 6.
50
los que no han estudiado y conquistan el cielo, y ahí tienes: nosotros, con toda
nuestra ciencia pero sin corazón, nos revolcamos en la pasión y la sangre! ¿O es
que sentimos vergüenza de seguirlos, porque se nos han adelantado y no nos da
vergüenza siquiera el no seguirlos?” 61 .
TERCERA PARTE
CONVERSIÓN Y APOSTOLADO
LA CONVERSIÓN
Veamos lo que nos dice por experiencia propia: En la residencia donde
nos hospedábamos había un pequeño huerto. Disfrutábamos de él como del resto
de la casa al no ocuparlo su propietario. Hasta este huerto me había lanzado la
tormenta de mi corazón, donde nadie interfiriera el encarnizado combate que
había entablado conmigo mismo y cuyo desenlace Tú conocías y yo ignoraba. Lo
único que hacía era volverme loco, pero con una locura saludable. Estaba
muriendo para vivir. Sabía lo malo que estaba, pero no sabía lo bueno que iba a
estar dentro de poco.
Me retiré al huerto, Alipio iba detrás de mí, pisándome los talones. Su
presencia no me impedía sentirme solo. ¿Cómo iba a abandonarme él, viéndome
presa de tal agitación? 62 .
Yo decía para mis adentros: “Rápido! Ya! Ahora mismo!”, y de la
palabra casi pasaba a la obra. Casi lo hacía, pero no lo hacía…
Vacilaba entre morir a la muerte y vivir a la vida. Podía más conmigo lo
malo inveterado que lo bueno desacostumbrado. Y cuanto más se acercaba aquel
momento en que yo iba a cambiar, tanto mayor horror me invadía. Cierto que no
me hacía volver atrás ni cambiar de propósito, pero me dejaba en suspenso.
Me retenían frivolísimas frivolidades y vanísimas vanidades, antiguas amigas
mías que tiraban de mi vestido de carne y me decían por lo bajo: ¿Nos dejas?
¿Desde este momento jamás te será lícito esto y aquello? Y qué cosas me
sugerían en lo que llamo esto y aquello. ¡Qué inmundicias me sugerían, qué
indecencias! Yo las oía poco menos que a media voz, como en sordina. Ya no me
replicaban cara a cara ni de frente, sino que murmuraban a mis espaldas,
llamándome furtivamente al alejarme para que volviese la cara hacia ellas. De
61 Conf. 8, 7-8.
62 Conf. 8, 8.
51
todos modos, retrasaban mis decisiones de romper con ellas y de quitármelas de
encima. Constituían verdaderas vallas quo me impedían dar el salto hacia donde
oía la llamada. La costumbre brutal y agresiva continuaba diciéndome: “Tú
crees quo podrás vivir sin ellas?”.
Pero estas últimas palabras se escuchaban muy apagadas. Hacia el lado
donde dirigía mi vista y tenía vuelto el rostro, y donde temía dirigir mis pasos, se
me revelaba la casta dignidad de la continencia, serena y sonriente, sin malicia.
Con cautela y suavemente me invitaba a que me acercara a ella sin miedo,
extendiendo sus manos piadosas, llenas de infinidad de buenos ejemplos,
dispuestas a acogerme y darme el abrazo. Allí había infinidad de niños y niñas,
allí una juventud numerosa y hombres de toda edad, viudas venerables y
vírgenes de blancos cabellos. En todos estos grupos la continencia no era algo
estéril ni mucho menos, sino madre fecunda de hijos, que eran los gozos
obtenidos de Ti que eras su esposo.
Con una sonrisa alentadora a flor de labios, es como si me dijera: “No
podrás tú lo que éstos y éstas han podido? ¿Acaso lo pudieron por sí mismos y
no en el Señor su Dios? ¿Por qué te apoyas en ti mismo si careces de
estabilidad? Arrójate en Él. No temas, que no se retirará para que caigas.
Arrójate seguro, que Él te acogerá y te sanará”.
Yo me sentía muy avergonzado. Seguía oyendo un ruido de fondo. Era el
murmullo de aquellas frivolidades que me tenían perplejo y suspenso. De nuevo
intervenía la continencia, y es como si me ordenara con palabras como éstas:
“Cierra tus oídos ante el reclamo de tu carne terrena y sucia, para mortificarla.
Esta te habla de placeres, pero no están de acuerdo con la ley del Señor tu
Dios”.
Esta era la contienda que había en mi corazón, de mí mismo contra mí
mismo. Alipio se mantenía continuamente a mi lado, esperando en silencio el
desenlace de mi insólita emoción.
Se formó una borrasca enorme que se resolvió en abundante lluvia de
lágrimas. Para descargarla en su totalidad con todo el aparato de truenos, me
levanté para separarme de Alipio, pues me pareció que para llorar era más
conveniente la soledad, y me retiré lo más lejos que pude para que incluso su
presencia física no me fuera un estorbo. Tal era mi situación en aquellos
momentos. Él se dio cuenta del estado en que me hallaba, por no sé qué
expresión que formulé al levantarme y donde se notaba que mi voz estaba
cargada de lágrimas.
52
Él se quedó en el lugar donde estábamos sentados. Estaba aturdido. No sé
cómo caí derrumbado a los pies de una higuera, y mis ojos era dos ríos de
lágrimas. Si no con estas precisas palabras sí con este sentido, te dije cosas
como éstas: “Tú Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor,
vas a estar eternamente enojado? No te acuerdes, Señor, de mis maldades
pasadas”. Al sentirme prisionero de ellas con voz lastimera gritaba: “¿Hasta
cuándo voy a seguir diciendo mañana, mañana? ¿Por qué no ahora mismo?
¿Por qué no poner fin ahora mismo a todas mis torpezas?”.
Decía estas cosas y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón.
De repente oigo una voz procedente de la casa vecina, una voz no sé si de niño o
de niña, que decía cantando y repetía muchas veces: “Toma y lee! ¡Toma y
lee!”. En ese momento, con el semblante alterado, comencé a reflexionar
atentamente si en algún tipo de juego los niños acostumbraban cantar algo
parecido, pero no recordaba haberlo oído nunca. Conteniendo, pues, la fuerza
de las lágrimas, me incorporé interpretando que el mandato que me venía de
Dios no era otro que abrir el códice y leer el primer capítulo con que topase.
Porque había oído decir de Antonio que, advertido por una lectura del
Evangelio, que había oído por casualidad, la había tomado como dicha
expresamente para él. La lectura era ésta: “Anda a vender todo lo que posees y
dáselo a los pobres. Así tendrás una riqueza en el cielo. Y luego vuelves y me
sigues” (Mt 19, 21). Este texto provocó su inmediata conversión.
Así pues, me apresuré a acudir al sitio donde estaba sentado Alipio. Allí
había dejado el códice del Apóstol. Lo tomé en mis manos, lo abrí y en silencio
leí el primer capítulo que me vino a los ojos: “Nada de banquetes ni
borracheras, nada de prostitución o de vicios, o de pleitos, o de envidias. Más
bien, revístanse de Cristo Jesús el Señor. No se conduzcan por la carne,
poniéndose al servicio de sus impulsos” (Rom 13, 13-14). No quise leer más ni
era necesario tampoco. Al punto, nada más acabar la lectura de este pasaje,
sentí como si una luz de seguridad se hubiera derramado en mi corazón,
ahuyentando todas las tinieblas de mis dudas.
A continuación, registrando el libro con el dedo o con no sé qué otra
señal, con ademán sereno, le conté a Alipio todo lo sucedido. Por su parte, me
contó lo que también a él le estaba pasando y que yo desconocía. Me rogó le
mostrara lo que había estado leyendo. Se lo enseñé y él prosiguió leyendo el
pasaje que venía detrás, y que seguía así: “Reciban al que es débil en la fe”. Él
se aplicó a sí mismo estas palabras y así me lo dio a entender. Esta orden le dio
ánimo para seguir en su honesto propósito, tan de acuerdo con sus costumbres
en las que tanto distaba ventajosamente de mí desde siempre. Sin turbación ni
vacilación de ningún tipo se unió a mí.
53
Acto seguido, nos dirigimos los dos hacia mi madre. Le contamos cómo
sucedió todo y saltó de gozo y de júbilo, bendiciéndote a Ti que eres poderoso
para hacer más de lo que pedimos y comprendemos. Estaba viendo con sus
propios ojos que le habías concedido más de lo que ella solía pedirte con
sollozos y lágrimas piadosas.
Me convertiste a Ti de tal modo que ya no me preocupaba de buscar
esposa ni me retenía esperanza alguna de este mundo. Por fin, ya estaba situado
en aquella regla de fe en que hacía tantos años le habías revelado a mi madre
que yo estaría. Cambiaste su luto en gozo, en un gozo mucho más pleno de lo
que ella había deseado; en un gozo mucho más íntimo y puro que aquel que ella
esperaba de los nietos de mi carne 63 .
¡Qué agradable me resultó de golpe dejar la dulzura de mis frivolidades!
Antes tenía miedo de perderlas y a hora me gustaba dejarlas. Eras T ú quien las
ibas alejando de mí. Tú, suavidad verdadera y suprema, las desterrabas lejos de
mí y entrabas en lugar de ellas. Tú, que eres más suave quo todos los deleites,
aunque no para los sentidos corporales. Tú, que eres más resplandeciente que
toda luz, más escondido que todos los secretos y más alto que todos los honores,
aunque no para los que están elevados a sus propios ojos.
Mi espíritu estaba por fin libre de las angustias de la ambición, del dinero
y del revolcarse de las pasion es. Y hablaba contigo, Señor, Dios mío , claridad
mía y mi salvación 64 .
CASICIACO
Agustín, ya convertido, quiere dejar el trabajo y dedicarse enteramente a
Dios. Él no era de los hombres mediocres que dan un poco y se quedan
contentos. Agustín quería amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma y
para siempre. Y Dios vino en su ayuda.
Aquel verano (del año 386) comenzaron a enfermarse mis pulmones
debido al exceso de trabajo académico. Comenzaba a tener dificultades
respiratorias. Los dolores de pecho eran síntoma de que tenía una lesión que me
impedía hablar con voz clara y prolongada. Al principio esta situación me puso
en aprieto porque era casi como forzarme a abandonar el ejercicio del
magisterio… Hasta llegué a alegrarme de que se me hubiera presentado esta
63 Conf. 8, 11-12.
64 Conf. 9, 1.
54
excusa, no fingida, para calmar el malhumor de aquellas personas que en
atención a sus hijos pretendían que yo no gozara nunca de libertad. Lleno, pues,
de este gozo, aguantaba con paciencia que pasara aquel tiempo de
aproximadamente 20 días (para las vacaciones) 65 .
Finalizadas las vacaciones de la vendimia, anuncié a los milaneses que
buscaran a otro vendedor de palabras para sus estudiantes, porque yo había
optado por dedicarme a tu servicio, y porque ya no estaba en condiciones de
hacer frente a esa profesión por mis problemas respiratorios y por mi afección
de pecho.
Por otra parte, por carta avisé a tu obispo, el santo varón Ambrosio, de
mis errores pasados y mis proyectos actuales, rogándole que me aconsejara cuál
de tus libros sería preferible para mis lecturas, en vistas a una preparación más
adecuada para recibir una gracia tan grande. Me recomendó la lectura del
profeta Isaías, porque según creo, es entre todos los profetas el que preanuncia
con mayor claridad el Evangelio y la vocación de los gentiles. Pero, al no
entender lo primero que leí y al pensar que todo el resto sería igual, dejé su
lectura para más adelante, cuando estuviera más capacitado en el lenguaje del
Señor 66 .
En otoño de ese mismo año 386, Agustín, con un pequeño grupo de
amigos, va a prepararse para el bautismo a la finca de Casiciaco 67 de su amigo
Verecundo. Dice: Estaba en primer lugar nuestra madre a quien le corresponde,
de ello estoy convencido, todo el mérito de mi vida; Navigio mi hermano;
Trigetio y Licencio, mis conciudadanos y alumnos; también mis primos
Lartidiano y Rústico, a los que no quise excluir, aunque nunca se habían
sometido a las enseñanzas del gramático. Estaba también entre nosotros el más
joven de todos, pero dueño de una inteligencia que, si mi afecto no me engaña,
promete grandes cosas: mi hijo Adeodato 68 . Alipio llegó un poco después.
En esos días de retiro Agustín dirigía y programaba las actividades.
Mónica se preocupaba de los asuntos de la cocina y de que no les faltara nada,
aunque, a veces, también participaba en sus reuniones y discusiones filosóficas.
Tenían ratos de oración en común y momentos de reflexión. El día empezaba y
terminaba con la oración, sin faltar el rezo de los salmos y el estudio de las
Sagradas Escrituras. Como resultado de sus disquisiciones filosóficas escribió
Agustín los llamados Diálogos de Casiciaco , que incluyen el libro Contra los
65 Conf. 9, 2.
66 Conf. 9, 5.
67 Casiciaco era una pequeña ciudad, cerca de Milán, donde su amigo Verecundo tenía una granja avícola
en un lugar campestre y apacible. Allí estuvo 9 meses preparándose para el bautismo.
68 De la vida feliz 6.
55
académicos, De la vida feliz y Del orden . También escribió el famoso libro de los
Soliloquios.
En su libro de las Retractaciones , escrito ya al final de su vida, refiere que
en estos libros ensalza demasiado a la filosofía neoplatónica, no cristiana.
Todavía no había madurado lo suficiente en la filosofía y teología católica.
Sobre esos días de Casiciaco dice: ¡Qué voces te di, Dios mío, leyendo los
salmos de David, esos cantos de fe, esas cadencias de piedad que están en tan
marcado contraste con todo espíritu de orgullo! Todavía no era más que un
aprendiz en tu auténtico amor, un catecúmeno que estaba de vacaciones con
Alipio, también catecúmeno, y en compañía de mi madre que se había asociado a
nosotros con ropa de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, amor de madre y
piedad cristiana 69 .
Dice de su madre: Con nosotros se hallaba nuestra madre, cuyo ingenioso
y ardoroso entusiasmo por las cosas divinas había observado yo con larga y
diligente atención. Pero entonces, en una conversación que sobre un grave tema
tuvimos con motivo de mi cumpleaños y asistencia de algunos convidados y que
yo redacté y puse en un volumen (De beata vita o sobre la vida feliz) , se me
descubrió tanto su espíritu que ninguno me parecía más apto para el cultivo de
la sana filosofía 70 .
Palabras muy elogiosas en aquel mundo romano del siglo IV, en el que las
mujeres eran personas de segunda categoría y que no podían dedicarse a la
filosofía y menos entre grupos de hombres. Pero Agustín amaba y admiraba a su
madre como una mujer inteligente, creyente y ejemplar.
EL BAUTISMO
Después de prepararse durante nueve meses para el bautismo en la finca
de Casiciaco regresó a Milán donde fue bautizado por san Ambrosio en la noche
del 24 al 25 de abril del año 387 junto con Alipio y Adeodato.
Veamos lo que él mismo nos dice: Tan pronto como llegó la fecha en que
tenía que dar mi nombre para el bautismo, abandonamos la finca y retornamos a
Milán. También Alipio quiso recibir el bautismo junto conmigo. Ya estaba
revestido de la humildad conveniente a tus sacramentos. Domaba con tanta
violencia su cuerpo que anduvo con los pies descalzos por el suelo helado de
69 Conf. 9, 4.
70 Del orden 2, 1, 1.
56
Italia, cosa que requiere un valor poco común. También llevamos en nuestra
compañía al joven Adeodato, nacido de mi carne y fruto de mi pecado. Tú,
Señor, lo habías hecho bueno. Tenía unos quince años y superaba en inteligencia
a muchas personalidades renombradas y doctas. Dones tuyos eran, te lo
confieso, Señor y Dios mío. Por lo que a mí toca, en este muchacho nada tenía
sino mi pecado…
En aquellos días (después del bautismo) no me hartaba de considerar,
lleno de una asombrosa dulzura, tus profundos designios sobre la salvación del
género humano. ¡Cuántas lágrimas derramé escuchando los bellos himnos y
cánticos que resonaban en tu Iglesia! Me producían una honda emoción.
Aquellas voces penetraban en mis oídos, y tu verdad iba penetrando en mi
corazón. Fomentaban los sentimientos de piedad, y las lágrimas que derramaba
me hacían bien.
ÉXTASIS DE OSTIA
Mónica estaba feliz por la conversión de Agustín. Él la amaba con todo su
corazón y ambos tuvieron un éxtasis en Ostia del Tíber, donde esperaban el barco
para ir a su tierra africana.
Agustín lo relata así: Estando ya cercano el día de su partida de esta vida
y ese día sólo lo conocías Tú, nosotros lo ignorábamos sucedió por tus
disposiciones misteriosas, que ella y yo nos hallábamos asomados a una ventana
que daba al jardín de la casa donde nos hospedábamos. Era en las cercanías de
Ostia Tiberina. Allí, apartados de la gente, tras las fatigas de un viaje pesado,
reponíamos fuerzas para la navegación.
Conversábamos, pues, solos los dos con gran dulzura, y, olvidándonos de
lo pasado y proyectándonos hacia las realidades del mas allá, profundizábamos
juntos, en presencia de la verdad que eres Tú, en un solo punto: cuál sería la
vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del
hombre (1 Cor 2, 9). Abríamos con avidez la boca del corazón al agua fresca de
tu fuente, de la fuente de la vida que hay en Ti para que, rociados por ella según
nuestra capacidad, pudiéramos en cierto modo imaginarnos una realidad tan
maravillosa.
Y nuestra reflexión llegó a la conclusión de que, frente al gozo de aquella
vida, el placer de los sentidos corporales, por grande y luminoso que pueda ser,
no tiene punto de comparación y ni siquiera es digno de que se le mencione. Tras
elevarnos con el afecto amoroso más ardiente hacia el Ser mismo, recorrimos
57
gradualmente todas las realidades corporales, incluyendo el cielo desde donde el
sol, la luna y las estrellas mandan sus destellos sobre la tierra.
Seguimos ascendiendo aún más dentro de nuestro interior, pensando,
hablando y admirando tus obras y llegamos hasta nuestras mismas almas, y
seguimos nuestro avance remontándolas hasta llegar a la región de la
abundancia inagotable, donde apacientas a Israel eternamente en los pastos de
la verdad, allí donde la vida es la Sabiduría por la cual todo fue hecho, las cosas
presentes, pasadas y futuras, mientras que Ella no es creada por nadie, sino que
hoy es como ayer y como será siempre. Mejor dicho, en Ella no hay un fue ni un
será, sino sólo un es, porque es eterna.
Mientras hablábamos y suspirábamos por Ella, llegamos a tocarla un
poquito con todo el ímpetu de nuestro corazón y, suspirando, dejamos allí
cautivas las primicias del espíritu 71 .
MUERTE DE MÓNICA
Después del éxtasis , apenas pasados cinco días, no muchos más, cayó con
fiebre. Estando enferma, cierto día sufrió un desmayo, y se quedó sin reconocer
a los que la rodeaban. Acudimos corriendo, pero pronto recuperó el sentido.
Viéndonos presentes a mi hermano y a mí, nos dijo como quien pregunta algo:
“Dnde estoy?”. Luego, viéndonos abatidos por la tristeza, nos dijo: “Sepulten
aquí a su madre”. Yo estaba callado mientras contenía mis lágrimas, en tanto
que mi hermano decía no sé qué palabras alusivas al deseo de que la muerte no
la sorprendiera en tierra extranjera, sino en su patria. Ella, al escuchar esta
sugerencia, mostró en su rostro una gran ansiedad, y le lanzó una mirada
reprochándole esta manera de pensar. Fijando los ojos en mí, dijo: “Mira lo que
dice”. Y luego, dirigiéndose a los dos, exclam: “Pongan mi cuerpo en cualquier
sitio, sin que les dé pena. Sólo les pido que donde quiera que estén, se acuerden
de mí ante el altar del Seor”. Y habiéndonos comunicado esta resolución como
pudo, guardó silencio. Poco a poco, al agravarse el mal, creció también su
fatiga 72 .
Mi madre no anduvo pensando en que su cuerpo recibiera sepultura en
medio de ceremonias suntuosas, ni que fuese embalsamado con aromas ni en un
monumento selecto, ni siquiera se cuidó de tener sepultura en su patria. No
fueron estas las disposiciones que nos dejó. Sólo expresó el deseo de que nos
acordásemos de ella ante tu altar a cuyo servicio había estado
71 Conf. 9, 10.
72 Conf. 9, 11.
58
ininterrumpidamente, sin dejar ni un solo día. Sabía muy bien que en él se
dispensaba la víctima santa 73 .
Finalmente, el día noveno de su enfermedad, a los cincuenta y seis años
de edad y treinta y tres de la mía, aquella alma fiel y piadosa quedó liberada de
su cuerpo 74 .
Tras levantar el cadáver, la acompañamos y luego volvimos sin llorar. Ni
siquiera en aquellas oraciones que te dirigimos cuando se ofrecía por ella el
sacrificio de nuestro rescate (misa) , con el cadáver al pie de la tumba y antes de
su entierro según costumbre de allí, ni siquiera en estas oraciones, repito, lloré,
sino que toda la jornada me invadió una profunda tristeza interior. Mentalmente
desconcertado te pedía, como me era posible, que curaras mi dolor. Pero Tú no
lo hacías, según creo, para que fijara en mi memoria al menos con esta única
prueba la fuerza que tiene cualquier costumbre incluso para un alma que ya no
se alimenta de palabras engañosas.
Pensé incluso en ir a darme un baño, porque había oído decir que los
baos recibieron esta denominacin porque el “balneum” latino, deriva del
griego “balaneion” (arrojar) en cuanto elimina todo tipo de tristezas del
espíritu. Pero resulta que también esto lo confieso a tu misericordia, Padre de
los huérfanos después del baño me encontré como antes, porque mi corazón no
botó ni siquiera una gota de amargura de su estado de aflicción. Poco después
logré conciliar el sueño. Al despertar noté que el dolor estaba parcialmente
mitigado…
Luego volví poco a poco a mis pensamientos de antes, centrados en tu
sierva y en su santa conversación. Entonces sentí ganas de llorar en tu presencia
sobre ella y por ella, sobre mí y por mí. Di rienda suelta a mis lágrimas
reprimidas, poniéndolas como un lecho a disposición del corazón. Este halló
descanso en las lágrimas. Porque allí estabas Tú para escuchar, no un hombre
cualquiera que habría interpretado desconsideradamente mi llanto.
Ahora, Señor, te confieso todo esto en estas páginas. Que las lea el que
quiera y que las interprete como quiera. Y si estima pecado el que yo haya
llorado durante una hora escasa a mi madre de cuerpo presente mientras ella me
había llorado durante tantos años para que yo viviera ante tus ojos, que no se
ría. Al contrario si tiene caridad, que llore también él por mis pecados en
presencia tuya 75 .
73 Conf. 9, 13.
74 Conf. 9, 11.
75 Conf. 9, 12.
59
Descanse Mónica 76 en paz con su marido, antes y después del cual no
tuvo otro. A él sirvió ofreciéndote el fruto de su paciencia, a fin de conquistarle
para Ti. Inspira, Se ñor y Dios mío, a todos cuantos lean estas palabras que se
acuerden ante tu altar de Mónica, tu sierva, y de Patricio, en otro tiempo su
marido, por los cuáles no sé cómo me trajiste a este mundo 77 .
VUELTA A ÁFRICA
Después de la muerte de su madre, Agustín, en vez de ir directamente a su
tierra, decide quedarse un tiempo en Roma. Quizás ya había llegado el invierno y
el viaje por mar era muy peligroso o quizás también pudo tener noticias de que
las costas de África estaban bloqueadas por la flota del usurpador Maximino, en
lucha con el emperador Teodosio, y podían ser capturados por el enemigo. Lo
cierto es que decidió postergar su viaje hasta el año siguiente.
Regresó a Roma y se dedicó con el entusiasmo de su nueva fe a convertir
a todos sus amigos, a quienes había convertido anteriormente a los maniqueos. A
la vez, aprovechó el tiempo para visitar algunos conventos de la capital,
estudiando sus normas para el futuro monasterio que pensaba fundar. Durante
este tiempo, escribió varios libros. No podía estar ocioso, debía emplear todo su
tiempo al servicio del Señor. Sus libros escritos en este año de permanencia en
Roma fueron De moribus manichaeorum (Sobre las costumbres de los
maniqueos), De moribus Ecclesiae catholicae (Sobre la costumbres de la Iglesia
católica), De quantitate animae (De la dimensión de alma) y De libero arbitrio
(Del libre albedrío).
En esos momentos tuvo la gran tristeza de la muerte de su amigo
Verecundo, que le había prestado la granja de Casiciaco para su retiro, pero
también tuvo la alegría de saber que, antes de morir, se había convertido y
recibido el bautismo como católico.
En otoño del año 388 se va definitivamente de Italia. Nunca más volverá.
Desembarcó en Cartago y, después de descansar unos días, se fue a Tagaste con
su hijo Adeodato, Alipio, Evodio y Severo. Sólo Nebridio se quedó en Cartago,
pero estaba en constante comunicación epistolar con él.
76 El cuerpo de santa Mónica, enterrado en la cripta de la iglesia de santa Áurea permaneció oculto en ella
hasta que fue descubierto en 1430 en tiempos del Papa Martin V y fue trasladado con toda pompa a la
iglesia de san Trifón en Roma, obrándose numerosos milagros en su traslado. Hoy se conservan sus
restos en la iglesia de su nombre en Roma.
77 Conf. 9, 13.
60
Lo primero que hace es vender su modesto patrimonio familiar y
entregarlo a los pobres. Después organiza sin demora la vida monacal en un
pequeño fundo de su propiedad, que tenía casa y huerta. Sus primeros
compañeros monjes fueron los anteriormente nombrados, a quienes pronto se
añadieron dos hermanos: Privato y Emiliano, y poco a poco algunos otros.
Agustín, como Superior perpetuo, organizó la vida de comunidad con
estudio, oraciones y trabajo. Él, personalmente, se dedicó a estudiar la Biblia con
fervor, aprendiendo de memoria páginas enteras. Se consiguió varios códices de
la Biblias en latín, especialmente el llamado Vetus latina , que fue el que más usó,
para poder comparar las traducciones y, buscando el texto más conforme con el
original, escribió más tarde a Belén, a san Jerónimo, para que le enviara un texto
traducido del original.
El año 389 tuvo la tristeza de la muerte de su hijo Adeodato y de su gran
amigo Nebridio.
AGUSTÍN SACERDOTE DE HIPONA 78
Llevaba ya tres años viviendo como monje en Tagaste y en el año 391
hizo un viaje a Hipona, a unos 80 kilómetros, con el fin de convencer a un amigo
para que le acompañara en el convento de Tagaste. Pensaba regresar en cuatro
días y probablemente hizo el viaje a caballo, llevando sólo la ropa puesta.
Él mismo cuenta en un Sermón lo que sucedió: Vine a esta ciudad
(Hipona) a ver a un amigo a quien quería ganármelo para Dios y para nuestro
convento. Venía seguro, porque teníais obispo. Pero sorprendiéndome, me
forzaron a recibir las sagradas órdenes, y por esta grada, he llegado a la
dignidad episcopal. No traje nada aquí; sólo vine con lo puesto. Y como aquí
quería vivir en comunidad con mis hermanos, el anciano Valerio, de feliz
memoria, conociendo mi propósito, me dio el huerto donde ahora está el
convento. Comencé a reclutar algunos hermanos que tenían vocación, pobres
como yo, pues nada poseían, e imitando lo que hice cuando vendí y di a los
pobres el precio de mi hacienda, siguieron mi ejemplo los que quisieron
78 Hipona era la segunda ciudad romana más importante del norte de África después de Cartago. Estaba
ubicada a 80 kilómetros de Tagaste. Se llamaba Hippo Regius . La actual Hipona está situada a dos
kilómetros de la antigua y se llama Annaba. En tiempos de Agustín era una ciudad muy rica en
cereales, vinos y olivos, con canteras de mármol dorado con vetas de púrpura y con seis hermosas
basílicas. Tenía teatro, anfiteatro, foros, termas y guarnición de soldados de la XIII cohorte militar con
su puerto marítimo. Tenía unos 40.000 habitantes. Después de la muerte de san Agustín fue tomada
por los vándalos el año 432 y parcialmente incendiada. Fue reedificada a finales del siglo V y
destruida por los árabes el año 697.
61
adherirse a mí para vivir en vida común, siendo grande y ubérrima heredad de
todos, Dios, nuestro Señor 79 .
Ya no pudo volver a Tagaste y se quedó como sacerdote al lado del
obispo, pero le pidió unos meses de descanso para prepararse al ministerio
sacerdotal, estudiando intensamente la Biblia. Valerio, al conocer que deseaba
vivir en comunidad, le dio un huerto donde fundó otro convento de monjes. Por
su parte, el obispo le encargó la instrucción de los catecúmenos que se
preparaban para el bautismo. Al año siguiente, 392, se preocupó de convertir a un
amigo suyo maniqueo, llamado Honorato, y para él escribió el libro De utilitate
credendi (De la utilidad de creer). Este mismo año tuvo disputas públicas en las
termas de Sosio, en Hipona, en el mes de agosto, con el maniqueo Fortunato.
El año 393, en el Sínodo de Hipona, donde se reunieron los obispos de
África, le encomendaron que les hablara sobre el credo o símbolo de los
apóstoles. Él, por su parte, vivía en el convento de monjes que fundó en Hipona.
Dice san Posidio, su primer biógrafo que llegó a ser obispo de Calama, y tuvo
una gran amistad con Agustín durante 40 años: Ordenado sacerdote fundó un
monasterio junto a la iglesia y comenzó a vivir con los siervos de Dios según el
modo y regla establecida por los apóstoles. Sobre todo miraba a que nadie en
aquella comunidad poseyese bienes, que todo fuese común y se distribuyese a
cada cual según su menester, como lo había practicado él primero, después de
regresar de Italia a su patria. Y el santo Valerio, su obispo ordenante, como
varón pío y temeroso de Dios, no cabía en sí de gozo, dando gracias al cielo por
haber escuchado sus peticiones tan favorablemente; porque, según contaba él
mismo, con mucha instancia, había pedido al Señor que le diese un hombre
capaz de edificar con su palabra y su doctrina saludable la Iglesia, pues, siendo
griego de origen y no muy perito en lengua y literatura latina, se tenía por
menos apto para este fin. Y dio a su presbítero (Agustín) potestad para predicar
el Evangelio en su presencia y dirigir frecuentemente la palabra al pueblo,
contra el uso y costumbre de las Iglesias de África… Después, propagándose la
fama de este hecho, como de un buen ejemplo precursor, algunos presbíteros,
facultados por sus obispos, comenzaron también a predicar al pueblo delante de
sus pastores 80 .
Normalmente predicaba los domingos y fiestas, sentado en la cátedra. Los
hombres a un lado y las mujeres al otro lado. La mayoría de sus feligreses eran
artesanos y pescadores.
79 Sermón, 355, 2.
80 Posidio 5.
62
Muchos de los oyentes escribían las homilías, que se difundieron en
colecciones, más o menos voluminosas, e influyeron hasta en las predicaciones
de la Edad Media. De modo que llegó a ser común el dicho: Mesa sin vino,
sermón sin Agustino . Así como una comida sin vino, no era considerada buena,
lo mismo un sermón sin citar a san Agustín.
AGUSTÍN OBISPO
El obispo Valerio estaba contentísimo de la gran ayuda que le brindaba el
joven sacerdote Agustín, ordenado a los 35 años. Pero comenzó a temer que se lo
arrebatasen para alguna otra Iglesia, consagrándole obispo. Y así hubiera
sucedido sin duda a no haberlo evitado el vigilante pastor, ocultándolo en un
lugar donde no dieron con él los que vinieron a buscarlo. Por lo cual, acudió
con letras secretas al primado de Cartago, rogando que nombrase obispo
auxiliar de Hipona a Agustín. Por rescripto consiguió lo que deseaba y pedía
con insistencia. Más tarde, reclamado para la visita y presente en la basílica de
Hipona el primado de Numidia, Megalio, Valerio sorprendió con la
manifestación de su propósito a todos los obispos presentes, y a todos los
clérigos y fieles de Hipona, siendo acogida la propuesta por todos los oyentes
con alegría, congratulaciones y clamores de aprobación y deseo. Sólo Agustín
rehusaba la consagración episcopal, alegando la costumbre en contra, mientras
viviera su obispo 81 .
Así pues, fue elegido obispo auxiliar a finales del año 395 con 41 años y
consagrado por Megalio, Primado de Numidia. Al año siguiente, Valerio murió y
Agustín asumió toda la responsabilidad con 42 años. Como obispo tuvo que
preocuparse de las propiedades de la Iglesia, sobre todo después que las
autoridades traspasaron a la Iglesia católica muchas propiedades de los
donatistas. Muchos lo criticaron por ser demasiado desinteresado por los bienes
materiales y fácilmente devolvía a quienes los reclamaban, otros lo tildaban de
bonachón y fácil de dar a los pobres. Decían: Episcopus Augustinus de bonitate
sua donat totum, non suscipit (El obispo Agustín por su bondad lo da todo, sin
quedarse nada) 82 .
Él nos habla varias veces de la sarcina episcopatus , de la mochila o carga
del episcopado, es decir, de la responsabilidad episcopal que llevaba a cuestas al
igual que los soldados llevaban su sarcina (mochila), cuando iban a la guerra.
81 Posidio 8.
82 Sermón 355, 4.
63
San Agustín celebraba misa y predicaba cada día. Aconsejaba la comunión
diaria y que comulgaran en ayunas. Parece que algunos podían llevar la eucaristía
a su casa para atraerse las bendiciones divinas e incluso algunos la llevaban en
sus viajes como protección contra los salteadores o viático en los peligros, sobre
todo en viajes por mar. Pero se opuso a que pusieran la eucaristía en la boca de
los difuntos como algunos hacían para protección en el viaje al más allá
Una de sus cruces más pesadas fue la administración de justicia. Según el
código del emperador Teodosio, el obispo tenía potestad de juzgar como juez, y
no sólo a los cristianos, sino a todos, incluso aunque el proceso se hubiera
debatido ante el juez imperial. La gente acudía a él, porque consideraba que
había más confianza y justicia en la sentencia que en los tribunales civiles. Él
decía: Son tantos los pleitos que caen sobre mí que apenas puedo respirar 83 .
Normalmente se le iba toda la mañana en solucionar pleitos y, a veces,
también hasta la tarde. Tenía que solucionar toda clase de problemas, incluso
sobre paredes divisorias de las casas con ventanas abiertas sin autorización o
construcciones elevadas que robaban el aire y el sol 84 .
Nos dice: Con frecuencia me critican y dicen: ¿A qué tendrá que ir a casa
de tal autoridad? ¿Qué busca el obispo en ella? Pero vosotros sabéis que son
vuestras necesidades las que me obligan a ir adonde no quiero y aguardar de pie
en la puerta a esperar, mientras entran dignos e indignos; a hacerme anunciar, a
ser admitido con rara frecuencia, a sufrir humillaciones, a rogar, a veces, para
conseguir algo y, otras veces, a salir de allí triste. ¿Quién querría sufrir todo eso
de no verse obligado? Dejadme libre, que nadie me obligue a padecer tales
cosas; concedédmelo, dadme vacaciones al respecto. Os lo pido, os lo suplico:
que nadie me obligue. No quiero tener nada que ver con las autoridades. Sabe
Dios que lo hago obligado. Trato a las autoridades lo mismo que a los
cristianos, si entre ellas encuentro cristianos; a quienes son paganos, como debo
tratar a los paganos: queriendo el bien para todos 85 .
Por otra parte, como obispo fue un gran predicador. Un día san Agustín no
explicó en el sermón el tema que les había prometido y, al terminar, se lo hizo
notar diciendo que el Señor lo había llevado por otro camino. A los dos días se
presentó ante él un negociante, llamado Firmo, quien le dijo que había sido
maniqueo y, al oír su sermón, se había convertido. Y repitió el sermón con un
orden verdadero y con gran estupor admiramos todos el profundo consejo del
Señor, glorificándolo y bendiciendo su nombre, porque Él, cuando quiere y como
83 Tanta nobis ingeruntur ut vix respirare possimus (Carta 48, 1).
84 Véase el Sermón 50, 7.
85 Sermón 302, 17.
64
quiere, por instrumentos conscientes o inconscientes, obtiene la salvación de las
almas… Y aquel hombre dej la profesin del comercio, fue promovido a la
dignidad de sacerdote y conservó firme siempre su propósito de santidad 86 .
Por otra parte, tuvo que defender la fe católica contra los distintos herejes
de su tiempo con libros y promoviendo discusiones públicas con ellos, pero
también tuvo que enfrentarse a sus propios fieles para corregir malas costumbres
arraigadas o para animarles a vivir la fe en plenitud. Podemos decir que fue un
gran polemista contra los herejes, un gran pastor de su rebaño, un gran Padre
para todos, aconsejando y haciendo justicia como juez ordinario y, sobre todo, un
gran escritor, profundizando cada vez más en su conocimiento de Dios y de la fe
católica y transmitiendo a la generaciones futuras un gran tesoro de ciencia hasta
el punto de llamarlo el padre espiritual de Occidente.
FUNDADOR DE CONVENTOS
Una vez que fue ordenado sacerdote, fundó en el huerto que le dio el
obispo Valerio otro convento de monjes. Dice: En Hipona comencé a reunir
hermanos con el mismo buen propósito (de Tagaste) , siendo pobres, sin nada,
para que me imitasen. Yo había vendido mi escaso patrimonio y había dado a los
pobres su valor. Así debían hacerlo quienes quisiesen estar conmigo, viviendo
todos de lo común. Dios sería para nosotros nuestro grande, rico y común
patrimonio 87 .
En estos conventos suavizó el ascetismo de los monjes del desierto con un
programa de cultura y apostolado. Se preocupó de que tuvieran una buena
biblioteca y les hizo estudiar de modo especial la Sagrada Escritura. En estos
conventos no debían recibir mujeres para evitar escándalos, ni aceptar regalos
personales, ni vestir de modo diferente.
Al quedar obispo titular, hizo de la casa episcopal una especie de
Seminario. No ordenaba a nadie que no viviera con él. Más que un Seminario era
un verdadero convento de clérigos en el que había, no sólo sacerdotes, sino
también clérigos: acólitos, lectores, subdiáconos y diáconos. Todos vivían en
común, teniendo todo en común, sin nada propio. Un reflejo del fervor intelectual
con que se estudiaban en este monasterio de clérigos las cuestiones teológicas o
morales, es su libro Sobre las 83 cuestiones , que le propusieron para que las
resolviese. En este convento se discutían problemas como el libre albedrío, la
providencia de Dios, la Santísima Trinidad, las diferencias entre pecados, la
86 Posidio 15.
87 Sermón 355, 2.
65
naturaleza del Verbo de Dios, la Santísima Trinidad y otras cuestiones teológicas
y morales de actualidad.
En un sermón explicó el motivo por el que fundó este convento de
clérigos: Vi la necesidad que tenía de ofrecer hospitalidad a los clérigos que sin
cesar iban y venían, ya que, de no hacerlo, parecería inhumano. Delegar esta
función al monasterio de monjes me parecía inconveniente. Por esta razón, quise
tener en esta casa episcopal el monasterio de clérigos. A nadie le está permitido
tener nada propio 88 .
En este convento de clérigos, en vez del trabajo manual de los monjes se
dedicaban al estudio y a la actividad pastoral. La comida y la cena eran actos de
comunidad donde se leía algún libro piadoso. Todos debían estar ocupados. Él
odiaba la ociosidad. Por eso, dice: No debe uno estar tan libre de ocupaciones
que no piense en medio de su ocio en la utilidad del prójimo, ni tan ocupado que
ya no busque la contemplación de Dios 89 .
Si la Iglesia reclama vuestro concurso, no os lancéis a trabajar con
orgullo ávido ni huyáis del trabajo con torpe desidia. Obedeced a Dios con
humilde corazón, llevando con mansedumbre a quien os gobierna a vosotros. No
antepongáis vuestra contemplación a las necesidades de la Iglesia, pues si no
hubiese buenos ministros que se determinasen a asistirla cuando ella da a luz, no
hubieseis encontrado medio de nacer. Amad la contemplación, carísimos, de
modo que os moderéis en toda terrena satisfacción, recordando que no existe
lugar alguno donde no pueda tender sus lazos el diablo, que teme vernos volar a
Dios 90 .
Os confieso con sinceridad, por la experiencia que tengo, que no he
conocido personas mejores que los que han progresado en los monasterios y que
no he conocido personas peores que los que en ellos cayeron 91 .
Por eso, os anuncio algo que os debe llenar de alegría. A todos mis
hermanos clérigos, que viven conmigo, los sacerdotes, diáconos, subdiáconos y a
mi sobrino Patricio, los encontré como deseaba 92 .
En el Sermón 356, que predicó el año 426 en Hipona, da la lista de los
clérigos que con él vivían en el palacio episcopal: su sobrino Patricio, Valente,
88 Sermón 355, 2.
89 La Ciudad de Dios 19, 19.
90 Carta 48, 2.
91 Carta 78, 9.
92 Sermón 356, 3.
66
Lázaro, Faustino, Severo, Jerano, Leporio, Bernabé y Heraclio, que le sucedió
como obispo en Hipona.
Es muy interesante anotar que entre sus monjes y clérigos salieron grandes
obispos como Alipio, obispo de Tagaste; Profuturo, obispo de Cirta; Posidio,
obispo de Calama; Evodio de Uzalis, Severo de Milevi, Urbano de Sicca
Veneria, Peregrino de Thena, Bonifacio de Catagua y otros más.
Sin embargo, no le faltaron problemas con algunos clérigos que no vivían
el espíritu de pobreza. Dice: Entró con nosotros el presbítero Jenaro. Lo que
poseía, al parecer justamente, lo dio casi todo, pero no absolutamente todo. Le
quedó una cierta cantidad de dinero que afirmaba ser de su hija. Ella, por
misericordia de Dios, vive en el monasterio de mujeres y es una mujer de buena
esperanza. Como era menor de edad y no podía disponer de su dinero, se guardó
el dinero como si fuese para la muchacha a fin de que, cuando llegase a la edad
legal, hiciese con él lo que conviniera a una virgen de Cristo, capacitada ya
plenamente para hacerlo. A la espera de tal momento, se sintió cercano a la
muerte e hizo testamento como si fuese dinero de su propiedad y no de la hija.
Repito: Hizo testamento un presbítero compañero nuestro que permanecía con
nosotros, se alimentaba de la Iglesia y había profesado la vida común. Hizo
testamento e instituyó un heredero. ¡Qué dolor para nosotros! Dejó a la Iglesia
como la heredera. No quiero estos regalos, no amo el fruto de la amargura. Yo
le buscaba a él para Dios. Había profesado vivir en comunidad, a ella debió ser
fiel y manifestarlo. ¿No tenía nada? No hubiera hecho testamento. ¿Tenía algo?
No debía haber fingido que era compañero nuestro como pobre de Dios.
Hermanos, esto me produce un gran dolor. Lo confieso, debido a este dolor,
determiné no aceptar esa herencia para la Iglesia. Pienso que, si la acepto, me
hago cómplice con él. Su hija se halla en el monasterio de mujeres; su hijo en el
de varones. Los desheredó a los dos: a ella con alabanzas, a él condenándolo, es
decir, con un reproche. He recomendado a la Iglesia que no acepte esta
herencia 93 .
En cuanto a mujeres, fundó al menos un monasterio. El año 423, con
motivo de algunas discordias, les dirigió la famosísima carta 211. En ese
momento era Superiora la madre Felicidad que ya llevaba varios años en el
cargo. Su predecesora y fundadora había sido la hermana de san Agustín,
Perpetua.
En su carta hace referencia a la velación o ceremonia donde emitían el
voto de virginidad. Y les exhorta a todas a dejar de pedir el cambio de Superiora.
Les dice: Ella es la madre que os recibió. Todas las que vinisteis al monasterio
93 Sermón 355, 3.
67
la habéis encontrado, o bien sirviendo y complaciendo a la santa prepósita mi
hermana, o bien siendo ella la prepósita que os recibió. Bajo su dirección
fuisteis instruidas 94 .
Este convento femenino de Hipona lo fundó entre el año 395 y el 400.
También se sabe que fundó otro monasterio de monjes en Cartago, ya que en una
carta agradece al Primado Aurelio la cesión de un campo para fundar un
monasterio 95
Su biógrafo san Posidio nos dice: Sus vestidos, calzado y ajuar doméstico
eran modestos y convenientes: ni demasiado preciosos ni demasiado viles… La
mesa era parca y frugal, donde abundaban verduras y legumbres, y algunas
veces carne, por miramiento a los huéspedes y a personas delicadas. No faltaba
el vino en ella 96
Usaba sólo cucharas de plata, pero todo el resto de la vajilla era de
arcilla, de madera o de mármol. Y esto no por una forzada indigencia, sino por
voluntaria pobreza. Se mostraba siempre muy hospitalario. Y en la mesa le
atraía más la lectura y la conversación que el apetito de comer y beber. Contra
la pestilencia de la murmuracin tenía este aviso escrito en verso: “Quisquis
amat dictis absentum rodere vitam, hac mensa indignam noverit esse suam” (El
que es amigo de roer con sus palabras las vidas ajenas, no es digno de sentarse en
esta mesa). Y en una ocasión, en que unos obispos muy familiares suyos daban
rienda suelta a sus lenguas, contraviniendo lo escrito, los amonestó muy
severamente, diciendo con pena que o habían de borrarse aquellos versos o él se
levantaría de la mesa para retirarse a su habitación. De esta escena fuimos
testigos yo y otros comensales 97 .
Dentro de su casa, nunca permitió la familiaridad y la permanencia de
ninguna mujer ni siquiera de su hermana carnal que, viuda y consagrada al
Seor, hasta la muerte fue Superiora de las siervas de Dios… Nunca debían
cohabitar las mujeres con religiosos, aun siendo castísimos, para no dar pretexto
de escándalo a los débiles. Si alguna vez acudían a él mujeres a verlo o
saludarlo, nunca se presentaba ante ellas sin acompañamiento de clérigos ni
conversaba con alguna de ellas a solas, a no ser que hubiera algún secreto 98 .
94 Carta 211, 4.
95 Carta 22, 9.
96 Pero estaba tasado el vino que habían de beber. Posidio 25.
97 Posidio 22.
98 Posidio 26.
68
AGUSTÍN POLEMISTA
San Agustín fue el gran polemista contra los herejes de su tiempo. Estaba
devorado por el celo del amor de Dios y no podía consentir que hubiera a su
alrededor muchos de sus feligreses que, no sólo estaban en el error, sino que
desviaban a sus ovejas del verdadero camino de la fe católica. Por eso, para
mantener la unidad de la fe católica, luchó desde que fue nombrado sacerdote
hasta su muerte contra los errores de los maniqueos, donatistas, pelagianos,
semipelagianos, arrianos y paganos, especialmente.
Agustín enseñaba y predicaba privada y públicamente en casa y en la
iglesia la palabra de la salud contra las herejías de África, sobre todo contra los
donatistas, maniqueos y paganos, combatiéndolos, ora con libros, ora con
improvisadas conferencias, siendo esto causa de inmensa alegría y admiración
para los católicos, los cuales divulgaban donde podían, a los cuatro vientos, los
hechos de que eran testigos. Con la ayuda del Señor comenzó a levantar cabeza
la Iglesia de África que, desde mucho tiempo yacía seducida, humillada y
oprimida por la violencia de los herejes, mayormente por el partido donatista,
que rebautizaba a la mayoría de los africanos 99 .
Les decía: Nosotros, que hemos experimentado los dolores de la división,
busquemos el lazo de la unidad 100 . Nada odiamos en vosotros, nada detestamos,
sino el error humano. Lo que proponemos es traerlos a nuestro lado para que
disfruten con nosotros de la herencia 101 . Vuestras oraciones, hermanos míos,
secunden la solicitud que nos tomamos por vosotros, por vuestros enemigos y los
nuestros, por el bien de tod os, por el sosiego y paz de la Iglesia, por la unidad
que el Señor nos recomienda y ama 102 .
Veamos ahora las principales herejías a las que combatió:
a) M ANIQUEOS
Esa secta fue fundada por Manes (215-276) en Persia, pero pronto se
extendió por todo el mundo romano antiguo. San Agustín los conocía bien, pues
había creído en sus ideas durante 10 años hasta que conversó con el gran maestro
de la secta, Fausto, y se sintió decepcionado. Ellos decían que en la eternidad del
tiempo existían dos reinos independientes e incomunicados: la luz y las tinieblas,
pero un buen día la materia caótica se enamoró de la hermosura de la luz y quiso
99 Posidio 7.
100 Nos experti dolores divisionis, studiose coagulum quaeramus unitatis (Sermón 265, 6).
101 Sermón 359, 4-5.
102 Sermón 358, 1.
69
unirse a ella, invadiendo su reino. Así vino la unión y mezcla de un universo
luminoso y tenebroso a la vez, como es el que vivimos. En este nuestro universo
los seres están compuestos de partículas de luz y de tinieblas. El ser humano
también tiene una parte luminosa y divina, y otra tenebrosa y diabólica, que
combaten entre sí.
Decían que Dios era un corpus lucidum et inmensum et ego frustum de illo
corpore (Dios es un cuerpo inmenso y luminoso y yo (el hombre) una porción de
él). Esta concepción materialista de Dios y del alma fue el principal obstáculo de
Agustín para poder concebir a Dios como espíritu puro. Otro punto importante de
sus ideas era decir que el ser humano no tiene libertad de obrar y, por tanto, no
puede pecar. El mismo Agustín nos dice en las Confesiones: Yo no sabía que
Dios es espíritu, que no tiene miembros a lo largo y a lo ancho y que carece de
masa 103 .
Yo creía que no somos nosotros los que pecamos, sino que la que peca en
nosotros es una naturaleza extraña, que no puedo definir. Así mi orgullo se
sentía feliz por verse libre de culpa 104 .
Otra de sus opiniones era que el matrimonio era malo, pues sólo servía
para multiplicar las prisiones del alma, ya que consideraban al alma aprisionada
por el cuerpo. Por ello, propiciaban el celibato, pues el acto sexual lo
consideraban malo, ya que fomentaba las prisiones del alma. San Agustín en su
libro Sobre las costumbres de los maniqueos, les echa en cara sus vicios y
pecados sexuales con ejemplos concretos.
Otra de sus ideas peregrinas era que Jesús no había podido encarnarse en
María ni nacer de la Virgen, porque eso hubiera sido una degradación. Jesús,
como Dios, no tenía un cuerpo humano, sino sólo apariencia y, por tanto, fue
falsa su muerte y las heridas de su pasión. Lo que llevaba a considerar que todo
el Evangelio era mentira. Para ellos Jesús era sólo un enviado celestial. La
salvación la realizó sólo con su predicación, pues no hubo verdadera muerte ni
resurrección.
Además de esto, prohibían matar animales y beber vino, pero en la
práctica comían carne y bebían vino como todos. Por otra parte, calumniaban a la
Iglesia católica diciendo que era supersticiosa y llena de contradicciones, basada
en la autoridad de las Escrituras y no en la razón.
103 Conf. 3, 6.
104 Conf. 5, 10.
70
Agustín los atacó con fuerza. Publicó varios libros como De Genesi contra
manichaeos (Comentario del Genesis contra los maniqueos) en 388-389; Contra
Faustum manichaeum (Contra Fausto maniqueo) en 398-404; Contra Felicem
manichaeum (Contra Félix maniqueo) en 404; y Contra Secundinum
manichaeum (Contra Secundino maniqueo) en 405-406.
También los provocó a discusiones públicas. El año 392 disputó en
Hipona contra Fortunato en las termas de Sosio.
Dice san Posidio que en la controversia pública con el maniqueo
Fortunato, éste no supo qué responder y se escurrió diciendo que consultaría a
los jefes de la secta, lo que no pudo refutar. De este modo, el que era tenido por
eminente y sabio entre los suyos, apareció a los ojos de todos como incapaz de
mantener las posiciones de su secta, y lleno de confusión, al poco tiempo
desapareció de Hipona. Así, por medio del mencionado varón de Dios (Agustín),
fue extirpado el error de los corazones de todos los presentes y ausentes, a
quienes llegó la noticia de este hecho y se arraigó y confirmó la verdadera
religión católica 105 .
También disputó contra Félix el año 398 en la iglesia de Hipona con gran
concurso del pueblo de ambas partes. Se levantaron actas de lo ocurrido y,
después de la tercera discusión, el error quedó rebatido y Félix se convirtió a la fe
católica 106 .
b) DONATISTAS
El donatismo apareció al terminar la persecución de Diocleciano el año
305. No pocos clérigos, y aún obispos, habían entregado a las autoridades
paganas objetos de culto y las Sagradas Escrituras. A ellos se les llamó traditores
(traidores). Al morir el obispo de Cartago, nombraron para sucederle al diácono
Ceciliano, pero algunos lo tomaron a mal y unos obispos de Numidia, reunidos
en Sínodo en Cartago el año 312, no reconocieron a Ceciliano, alegando que su
consagración episcopal había sido inválida por ser uno de los consagrantes Félix
de Aptunga, un traidor, y nombraron como obispo a Mayorino, que murió poco
después. A Mayorino le sucedió Donato el grande, que gobernó la diócesis del
316 al 347. Fue tan grande el influjo de Donato que, incluso, puso nombre a su
secta llamada de los donatistas. El año 330 ya contaban 270 obispos y por más de
un siglo agitaron profundamente a las cristiandades del norte de África. La
controversia entre donatistas y católicos era algo de todos los días. Algunas
105 Posidio 6.
106 Posidio 16.
71
veces, Agustín, al pasar por la calle, debía oír gritos como: ¡Abajo el traidor! O
cosas parecidas.
Los donatistas se consideraban los santos y puros; y a los católicos les
llamaban traidores, porque habían aceptado en sus filas desde el comienzo a los
traidores arrepentidos. Los donatistas eran mayoría en muchas ciudades como
Hipona, hasta el punto de que el obispo donatista había prohibido a los panaderos
que vendieran pan a los católicos, como así lo hicieron.
Para ellos los sacramentos administrados por los católicos eran inválidos,
porque eran pecadores. Por eso, rebautizaban a los católicos que se convertían a
su secta.
Los donatistas, además, incluían un aspecto social de lucha de los
campesinos contra los terratenientes. Todo esto llevó a una situación de violencia
generalizada. El emperador Teodosio entre 379 y 392 dio diferentes edictos
contra los herejes, incluidos los donatistas, pero su aplicación no fue muy
efectiva.
En Hipona la lucha entre católicos y donatistas era muy fuerte. Los
católicos eran minoría y hasta la llegada de Agustín estaban en desventaja.
Agustín quiso establecer diálogos y debates públicos con los obispos donatistas,
pero ellos se negaban, conociendo sus victorias contra los maniqueos.
Tenían los donatistas en casi todas sus iglesias una clase inaudita de
hombres maleantes y perversos, que hacían profesión de continencia y eran
llamados circunceliones 107 . Estaban repartidos en cuadrillas por casi todas las
regiones de Áfri ca. Envenenados por falsos doctores, soberbios, audaces y
temerarios hasta la ilicitud, ni a los suyos ni a los demás perdonaban n unca,
impidiendo hasta el legítimo ejercicio del derecho entre los hombres. Los que no
se doblegaban a sus caprichos recibían gravísimos daños y , au n la mue rte,
porque iban armados con di versas lanzas, en correrías por los pueblos y
campos, esparciendo sangre. Hacían particular blanco de su ira y agresiones
diurnas y noc turnas a los sacerdotes y ministros católicos, entregándose a la
rapiña y atropello. Muchos siervos de Dios quedaron malparados por causa de
sus agresiones ; a algunos les vert ieron en los ojos vinagre y cal ; a otros
asesinaron. Por estos exce sos cundía el descontento y des aprobación entre los
mismos partidarios de Donato 108 .
107 San Agustín los llama donatistarum manus armata (mano armada de los donatistas). Su grito de guerra
era Alabad a Dios y era más terrible que el rugido de un león. Eran como los terroristas árabes actuales
que matan en nombre de Dios, diciendo: Alá es grande.
108 Posidio 10.
72
Más de una vez, armados los circunceliones, prepararon emboscadas al
siervo de Dios Agustín, cuando a petición de sus diocesanos, hacía la visita
pastoral, y esto era muy frecuente con el fin de instruir y fortalecer en la fe a los
católicos 109 .
Él mismo dice: A mí mismo me ha sucedido equivocarme en una
bifurcación de caminos y no pasar por donde se había ocultado un grupo de
donatistas armados, que esperaban mi paso; y así sucedió que llegase a donde
me dirigía tras un largo rodeo. Conocidas después las asechanzas, me regocijé
de haberme equivocado, dando gracias a Dios 110 .
Un día, pasando por Espaniano, me salió al encuentro un sacerdote
donatista en medio del campo de una señora católica, gritando detrás de
nosotros: “Tú eres un traidor, un perseguidor”. Tales injurias lanz igualmente
contra la señora en cuya finca estábamos. Cuando oí aquellas voces, no sólo me
contuve para no reñir, sino que frené el enojo de la multitud que me seguía 111 .
El año 395, en Hasna, donde está de presbítero el hermano Argencio,
invadieron nuestra basílica y desmantelaron el altar. Se les ha incoado el
proceso 112 .
Los donatistas violentos también persiguieron a Alipio, obispo de Guelma,
en una de sus visitas pastorales. Rodearon la casa donde se alojó, la apedrearon,
la incendiaron, pretendieron forzar la puerta para matarlo, pero los colonos que
vivían allí apagaron las llamas por tres veces y los donatistas mataron a todos
los animales, robaron todo y maltrataron casi hasta matarlo a Alipio 113 .
Agustín pidió celebrar una conferencia para buscar la paz entre los dos
obispos, católico y donatista, de Guelma. En esa conferencia el obispo donatista
fue convencido de hereje y obligado por la ley imperial a una multa, que por
intercesión de Alipio no se cobró.
Agustín, hallándose por orden pontificia con otros colegas en Cesárea de
Mauritania, tuvo ocasión de entrevistarse con Emérito, obispo donatista de
aquella ciudad, y retarle a pública discusión en la iglesia con el concurso de
catlicos y disidentes… Pero él no aceptó la propuesta, quedando sin eficacia
109 Posidio 12.
110 Enquiridión 17, 5.
111 Carta 35, 4.
112 Carta 29, 12.
113 Posidio 12.
73
las instancias de sus parientes y ciudadanos, los cuales le prometían volver a su
comunión, si lograba rebatir las aserciones de los católicos 114 .
Agustín recomendó a los católicos atraerlos por las buenas. Les decía: En
la medida que podamos les recomendamos a los laicos de nuestra Iglesia que no
agredan a los donatistas que caen en sus manos y que nos los traigan para que
podamos instruirlos. Algunos de nuestros laicos nos escuchan y, en lo posible,
siguen nuestros consejos. Otros actúan con ellos como si fueran malhechores, ya
que el trato que han recibido de ellos es propio de malhechores. Viéndose
físicamente amenazados, hay quienes previenen los ataques dando el primer
golpe por temor a ser golpeados primero 115 .
El año 405 un edicto imperial declaró al donatismo como herejía que
debía ser perseguida. Muchos se convirtieron a la fe católica y san Agustín se
preocupó de instruirlos.
En lo que nunca estuvo de acuerdo fue en que los mataran, pues de
acuerdo a las leyes imperiales, llegaron a ejecutar a algunos donatistas. San
Agustín escribió varias cartas a los oficiales de la administración imperial para
que no hicieran ejecuciones, y les decía: No buscamos venganza de nuestros
enemigos. Amamos a nuestros enemigos y rezamos por ellos. Deseamos
corregirlos, no matarlos, para que no incurran en la condenación eterna 116 .
Hablando con los donatistas, les decía: Volveré al redil a la oveja errante,
buscaré a la descarriada, queráis o no queráis, éste es mi plan. Y aunque para ir
donde están me laceren los pinchos del matorral, me colaré por todas las
angosturas y derribaré las vallas 117 .
Contra los donatistas escribió el libro Sobre el bautismo (404-407), Contra
las cartas de Petiliano (401-405), Contra la carta de Parmenio (404-407), y
Sobre la unidad de la Iglesia (año 405).
El año 410, a raíz del saqueo de Roma, el emperador Honorio convocó a
una conferencia pública en Cartago. Se reunieron 270 obispos donatistas y 286
católicos el 1 de junio de 411 en Cartago bajo la presidencia del comisario
imperial el tribuno Flavio Marcelino. El 9 de junio Flavio Marcelino dio su
veredicto contra los donatistas. Los que quisieron unirse a la Iglesia católica
tuvieron todas las facilidades y se les reconocía su bautismo, pero los donatistas
114 Posidio 14.
115 Carta a Genaro 88, 9.
116 Corrigi eos cupimus non necari (Carta 100).
117 Sermón 46, 17.
74
irreductibles fueron puestos fuera de la ley. El donatismo continuó, aunque con
pocos adeptos hasta la toma de Cartago por los árabes el año 679.
c) P ELAGIANOS
Pelagio era un monje inglés que negaba la existencia del pecado original y
negaba la necesidad del bautismo y de la gracia de Dios para ser buenos. Escribió
un libro explicando sus ideas, titulado De natura , al que Agustín respondió el año
415 con otra titulado De natura et gratia (De la naturaleza y de la gracia).
Con los pelagianos luchó san Agustín durante 10 años, publicando varios
libros y refutando sus errores en sus predicaciones ante el pueblo. Los pelagianos
hablaban tanto del libre albedrío o libertad personal que, para obrar bien, decían
que no necesitaban la gracia o ayuda de Dios. Agustín les hizo entender que era
necesaria la gracia de Dios, pero también el esfuerzo personal. Por eso, Agustín
escribió la frase lapidaria: Quien te hizo a ti, sin ti, no te salvará sin ti 118 .
Les decía a sus fieles: Los enemigos de la gracia pretenden persuadir que
ni la oración del Señor es necesaria para que no entremos en tentación. Se
empeñan en defender el libre albedrío de tal modo que con él solo, sin contar
con la ayuda de la gracia de Dios, podemos cumplir sus mandatos, de donde se
sigue que en vano dijo el Seor, “Vigilad y orad para no entrar en tentacin” 119 .
Pelagio era muy astuto y consiguió que un Sínodo de 14 obispos, reunido
en Dióspolis (Palestina) el 20 de diciembre de 415 aceptara como válida su
doctrina. Pelagio le envió a san Agustín, sin añadir una sola palabra, las Actas del
Sínodo.
Agustín comprendió la gravedad del asunto y decidió con su amigo el
primado de África, Aurelio, obispo de Cartago, convocar dos concilios africanos,
uno dirigido por Aurelio y otro por Agustín y Alipio. Los 300 obispos de África
aceptaron unánimemente los decretos redactados por Aurelio, Agustín y Alipio; y
enviaron las Actas al Papa Inocencio el año 416.
En la carta de Agustín al Papa Inocencio I, suscrita también por los otros
obispos africanos, pidiendo la condenación del pelagianismo, pone Agustín estas
palabras en boca de Pelagio: Es como si dijera a nuestro Creador: “Tú nos haces
hombres, pero nosotros nos hacemos justos”. Tan robusta y libre juzgan a la
118 Qui fecit te sine te, non te iustificat sine te (Sermón 169, 13).
119 Del bien de la viudez 17, 21.
75
naturaleza que no buscan libertador; tan sana y vigorosa creen a la naturaleza
que les sobra el Salvador 120 .
El Papa Inocencio murió en marzo de 417 y su sucesor Zósimo, griego de
origen, impresionado por el apoyo recibido por Pelagio en Tierra Santa, lo juzgó
favorablemente.
Pero el año 418 se produjeron violentos motines en Roma y los partidarios
de Pelagio dieron muerte un funcionario imperial. Entonces el emperador dio un
edicto el 30 de abril de 418, condenando definitivamente a Pelagio y
expulsándolo de Roma, donde Pelagio había vivido 30 años. Con estos
acontecimientos el mismo Papa Zósimo condenó al pelagianismo como herejía
con la famosa Epístola tractoria . Pelagio se refugió en Egipto y, desde ese
momento, el nuevo dirigente de los pelagianos fue Julián, obispo de Eclana,
quien con sus 35 años dirigió con 18 obispos italianos la resistencia, pero el año
419 fue expulsado de su diócesis y llevó una vida errante por el Oriente griego.
Agustín escribió varios tratados y cartas contra Julián de Eclana, porque desde su
exilio, Julián se dedicaba a escribir y hablar contra Agustín.
Dice san Posidio: Contra los pelagianos san Agustín luchó durante diez
años, publicando multitud de libros y refutando con muchísima frecuencia sus
errores en la iglesia ante el pueblo… Los obispos africanos trabajaron
activamente en los concilios para desenmascarar sus errores, primero ante el
Santo Padre de Roma, el venerable Inocencio, y después ante Zósimo, su
sucesor, persuadiéndoles cuán abominable y digna de condenarse era para la fe
católica la mencionada secta. Y aquellos prelados de tan ilustre sede, en
diversos tiempos, los censuraron y separaron de la comunión católica con
rescriptos dirigidos a las Iglesias africanas del Occidente y del Oriente,
fulminando contra ellos la condenación y declarándolos vitandos para los
católicos 121 .
Los escritos de san Agustín contra los pelagianos fueron: De gestis Pelagii
(Sobre las obras de Pelagio), De libero arbitrio (Del libre albedrio), De Spiritu et
littera (Sobre el espíritu y la letra), De natura et gratia (Sobre la naturaleza y la
gracia), y otros sobre el bautismo de los niños, sobre la concupiscencia, sobre la
predestinación, sobre el don de la perseverancia, sobre el pecado original, sobre
el alma y su origen… Su último libro, que dejó incluso, fue contra Julián de
Eclana: Opus imperfectum contra Iulianum (Obra inacabada contra Julián).
120 Carta 177, 1.
121 Posidio 18.
76
El pelagianismo fue solemnemente condenado en el concilio ecuménico
de Éfeso el año 431, pero todavía estuvo presente durante varios años en algunos
monasterios del sur de Francia en los que se llamaron semipelagianos y que
fueron condenados en el II concilio de Orange en 529.
d) S EMIPELAGIANOS
El año 425 algunos monjes del monasterio de Adrumeto (en Túnez) no
vieron con buenos ojos las doctrinas de san Agustín sobre la gracia. Algunos de
estos monjes fueron personalmente a visitar a san Agustín para que les explicara
su doctrina sobre la gracia. Para ellos escribió en 425 y 427 los tratados De
gratia et libero arbitrio (Sobre la gracia y el libre albedrío) y De Correptione et
gratia (Sobre la corrección y la gracia). Pero el año 428 algunos monasterios de
la Galia meridional (Francia) no estaban de acuerdo con san Agustín y afirmaban
que el hombre necesita de la gracia de Dios para comenzar una obra buena, pero
no para culminarla. Se les llamó semipelagianos.
e) A RRIANOS
El arrianismo era una secta fundada por Arrio, que no creía en la divinidad
de Jesucristo, ni en la Santísima Trinidad, al igual que los testigos de Jehová
actuales. Contra ellos escribió precisamente el libro De Trinitate (sobre la
Santísima Trinidad)
En Cartago tuvo una controversia con el arriano Pascencio, funcionario
palatino, el cual, abusando de su poder y mordacidad de severísimo cobrador
del fisco, continua y ferozmente combatía la fe católica, turbando muchas
conciencias… Agustín, con verdaderas razones y autoridad de las Santas
Escrituras, probó que las afirmaciones del arriano carecían de todo fundamento
y apoyo en la divina palabra…También disputó en Hipona con un obispo
arriano, Maximino, llegado con los godos a África. Lo que ambas partes dijeron
se puede leer en los documentos 122 . Maximino, al día siguiente, se marchó de
Hipona y Agustín le respondió con dos libros a sus herejías. A Pascencio le había
respondido con la carta 238.
f) P AGANOS
También luchó con fuerza contra el paganismo y las costumbres paganas
de su tiempo. Tenían fiestas populares como las de la diosa Flora, donde
ofendían públicamente la moral y el pudor. El ideal de su vida estaba escrito en
122 Posidio 17.
77
una inscripción que decía: Venari, lavari, ludere, ridere hoc est vivere (Cazar, ir
a los baños, a los juegos y reírse, eso es vivir).
Sus ataques a los cristianos tomaron fuerza a raíz del saqueo de Roma el
24 de agosto del año 410 por los godos de Alarico. El saqueo duró tres días y tres
noches. Nada se libró del furor de los vencedores. Hubo destrucciones, incendios,
asesinatos, violaciones y torturas por todas partes. Y como tenían sed de oro, al
marcharse, se llevaron consigo en sus carros de guerra cuanto pudieron.
Antes de la entrada de los godos en Roma muchas familias romanas ricas
habían buscado refugio en África y Oriente, especialmente en Egipto. Y los
romanos que se refugiaron en las ciudades del norte de África echaban en cara a
los cristianos: Cuando ofrecíamos sacrificios a nuestros dioses, Roma era feliz.
Ahora que los sacrificios están prohibidos, Roma ha sido destruida . Agustín les
respondió con la carta 137; pero, para hacerlo de modo sistemático, escribió la
gran obra de La Ciudad de Dios (De civitate Dei) entre 413 y 426. Esta obra es
una apología del cristianismo contra el paganismo donde desarrolla una teología
de la historia.
Pero anteriormente ya había escrito la carta 91 en defensa de los cristianos
de Calama, insultados y perseguidos por sus compatriotas paganos. En la carta
232 a los habitantes de Madaura los anima a dejar las prácticas supersticiosas de
los paganos.
El año 399 el emperador Honorio prohibió el culto pagano, mandando
retirar los ídolos y las representaciones obscenas de los templos, y cerrarlos,
destruyendo los altares de los sacrificios. Ese año cerraron muchos templos
paganos en Cartago y en otros lugares, destruyendo las estatuas de los dioses de
acuerdo a la ley. Pero en un pequeño pueblo llamado Colonia Sufetana, donde los
paganos todavía eran mayoría, cuando los cristianos quisieron cumplir la ley y
destruyeron la estatua de Hércules, se rebelaron y mataron a 60 cristianos. San
Agustín tuvo que acudir en su defensa y escribió a los paganos la carta 50.
Nueve años más tarde, el año 408, los paganos de Calama, donde era
obispo Posidio, el amigo de Agustín, se rebelaron contra la autoridad,
organizaron un desfile, apedrearon y saquearon iglesias cristianas y quisieron
prender fuego a la basílica, matando a un monje e hiriendo a muchos cristianos.
San Agustín debió acudir en ayuda de Posidio. Los paganos, conscientes de que
se les venía el castigo de la autoridad imperial, estaban atemorizados. Agustín
calmó la situación. Él buscaba con amor paternal la conversión de los paganos,
pues sabía que por su camino nunca encontrarían la verdad y la felicidad. Por
78
eso, decía: Todos debemos querer que todos amen a Dios con nosotros 123 . El
gozo que recibimos cuando algunos de ellos (paganos o herejes ) se corrigen y
mejoran, agregándose a la comunión de los santos, no se puede comparar con
ningún gozo en la vida 124 .
LOS MALOS CATÓLICOS
Había muchos católicos que llevaban vida de paganos y contra ellos tuvo
mucho que luchar y que sufrir.
a) C OMILONAS Y BORRACHERAS
El año 395, recién nombrado obispo, trató de desarraigar la costumbre de
los banquetes profanos que se celebraban en honor de los muertos en los
cementerios. También los feligreses profanaban la fiesta de san Leoncio, mártir y
obispo de Hipona, patrono de la ciudad, celebrando la fiesta con abusos de
comida y bebida dentro de la misma basílica.
A pesar de que el obispo Valerio había prohibido comer y beber en la
iglesia, nadie hacía caso. San Agustín se lanzó a la batalla y durante tres días
pronunció cuatro discursos.
Le escribía a Alipio: Después de tu partida me anunciaron que ciertos
individuos se habían alborotado protestando que no podían tolerar la supresión
de la solemnidad (de san Leoncio) que ellos llaman “laetitia” (alegría). Tratan
en vano de enmascarar el nombre de borrachera. Ya anunciaban la protesta
cuando tú estabas presente. Hube de hablar de perros y puercos, procurando
obligar a los rebeldes a avergonzarse de sus costumbres e impertinentes ladridos
contra los preceptos de Dios; hablé también de su entrega al placer carnal. La
conclusión tendía a hacerles ver qué vergonzoso era ejecutar dentro de las
paredes de la iglesia, o bajo el nombre de religión, lo que no podrían hacer
durante mucho tiempo dentro de sus casas... Estas advertencias las recibieron
con agrado, pero como la asistencia fue escasa, no se resolvía con ellas asunto
tan importante. Y, cuando los presentes hablaron fuera sobre la homilía,
hallaron numerosos contradictores. Al día siguiente, llamé la atención,
planteando el problema de la embriaguez y les hablé sobre con cuánto mayor
motivo e ira hubiese desterrado nuestro Señor del templo los convites y
123 Sobre la doctrina cristiana 1, 30.
124 Nulli gaudio in hac vita comparari potest (Carta 264, 2).
79
embriagueces siempre torpes, cuando así desterró el comercio ilícito de los
sacrificios tradicionales...
Desenmascaré, cuanto el tiempo me lo permitió, el pecado de la
embriaguez con textos de san Pablo..., y advertí que en la iglesia no se deben
celebrar ni siquiera convites honestos y sobrios... Les obligué a considerar cuán
vergonzoso y lamentable era que, no sólo viviesen de los frutos de la carne
privadamente, sino que deseasen quitarle su honor a la iglesia y llenar todo el
amplio espacio de esta gran basílica de turbas de tragones y borrachos,
contando con una supuesta autorización... Al final, no fueron mis lágrimas las
que provocaron las suyas, pues confieso que, mientras estaba hablando, ellos se
adelantaron a llorar y yo no pude contenerme de hacer otro tanto… Al día
siguiente, por la mañana, al ver que todos con un solo sentir manifestaban buena
voluntad y repudiaban la mala costumbre, les exhorté a que asistiesen por la
tarde a la lectura divina para celebrar así el día de fiesta con mayor pureza y
sinceridad. Por la tarde la asistencia fue mayor. La plática fue breve para dar
gracias a Dios. Mientras, oíamos en la basílica de los herejes el rumor de los
acostumbrados convites celebrados por ellos. Allí seguían entregados a la
bebida durante el tiempo de nuestras funciones. Hube de hacer constar que la
hermosura del día resaltaba por el contraste de la noche y les exhorté a apetecer
las cosas espirituales y a gustar cuán suave es el Señor. Refiriéndome a los
herejes, dije al pueblo que eran dignos de lastima 125 .
Precisamente, en uno de los sermones, descubierto por Dolbeau y que
Agustín predicó en enero del año 404, se ve el esfuerzo que hizo para reformar el
culto a los mártires, para abolir los bailes y banquetes en sus sepulcros. Y a la
vez tomó la medida de que los varones y las mujeres estuvieran separados en
estas fiestas para evitar acciones impropias.
b) L A MENTIRA
La mentira era también frecuente entre sus feligreses y sobre ella les
escribe todo un libro, titulado Sobre la mentira . Dice que la mentira es decir una
falsedad con intención de engañar 126 . Lo importante es la intención de engañar.
Si uno dice una falsedad creyendo que es verdad, no miente; pero si dice una
verdad, creyendo que es falsedad, está mintiendo. Muchos mienten para quedar
bien o prometen cosas, que no cumplen. Por ese camino, hacemos mucho daño a
los demás y nunca conseguiremos nuestra propia felicidad, que se encuentra en la
suprema Verdad que es Dios.
125 Carta 29.
126 Sobre la mentira 5.
80
Por eso, toda su vida fue un constante caminar hacía la Verdad divina. Y
dice: Quien conoce la verdad, conoce la eternidad 127 . De ahí que el mentiroso no
puede ser feliz. El mismo san Agustín le recuerda: La voz de la verdad no calla
nunca. No mueve los labios, pero vocifera en el interior del corazón 128 . Es decir,
que la Verdad, que es Dios, no te dejará tranquilo y clamará en tu conciencia
hasta que te arrepientas y pidas perdón.
c) E L ROBO
Sobre el robo habla en muchos de sus sermones para moverlos a ser
honrados. Hay distintas maneras de robar como no haciendo bien los trabajos
contratados, llegando tarde al trabajo, siendo perezoso o sacando cosas sin
autorización; conseguir licencias en el trabajo con mentiras, no devolver lo
prestado, recibir dinero (coimas) por trabajos que debo hacer, exigir más de lo
justo, evadir los impuestos, mentir para conseguir donaciones… San Agustín
dice: Absteneos vosotros hermanos; absteneos vosotros, hijos, de la costumbre
de robar; incluso absteneos del deseo de robar. El que es poderoso roba y tú
lloras bajo la mano del ladrón y, si no robas, es porque no puedes hacerlo. ¡Qué
se te presente la ocasión! Y entonces alabaré tu deseo dominado... Dime ¿has
devuelto lo que recibiste sin otra presencia que la de Dios? Si lo devolviste, si
restituiste al difunto en la persona de su hijo, que nada sabía de ello, entonces te
alabaré, porque pudiste obrar mal y no lo hiciste. Al igual que, si hallaste en la
calle una bolsa de monedas de oro y se la entregaste a su dueo…
Os voy a contar lo que hizo un hombre muy pobre, cuando yo me
encontraba en Milán. Era tan pobre que hacía de portero a un profesor de
gramática, pero era cristiano a carta cabal, aunque el gramático era pagano.
Era mejor quien estaba a la entrada que quien se sentaba en la cátedra.
Encontró una bolsa con cerca de doscientas monedas de oro, si no me engaño en
el número. Sabía que tenía que devolverla, pero ignoraba a quién. Puso un
anuncio público: “Quien haya perdido monedas de oro, venga a tal lugar y
pregunte por fulano de tal”. El que las había perdido, visto el anuncio, se
acercó a aquel hombre. Éste, por temor a que viniese buscando lo que no era
suyo, le pidió explicaciones, preguntándole por el tipo de bolsa, por la imagen e
incluso el número de monedas. Y como sus respuestas se acomodaron a la
realidad, le devolvió lo que había encontrado. El otro, a su vez, queriendo
corresponder a su honradez, le ofreció una décima parte, es decir, veinte
monedas, que no quiso recibir. Le insistió el otro y, al fin, aceptó lo que se le
127 Conf. 7, 10, 16.
128 Vox veritatis non tacet, non labiis clamat, sed vociferatur ex corde (Enarrat. in ps. 57, 2).
81
ofrecía; y, acto seguido, lo dio todo a los pobres, no dejando en su casa ni una
sola moneda 129 .
d) E L ADULTERIO
En aquellos tiempos en que las mujeres eran personas de segunda
categoría, el adulterio de los hombres casi parecía normal. Pero san Agustín
arremete contra los adúlteros y les aconseja: Se te dice: No cometerás adulterio,
es decir, no buscarás otra mujer que no sea la tuya. Y tú exiges eso de tu esposa,
pero no le correspondes en la misma forma. Cuando deberías preceder a tu
mujer en la virtud, caes bajo el ímpetu de la libido. Quieres que tu mujer sea
vencedora y tú caes vencido. Eres cabeza de tu mujer y ella es ante Dios más que
tú. Si el varón es cabeza, debe preceder a su mujer en toda obra buena. ¿Por qué
quiere ir el varón adonde no quiere que le siga su mujer? 130 .
Cada día hay conflictos, aunque ya las mismas esposas no se atreven a
quejarse de sus maridos. Así, en lugar de la ley, se observa ya una costumbre
que lo invade todo, de modo que las mismas mujeres tienen ya la persuasión de
que eso es lícito para los varones, no para las mujeres. Oyen que algunas han
sido llevadas a los tribunales por haber sido sorprendidas con un esclavo, pero
nunca han oído que un varón haya sido llevado a los tribunales por haber sido
sorprendido con su esclava, aunque el pecado es el mismo. Siendo el pecado
igual, hace que parezca más inocente el varón; no ante la divina verdad, sino
ante la humana perversidad 131 .
e) L A MALDICIÓN
En el sermón 322 presenta la historia escrita por uno de los interesados en
que narra cómo su madre maldijo a sus diez hijos. El efecto de la maldición hizo
que todos se enfermaran y ella, viendo la espantosa eficacia de sus maldiciones,
no pudo soportar por más tiempo la conciencia de su maldad y, echando una
soga al cuello, concluy su deplorable vida de forma aún más deplorable… A mi
hermana se le apareció en visión tu imagen tal como ahora te vemos. Por lo
cual, se nos indicó que debíamos venir a este lugar 132 .
129 Sermón 178, 6-8.
130 Sermón 9, 3.
131 Sermón 9, 4.
132 Aquí se habla de la aparición de Agustín a la hermana de uno de los diez para anunciarle la curación,
si iba a Hipona, donde se curaron. En otra ocasión, al volver de Italia, un profesor de retórica,
cartaginés, llamado Eulogio, que había sido su discípulo, le contó que un día, mientr as preparaba la
clase, se encontró con un texto oscuro de Cicerón, que no sabía interpretar. Esa noche, en sueños, se
le apareció Agustín y le aclaró la dificultad ( El cuidado de los muertos ll, l3).
82
f) A STROLOGÍA
Eran muchos los cristianos que creían en los astrólogos y los horóscopos y
les dice: Hay quienes cuentan las estrellas, atienden, describen y conjeturan los
espacios del tiempo, los cursos, la volubilidad, la fijeza y los movimientos de los
astros. Se creen grandes sabios. Todo este conocimiento experimental y altanero
es defensa de pecados, pues dicen: “Eres adúltero, porque así lo quiere Venus”.
“Eres homicida, porque así lo desea Marte”. Luego Marte es homicida y no tú.
Tú no eres adultero, sino Venus. Cuida de que no seas tú condenado por Marte y
Venus… Tú que despreciaste la vida gratuita dada por Cristo, compras con
dinero la muerte propinada por el astrólogo 133 .
Algunos dicen: No partiré hoy, porque es día nefasto o porque la luna se
halla así, o bien partiré para lograr prosperidad, porque la posición de las
estrellas es ésa; en este mes no me dedicaré al comercio, porque aquella estrella
me influye en el mes; o bien me dedicaré, porque está en su mes. No plantaré la
viña en este año, porque es bisiesto 134 .
Es comunísimo entre los paganos que, al ejecutar una cosa o al esperar
los acontecimientos de la vida y de sus negocios, tienen en cuenta los días,
meses, estaciones y años señalados por los astrlogos y los caldeos… Sin
embargo, llenas están nuestras reuniones de hombres que aceptan de los
astrlogos los tiempos de las cosas que han de hacerse… Cmo pueden
llamarse cristianos y gobernar su vida náufraga por el horóscopo?.. Hay muchos
entre los fieles que dicen con gran presunción a la cara, al día siguiente de las
calendas, no me pondré en camino; y muchos no se atreven a prohibir esas cosas
para no irritarlos… Muchas veces, viéndolos, los toleramos y no pocas veces,
tolerando mucho, nos vemos obligados a cometerlos 135 .
Alguno aparenta ser cristiano, cuando no sufre en sus bienes detrimento,
pero cuando le viene alguna adversidad, corre al adivino, al astrólogo. Se le
dice: “Eres creyente y consultas al astrlogo?”. Pero él contesta: “Apártate de
mí, déjame en paz”. El adivino me encontr mis cosas; de otro modo las hubiera
perdido y permanecería llorando. ¡Hombre bueno! ¿No te signas con la señal de
la cruz de Cristo? La ley prohíbe todo esto. ¿Te alegras de encontrar tus cosas y
no te entristeces por haber perecido tú? ¡Cuánto mejor hubiera sido que hubiese
perecido tu vestido y no tu alma! 136 .
133 Enarrat. in ps. 140, 9.
134 Carta 55, 13.
135 Exposición de la carta a los Gálatas 34 y 35.
136 Enarrat. in ps. 91, 7.
83
g) S UPERSTICIONES Y AMULETOS
Muchos cristianos, que se habían convertido del paganismo, conservaban
algunas costumbres supersticiosas y llevaban amuletos. Muchos marinos, antes
de partir, invocaban a Neptuno, el dios del mar. Las parturientas invocaban a la
diosa Juno para un buen parto. Otros invocaban a Júpiter para obtener dinero. Y
les dice: Eres cristiano y no abandonas la Iglesia, pero consultas a los
astrólogos, arúspices, augures y maléficos. Con alma adultera, no dejas la casa
de tu marido, y, quedándote en su compañía, fornicas 137 .
Está uno enfermo con dolores y ora sin ser escuchado; mejor dicho, es
escuchado, pero es probado. En medio del tormento del dolor, llega la tentación
de la lengua y se acerca al lecho alguna mujerzuela o varón y dicen al enfermo:
“Haz tal vendaje y sanarás”; “recurre a tal encantamiento y sanarás”. “Fulano
y mengano y zutano curaron así, pregúntales”. Si no cede, no les obedece y no
doblega su corazón, sino que lucha, vence al diablo 138 .
Por otra parte, es execrable la superstición de los amuletos entre los que
hay que contar los pendientes que los varones llevan en la parte alta de una de
las orejas, no para agradar a los hombres, sino para agradar a los demonios…
¿Qué podrá hacerse con ellos si temen quitarse los pendientes y no temen recibir
a un tiempo el cuerpo de Cristo y la señal del diablo? 139 .
h) E L CIRCO
Muchos iban al circo a ver las luchas entre fieras hambrientas o los
combates entre las fieras hambrientas y los cazadores, que debían atraparlas con
redes. A veces los prisioneros o condenados debían luchar contra leones,
leopardos, osos, panteras, tigres…O también había luchas entre hombres
(gladiadores). En ocasiones eran luchas entre pequeñas naves en el puerto. Naves
dirigidas por galeotes o condenados.
Afirma: Decís que sois cristianos, ¿cuánto dinero gastáis en espectáculos
frívolos? ¿Cuánto dais a los cazadores (de las bestias salvajes en el circo) ?
¿Cuánto a personas torpes? Dais a aquellos que os asesinan. Por la misma
exhibicin de los placeres asesinan vuestra alma… Decís: somos cristianos; y
tiráis vuestros bienes por adular al pueblo y los retenéis contra lo que manda
Dios. Ea, Cristo no manda, Cristo ruega, Cristo pasa hambre (en los pobres).
Enmendad y redimid vuestros pecados 140 .
137 Sermón 9, 3.
138 Sermón 268, 7.
139 Carta 245, 2.
140 Sermón 9, 21.
84
¡Cuántos males causa la torpe curiosidad, la vana concupiscencia de los
ojos, la avidez de espectáculos frívolos, la locura de los estadios, los combates
sin premio alguno!... Siendo hombre de mala fama quien da el espectáculo,
¿puede ser honesto quien lo contempla? Contemplando lo que es infame, lo estás
apoyando ¿por qué contribuyes a que exista lo que tú mismo acusas? ¿Osaré
prohibir los espectáculos? Me atrevo a hacerlo, claro que me atrevo. Me da
valor este lugar y quien me puso en él. ¿Temeré yo las ofensas que se me hacen
por lo bajo?.. Tu placer ha de ir de acuerdo con tu dignidad. Elimina todas estas
cosas. Quien no quiere asistir a esos espectáculos, se muestra misericordioso
con ellos 141 .
i) E L TEATRO
En el teatro había representaciones escénicas obscenas con artistas que
eran rameras y rufianes donde se presentaban historias de amoríos de los dioses o
historietas pornográficas donde se exaltaban toda clase de vicios sexuales. Para
san Agustín, el teatro era una escuela de deshonestidad y, por ello, luchó contra
él, desaconsejando a los cristianos de asistir a él.
En una ocasión fue a la ciudad de Bula y les dijo: En nuestra ciudad de
Hipona estas cosas casi han desaparecido por completo y nos llegan desde
vuestra ciudad esas torpes personas. ¿No os avergonzáis de que sólo entre
vosotros haya permanecido la torpeza venal? ¿Qué buscáis? ¿Comediantes?
¿Meretrices? En Bula los tenéis ¿Pensáis que es una gloria?... Con gran dolor
os estoy diciendo esto. Ojalá que llegue el momento en que la herida de mi
corazn se cure con vuestra correccin… Haceos este regalo, cristianos, no
vayáis a los teatros 142 .
j) L OS CHISMES
Hay católicos que procuran averiguar la caída de algún obispo, clérigo,
monje o monja. En seguida creen, discuten, pregonan que todos son lo mismo,
aunque no en todos se pueda averiguar. Pero cuando alguna casada ha caído en
adulterio, esos mismos no despiden a sus mujeres ni acusan a sus madres. Sólo
cuando se descubre algún pecado verdadero en alguno que ostente una profesión
santa, insisten, se interesan, se fatigan para que se crea que todos son lo
mismo 143 .
141 Sermón 313 A, 3.
142 Sermón 301 A, 7.
143 Carta 78, 6.
85
k) L A VERGÜENZA
Muchos cristianos se avergonzaban de decir públicamente “soy cristiano”.
Por eso afirma: Hay quienes critican a otros. Pero tú, oh cristiano,… no temas ni
escondas tus buenas obras por temor. Los que te reprenden, ¿qué te dicen? ¡He
aquí a un gran apóstol! ¿De dónde vienes? Y temes responder: “De la iglesia”
para que no repliquen: “No te avergüenzas, hombre barbado, de ir donde van
las viudas y las viejas?”. Por no escuchar tales cosas temes decir: “Estuve en la
iglesia”… No os avergonzáis de avergonzaros de lo que es digno de
glorificación? ¿No se avergüenzan ellos de sus torpezas y os avergonzáis de algo
glorioso? 144 .
l) L A FALTA DE FE
Algunos ni siquiera creían en la resurrección futura. Decían: Todo se paga
en esta vida, después sólo hay nada y vacío. Por eso, escribe: No sólo niega la
resurrección el pagano o el judío o el hereje, sino algunas veces el hermano
católico que frunce el ceño, cuando se dan a conocer las promesas de Dios,
cuando se anuncia la futura resurrección. Y, todavía más, este mismo dice:
“Hasta ahora quién resucit? No he oído hablar a mi padre, levantado del
sepulcro desde que lo sepulté… No veo, dice, cmo voy a creer? Necio, se ve
tu alma? 145 .
ll) L A INDIFERENCIA
Hay un número y un sobrenúmero (de cristianos). El Señor conoce a los
suyos, a los cristianos que temen, que son fieles, que guardan sus mandamientos
y caminan por las sendas de Dios, que no cometen pecados y, si caen, se
confiesan. Estos pertenecen al número. Pero hay un sobrenúmero… Son las
turbas que llenan las iglesias, que empujan por decirlo así las paredes, que se
agolpan en masa apiñada, de suerte que casi se ahogan debido a la multitud;
pero, si hay espectáculos, corren al anfiteatro… Pocos son los convertidos,
muchos los convertidos falsamente, porque se multiplicaron sobre todo
número 146 .
Sin embargo les dice a los herejes que no critiquen a la Iglesia por los
malos católicos, sino a los buenos, que son los verdaderos católicos, cumplidores
de su fe.
144 Sermón 306 B, 6.
145 Enarrat. in ps. 73, 25.
146 Enarrat. in ps. 39, 10.
86
Que nadie, fijándose en el mal ejemplo de los malos católicos, hable mal
de la Iglesia católica, pues ella misma desaprueba eso que critican y además
corrige a los que lo hacen como a malos hijos 147 .
Sed cristianos verdaderos y sinceros, no imitéis a los que son cristianos de
nombre, pero vacíos de obras 148 .
PASTOR Y GUIA DE SU PUEBLO
La vida de Agustín como obispo no fue fácil. Su diócesis no era un lago
de aguas tranquilas y cristalinas. Había muchos problemas pendientes. Ya hemos
hablado de su lucha hasta la muerte contra los herejes y de cómo tenía que
soportar todos los días las querellas de los litigantes como juez ordinario, lo que
le cansaba y le hacía perder un tiempo precioso, que hubiera deseado dedicar a
escribir libros, a hacer más oración o a realizar otras tareas pastorales. De todos
modos, hubo de solucionar muchos problemas que se le presentaron. Veamos
algunos.
Siendo sacerdote tuvo que sufrir una grave calumnia. De modo que,
cuando el obispo Valerio le pidió al Primado de Numidia que lo consagrara
obispo, no quiso, porque había creído las calumnias que los enemigos de Agustín
le habían contado. Le dijeron que al repartir algunas eulogias (o trozos de pan
bendito) a una señora, le había hecho un maleficio amoroso con la aprobación de
su esposo. Durante el concilio de Cartago del año 393, los demás obispos le
pidieron al Primado pruebas de su acusación y, al no tenerlas, Megalio reconoció
su culpa y pidió perdón.
Agustín dice sobre esto al hereje Petiliano que se lo echó en cara: Puedes
desacreditar con el apelativo de venenosa ignominia y delirio las “eulogias” de
pan dadas con sencillez y alegría, tú puedes tener tan bajo concepto que hasta
presumas admitir unos filtros amatorios dados a una mujer, no sólo con el
conocimiento, sino aun con la aprobación de su marido. Puedes admitir contra
mí lo que escribió en un arrebato de cólera el que me había de consagrar
obispo, y no quieres admitir en mi favor que este obispo pidió perdón al santo
147 De las costumbres de la Iglesia 34, 76.
148 Sermón 353, 2 ¿Qué diría san Agustín si viviera entre nosotros y descubriera que muchos cristianos
son supersticiosos y van a los adivinos, creen en los horóscopos y celebran los carnavales con toda
clase de excesos? Y podemos seguir hablando de las discotecas, de las revistas, videos y películas
pornográficas. ¿Es que hemos perdido el sentido del pecado y no distinguimos lo bueno de lo malo,
creyendo que todo vale? Y podemos continuar con el tema del aborto , de la eutanasia, de la
fecundación in vitro o de la manipulación genética. É l nos diría: Haceos este regalo, cristianos, no
vayáis (ni veáis) espectáculos indignos (Sermón 301 A, 7).
87
concilio por haber fallado así contra mí y que obtuvo el perdón. Eres tan
desconocedor y olvidadizo de la mansedumbre cristiana y del mandato
evangélico que llegas a acusar de lo que ya se le perdonó benignamente a un
hermano, al pedir humildemente perdón 149 .
Una costumbre bárbara que pudo suprimir era la llamada Caterva, que
tenía lugar en Cesárea de Mauritania. Refiere: Trataba yo de disuadir al pueblo y
evitar que se librara un combate digno de una guerra civil o, más bien, peor que
una guerra civil y que ellos llamaban Caterva: combate en bandos. En efecto no
eran solamente conciudadanos, sino personas cercanas como hermanos y hasta
padres e hijos quienes, divididos en dos bandos, se enfrentaban ritualmente en
un periodo determinado durante varios días, matándose unos a otros a pedradas,
a cual más. Y ya son más de ocho años que se ha suprimido 150 .
A los donatistas les escribió lo siguiente: Los vuestros (donatistas) , no sólo
nos atormentan con azotes y nos hieren a cuchillo, sino que por refinamiento
increíble de brutalidad ciegan a las personas, echándoles en los ojos cal viva
mezclada con vinagre. Desvalijan nuestras casas. Se han fabricado armas
exóticas y terribles; armados con ellas merodean por doquier, amenazando,
sedientos de sangre, de latrocinios, incendios y cegueras. Por todo esto, nos
hemos visto obligados a querellarnos (pedir justicia). Vosotros donatistas, vivís
seguros en vuestras posesiones y en las ajenas, bajo esas que llamáis leyes
terribles de los emperadores católicos, mientras que nosotros padecemos los
inauditos males que nos causáis. Y, no obstante eso, decís que padecéis
persecución y nuestras casas son allanadas y desvalijadas por vuestros grupos
de asalto; y nuestros ojos son calcinados con cal viva y vinagre de vuestra fuerza
de choque. Es más, cuando vuestros fanáticos se suicidan, nos lo imputan a
nosotros. Viven como bandidos, mueren como circunceliones y son glorificados
como mártires 151 .
Un grave problema se suscitó en los años 422 y 423, cuando las
autoridades civiles, a pesar de llamarse católicas, dieron permiso para que en los
puertos pudiera realizarse tráfico de esclavos. Estos esclavos eran gente libre,
campesinos del norte de África, hombres, mujeres y niños, que eran raptados y
después los vendían en los latifundios devastados de Italia y del sur de Francia.
Los secuestradores iban en cuadrillas, vestidos con uniforme militar. Muchos de
ellos pasaban por Hipona, llevando columnas de cautivos, para llevarlos a los
barcos, atracados en el puerto.
149 Réplica a las cartas de Petiliano 3, 19.
150 De la doctrina cristiana , 4, 53.
151 Carta 88, 8.
88
El santo nos refiere en carta a Alipio, la carta 10 de las descubiertas en
1981: Yo, aunque quisiera, no podría hacer una lista con todos los crímenes
cometidos por los mercaderes de esclavos, aquí en África. Te daré solamente un
ejemplo por el cual podrás juzgar lo que está sucediendo por África, y a lo largo
de sus playas. Unos cuatro meses atrás, había gente traída de diferentes lugares,
especialmente de Numidia, para ser deportada desde el puerto de Hipona. Esto
era hecho por los Gálatas, puesto que son ellos solamente quienes, por su
codicia, se embarcan en tales negocios. Un miembro de nuestra Iglesia fue
avisado de esto y, conociendo nuestra política de ayudar con dinero en tales
circunstancias, trató de ponerse en contacto con nosotros. Por esos días, no me
encontraba en Hipona, pero inmediatamente nuestros fieles liberaron a ciento
veinte personas, algunos desde el barco donde ya estaban embarcados; a otros
de las prisiones donde los tenían escondidos antes de embarcarlos. De estos
excarcelados, unos cinco o seis habían sido vendidos por sus padres 152 .
Pero las autoridades recibían jugosas ganancias y hacían la vista gorda a
pesar de las denuncias de distintos obispos.
Por otra parte el año 413 Agustín puso todo su prestigio e hizo todo lo
posible para salvar a su amigo Marcelino, ex-prefecto de Roma, de la muerte a
que fue condenado por haber participado en una rebelión. Pero no pudo
conseguirlo. Agustín se sintió decepcionado de las autoridades y consideró en sus
últimos años que era mejor la separación de la Iglesia y del Estado, aunque
hubiera colaboración mutua.
El año 414 quiso descansar un poco y dedicarse al estudio y dice: Ya no
puedo sobrellevar tanto peso, pues aparte de mi debilidad, se me ha echado
encima la vejez. Otra causa es la determinación que he tomado, si Dios me
ayuda: Todo el tiempo que me dejen libre las ocupaciones que me exige la
necesidad de la Iglesia a la que sirvo por obligación personal, pienso dedicarlo
a cultivar el estudio de las ciencias eclesiásticas. De este modo pienso servir de
provecho a la posteridad 153 .
Pero no lo dejaron y sólo pudo hacer su deseo realidad el año 426. Ese año
para evitar problemas de sucesión, convocó al pueblo y les dijo: Sé que, después
de la muerte de los obispos, la ambición y las disputas perturban a menudo las
Iglesias. Por eso, vengo a manifestaros mi voluntad y creo que es también la
voluntad de Dios. Deseo tener como sucesor al sacerdote Heraclio. Heraclio no
será consagrado obispo hasta después de mi muerte. Pero, desde ahora,
152 Carta 10, 7-8.
153 Carta 151, 13.
89
administrará nuestra Iglesia y yo podré así quedar libre para terminar los libros
que me han pedido que escriba 154 .
Algo que le dolió mucho fue que, en su ausencia, no quisieron aceptar en
la iglesia a un donatista arrepentido. Dice: Nos causó tristeza lo que hemos oído.
Estando ausente, un donatista que venía a la Iglesia confesando su yerro, fue
rechazado por algunos hermanos y no se le admitió. Digo a vuestra caridad, esto
ha causado tormento a mi corazón, os lo confieso, no me ha agradado esto 155 .
Pero lo que más le hizo sufrir fue un error suyo. En la ciudad de Fusala
pensó en nombrarles un obispo y puso para ello los ojos en un sacerdote que
sabía la lengua púnica, hablada en aquella región. Llamó al primado de Numidia
para consagrarlo y todo estaba listo para la ceremonia, cuando el candidato
elegido renunció a último momento. Entonces, Agustín, para que el anciano
Primado no hubiera hecho el viaje en vano, designó a un joven llamado Antonio,
a quien había educado desde niño y todavía era simple lector, y lo consagraron
obispo de Fusala. Al poco tiempo, comenzó Agustín a recibir gravísimas
acusaciones de robos, violencias y otros vicios. Tal fue el escándalo que lo
suspendieron y le obligaron a restituir todo lo robado. El joven obispo destituido
supo convencer al Primado de la supuesta injusticia y el Primado llevó el asunto
al Papa Bonifacio, apoyando al joven obispo, pero anotando: Si se nos ha dado
noticia fiel del orden de los acontecimientos 156 .
Esto fue un duro golpe para san Agustín y para los católicos de Fusala,
quienes presentaron sus quejas a Roma. Agustín pensó en dejar el episcopado y
retirarse a llorar su imprudencia. Le escribió al Papa Celestino, sucesor de
Bonifacio: He de confesar que en este peligro de ambos partidos me atormenta
tal temor y tristeza que pienso retirarme de la administración del oficio
episcopal y dedicarme a hacer penitencia conveniente a mi yerro, si veo que
aquel que fue presentado al episcopado por mi imprudencia, devasta la Iglesia
de Dios y, lo que Dios no permita, perece esa misma Iglesia con el devastador…
Pero, si consuelas mi ancianidad con esa justicia misericordiosa, tanto en esta
vida como en la futura, te pagará bien el que en esta tribulación nos socorre por
mediación tuya y te puso en esa Sede 157 .
El Papa suspendió al obispo de Fusala y apoyó a san Agustín.
154 Carta 213.
155 Sermón 296, 4.
156 Carta 209, 9.
157 Carta 209, 10.
90
LOS POBRES
Una de sus principales preocupaciones como obispo fueron los pobres.
Organizó en Hipona un ropero para vestir a los pobres cada invierno y les decía a
sus fieles: Ya se acerca el invierno. No os olvidéis de los pobres. Procurad vestir
a Cristo desnudo 158 .
Dad a los pobres, os lo ruego, os lo aviso, os lo ordeno, os lo mando. Dad
a los pobres lo que os parezca. No quiero ocultaros el motivo de haber hecho
este sermón. Desde que estoy aquí, al entrar y salir de la iglesia, me piden los
pobres que os hable de esto para que hagáis caridad con ellos. Me han rogado
que os hable y, al no recibir de vosotros, piensan que estoy trabajando en vano
con vosotros. También esperan algo de mí. Doy lo que tengo, doy lo que puedo,
pero no soy capaz de satisfacer todas sus necesidades. Y por no serlo, me
presento ante vosotros como un legado suyo. Lo habéis oído y habéis dado
señales de aprobación. Sean dadas gracias a Dios. Recibisteis la semilla, habéis
dado la palabra. Vuestras alabanzas me hacen más responsable y me ponen en
un peligro 159 .
En una ocasión, cuando estaban vacías las arcas de la Iglesia, faltándole
con qué socorrer a los pobres, mandó fundir los vasos sagrados para socorrer a
los cautivos y otros muchísimos indigentes 160 . Y decía: Si das al hermano
necesitado, das a Cristo. Si das a Cristo, das a Dios. Dios quiso necesitar de ti
¿y tú esconderás la mano? 161 .
Escuchadme, pobres, ¿qué no tenéis, si tenéis a Dios? Escuchadme, ricos
¿qué tenéis, si no tenéis a Dios? 162 .
Por otra parte, fustigaba a los malos ricos y les decía: Hay quienes roban
lo ajeno y de lo robado dan limosna a los pobres, pensando que así cumplen lo
mandado…, pero no es posible sobornar al juez, Cristo 163 .
Si das limosna para seguir pecando impunemente, no sólo no alimentas a
Cristo, sino que intentas sobornarlo como juez 164 .
158 Sermón 25, 8.
159 Sermón 61, 12-13.
160 Posidio 24.
161 Enarrat. in ps. 147, 13.
162 Sermón 311, 15.
163 Sermón 113, 2.
164 Sermón 39, 6.
91
Las cosas superfluas de los ricos son las necesidades de los pobres.
Cuando se poseen bienes superfluos, se poseen bienes ajenos 165 .
Que nadie cierre sus oídos al necesitado. Si no puedes dar algo, no lo
desprecies. Si puedes dar, da; si no tienes algo material que dar, dale afabilidad.
Que nadie diga: Yo no tengo nada que dar 166 .
Por eso, a sus monjes les recalcaba en la Regla: Es mejor necesitar poco
que tener mucho 167 .
MILAGROS
Dios está vivo y presente en la vida de los hombres y los dirige con su
providencia amorosa. No es un Dios lejano, desinteresado de sus problemas.
Agustín refiere en las Confesiones el sueño sobrenatural de su madre en el que
Dios le da a conocer a ella que él se convertiría, como así sucedió. El mismo
Agustín contará que, en una ocasión, mientras explicaba algunos pasajes de la
Biblia para responder a las preguntas que Simpliciano le había formulado, tuvo,
según sus propias palabras, una revelación inesperada acerca de la lectura de la
primera carta a los corintios. ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y, si lo
recibiste, ¿de qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Co 4,7).
Este pasaje le convenció que la voluntad humana depende por entero de la
gracia divina. Agustín admitió que en su intento de encontrar una solución al
problema de la relación entre la gracia y el libre albedrío, en un primer momento,
dio supremacía a la libertad humana, pero, tras madura reflexión comprendió la
supremacía absoluta de la gracia divina. A partir de esa revelación , se convenció
de que todo el bien de que es capaz el hombre no puede ser sino el resultado de la
gracia previamente concedida 168 .
Él dirá: El libre albedrío no queda abolido por recibir ayuda, sino que
recibe ayuda precisamente, porque no se ha abolido 169 . No es del que quiere ni
del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Rom 9, 10-16).
En sus Confesiones habla de los milagros de san Protasio y Gervasio. En
una visión, Señor, le manifestaste al obispo Ambrosio el lugar en que yacían
sepultados los cuerpos de los mártires Protasio y Gervasio. Tú los habías
165 Enarrat. in ps. 147, 12.
166 Nemo dicat non habeo (Enarrat. in ps. 103, 19).
167 Melius est enim minus egere quam plus habere.
168 Véase De diversas cuestiones . Tratado en forma de carta, escrito el año 396.
169 Neque voluntatis arbitrium ideo tollitur, quia iuvatur, sed ideo iuvatur quia non tollitur (Carta 157, 2).
92
mantenido ocultos e incorruptos durante muchos años en tu secreto, para
sacarlos a la luz pública en esta oportunidad, y así apaciguar la cólera de una
mujer que por añadidura era la emperatriz. Tras su descubrimiento y
exhumación, al proceder al solemne traslado con los debidos honores a la
basílica ambrosiana, no sólo se produjeron curaciones de personas
atormentadas por espíritus inmundos y reconocidas por ellos mismos, sino que
un ciudadano conocidísimo en la ciudad, que llevaba varios años ciego, al
preguntar por las razones del alboroto del pueblo que exteriorizaba
ruidosamente su alegría, y al enterarse del hecho, dio un salto e hizo que su guía
le condujera al lugar. Una vez que llegó, rogó que se le permitiera el acceso
para tocar con su pañuelo el féretro de tus santos cuya muerte es preciosa a tus
ojos. Tan pronto como realizó este gesto y aplicó el pañuelo a sus ojos, éstos se
abrieron al instante. En seguida corrió la noticia y resonaron tus alabanzas
cálidas y radiantes. Aunque con este suceso aquella mujer hostil no se acercó a
la fe salvadora, por lo menos sirvió de freno en su persecución. ¡Gracias a Ti,
Dios mío! 170
Por aquellos días me estabas haciendo sufrir con un dolor de muelas.
Cuando el dolor estuvo al punto de impedirme hablar, se me ocurrió la idea de
avisar a todos los amigos presentes, para que te rogaran por mí, Dios de mi
salud. Escribí mi deseo en unas tablillas de cera, y luego se las di para que las
leyeran. Apenas nos pusimos de rodillas en ademán de súplica, desaparecieron
los dolores. ¿Qué clase de dolores eran? ¿Cómo desaparecieron? Confieso que
me quedé boquiabierto, Señor mío. Nunca me había ocurrido nada parecido
desde mi nacimiento. En lo más profundo de mi ser abriste camino a tus
insinuaciones. Yo, radiante de gozo en tu fe, alabé tu nombre. Sin embargo, esta
misma fe no me dejaba vivir tranquilo respecto de mis pecados pasados, porque
aún no me habían sido perdonados por medio del bautismo 171 .
Cuando el año 388 regresó a Cartago para nunca más volver a Italia, se
alojó en casa de una familia muy cristiana, donde estaba enfermo un antiguo
abogado de la prefectura, llamado Inocencio, que llevaba varios años enfermo.
Todos los días lo visitaba Saturnino, obispo de Uzala, el presbítero Geloso y
algunos diáconos de Cartago.
Para curarle unas fístulas, los médicos le habían hecho una carnicería
espantosa, pero sin resultado alguno. Y cuando le prometieron la salud con una
nueva intervención quirúrgica, le entró pánico. Deba pena verlo. Oraba, gemía,
sollozaba y temblaba de miedo. Todos los asistentes oraban por él. Y Agustín
manifiesta: Yo apenas podía orar, viendo aquella escena. Sólo recuerdo que dije
170 Conf. 9, 7.
171 Conf. 9, 4.
93
al Seor brevemente en mi corazn: “Seor, qué preces de tus siervos vas
escuchar si no escuchas éstas?”.
Al día siguiente aparecen los médicos, aprestan los temibles
instrumentos, estando todos atónitos y suspensos 172 , pero al quitar los vendajes
encuentran la llaga perfectamente curada. Y termina Agustín diciendo: No serán
mis palabras las que expresen la alegría, alabanza y acción de gracias al Dios
omnipotente y misericordioso, que fluyeron de la boca de todos con lágrimas de
gozo; es mejor dejarlo a la imaginación que tratar de expresarlo con palabras 173 .
El año 416 hubo una oleada de milagros en Hipona, el sacerdote español
Orosio había traído de Jerusalén las reliquias del cuerpo de san Esteban,
recientemente descubierto. Por todas partes de África se diseminaron unas
pequeñas capillitas con algunos restos del santo. Y la gente hablaba de milagros
al contacto directo con su sepulcro o con objetos que lo habían tocado.
Dice san Agustín: Todavía hoy se realizan milagros tanto por los
sacramentos como por las oraciones o reliquias de sus santos… Si quisiera
reseñar solamente los milagros que por intercesión del gloriosísimo mártir
Esteban han tenido lugar en la colonia de Calama y lo mismo en la nuestra,
habría que escribir varios libros… No hace dos aos aún que está en Hipona
Regia la capilla de este mártir y, sin contar las relaciones de las muchas
maravillas que se han realizado y que tengo por bien ciertas, de sólo las que han
sido dadas a conocer al escribir esto, llegan casi a setenta; y en Calama, donde
la capilla existió antes, tienen lugar con más frecuencia y se cuentan en cantidad
inmensamente superior. También en Uzala sabemos que se han realizado
muchos milagros antes que la que tuviéramos aquí. Pero allí no existe, o mejor,
no existió la costumbre de publicar esas informaciones. Quizás ahora hayan
comenzado… Así que se realizan todavía hoy muchos prodigios; los realiza el
mismo Dios a través de quienes le place y como le place, lo mismo que realizó
los que tenemos escritos. Pero los actuales no son muy conocidos ni se menudea
su lectura como un repiqueteo de la memoria a fin de que no caigan en el olvido.
Porque a pesar del esmero que se empieza a poner entre nosotros para relatar al
pueblo esas narraciones hechas por los interesados, las escuchan una vez los
presentes, pero la mayoría no lo están; y los mismos que las oyeron, pasados
unos días, se olvidan de lo que oyeron; y apenas se encuentra quien comunique
lo que oyó a quien sabe no estuvo presente 174 .
172 Tremenda ferramenta proferuntur attonitis suspensisque omnibus.
173 La Ciudad de Dios 22, 8, 3.
174 La Ciudad de Dios 22, 8, 3.
94
San Agustín refiere con detalle 22 milagros realizados por intercesión de
san Esteban y de san Cipriano 175 .
Para él estos milagros eran una prueba más de la veracidad de la fe
católica. Para hacer las cosas bien, exigió una declaración por escrito de los
milagros por parte de las personas curadas y que después fueron leídos en las
iglesias en presencia de sus autores para bien de todos y gloria de Dios. A
continuación los archivaba en la biblioteca episcopal para testimonio de las
generaciones venideras. De esta manera sólo a los hechos bien comprobados se
les dio la máxima publicidad. Este sistema de comprobación y registro lo
recomendó Agustín también a otros obispos. Pero pedía a todos los fieles que
divulgaran estos milagros para reafirmar la fe católica.
El mismo Agustín no se desdeñaba en rezar por los enfermos y algunos
quedaban curados. Dice san Posidio: Si algún enfermo le pedía que rogase por él
y le impusiese las manos, lo cumplía sin dilación 176 . Me cons ta que él fue
suplicado para que orase por unos energúmenos (endemoniados) , y con llanto
oró al Señor, y quedaron libres del demonio. En otra ocasión, un hombre se
acercó a su lecho con un enfermo pidiéndole que le impusiera las manos para
curarlo… E hizo el Señor que aquel enfermo, al punto partiese de allí sano 177 .
El mismo san Agustín refiere dos casos de endemoniados, pero no dice su
nombre por humildad. Dice simplemente: Sé de una doncella de Hipona que,
habiéndose ungido con el aceite en que había dejado caer sus lágrimas un
sacerdote, que oraba por ella, al punto se vio libre del demonio. También sé de
un adolescente que por solo una vez que un obispo sin conocerlo, oró por él, de
pronto quedó libre del demonio 178 .
Así pues, Dios le concedió la gracia de liberar demonios y sanar enfermos
para gloria de Dios y bien de las almas.
AGUSTÍN MISTICO
San Agustín fue un gran santo y un gran místico, aunque quizás no se
hayan manifestado en él como en otros santos algunos carismas sobrenaturales
como la bilocación o las llagas de Cristo, pero sí podemos apreciar en su vida
dones místicos como éxtasis (éxtasis de Ostia), el don de hacer milagros como ya
hemos anotado, el conocimiento sobrenatural para entender los grandes misterios
175 Ibídem.
176 Posidio 27.
177 Posidio 29.
178 La Ciudad de Dios 22, 8, 8.
95
de la fe, como la Santísima Trinidad y, sobre todo, el don más grande de todos y
que abarca a todos los demás: el don del amor.
Toda la vida de san Agustín, desde su conversión fue una entrega total al
AMOR. Dios era para él la meta y fin de todo el amor de su corazón. A los
demás los amaba por él y para él. Sentía en su interior una fuerza poderosa que
no le dejaba vivir tranquilo, era un deseo insaciable de amar y de que todos
amaran al AMOR. Su búsqueda incansable de la Verdad era en el fondo la
búsqueda incansable de conocer y amar más al Amor, que es Dios.
Su corazón era un horno ardiente, que no podía saciarse con las cosas de
este mundo y luchaba y trabajaba con incansable constancia por encender en los
demás el fuego de su amor. Por eso su mayor alegría era la salvación de los
herejes y la conversión de los pecadores.
Cuando se hace católico, siente el deseo impostergable de convertir a
todos los amigos a quienes había convertido al maniqueísmo. Y, encendido en el
celo por la gloria de Dios, siente que África le parece pequeña para sus deseos y,
por la palabra y sus escritos, quiere llegar al mundo entero y a todas las
generaciones venideras para llevarles la luz de la Verdad.
Escribió las Confesiones para reconocer sus errores y pecados pasados. No
quería que lo tomaran como un santo, se sentía un pobre pecador y quería que
todos supieran lo que había sido. Sentía la tentación de la soberbia, cuando todos
lo aplaudían, y él hacía actos de humildad al publicar sus pecados. Él trataba de
decir a todo el mundo: Por mucho que me ensalcéis no olvidéis que fui un
orgulloso y ambicioso, corrompido por las pasiones humanas. Fui una peste y un
perro rabioso que, durante 10 años, no cesó de ladrar contra la Iglesia, cuando era
maniqueo. Si algo soy, lo debo a la gracia de Dios.
Se identificó tanto con Dios VERDAD-AMOR que para él la mentira era
algo odioso. Durante toda su vida no cesó de clamar contra la mentira, a la que
sentía un horror casi instintivo. Él era por naturaleza esencialmente sincero y
amigo de la verdad.
Toda su vida fue una ascensión hacia Dios por medio de la oración
continua. Él nos dice: Tú, Señor, eres la luz permanente a quien yo acudía para
consultar… y sigo haciéndolo con frecuencia. Me llenas de alegría. Por eso, tan
pronto como tengo posibilidad de liberarme de los quehaceres forzosos, me
refugio en este gozo 179 .
179 Conf. 10, 40, 65.
96
En ocasiones el Señor le hacía sentir en la oración su amor de modo
extraordinario como a los grandes místicos y sentía que su corazón era
demasiado pequeño para amarlo y le decía: La casa de mi alma es demasiado
estrecha para que entres en ella, agrándala Tú 180 . Oh, amor, que siempre ardes
y nunca te apagas, Dios mío, abrásame 181 . Me haces sentir dentro de mí mismo
una dulzura que no sé definir y que, si llegara a alcanzar su plenitud, no sé qué
sería, pero no algo de esta vida 182 .
Entraré en mi estancia secreta y allí te cantaré canciones de amor
mezcladas con gemidos inenarrables (Rom 8, 26 )… a Ti… que eres el único,
verdadero y soberano bien 183 .
San Agustín ha sido llamado el doctor del amor , porque la línea maestra
de su vida fue el amor y la verdad. El era un enamorado de Dios y por Dios
también de los demás. Al punto de poder decir a sus fieles: Ojalá me conceda el
Señor fuerzas para amaros hasta morir por vosotros, ya en la realidad, ya en la
disponibilidad 184 .
El corazón de san Agustín era un verdadero volcán de fuego, que no podía
saciarse con las pequeñas cosas de este mundo. Tenía un amor insaciable, sin
medida. Quería con el fuego de su amor calentar e iluminar al mundo entero y a
todas las generaciones venideras. Por eso, pudo decir también: Soy plenamente
consciente y estoy totalmente seguro de que te amo, Señor. Heriste mi corazón
con tu palabra y te amé 185 . Por Ti suspiro dí a y noche 186 . Dios mío, vida mía,
dulzura mía 187 .
ÚLTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE
San Agustín tenía varios problemas de salud. Él mismo dice que era muy
sensible al frío 188 . Tenía problemas de voz. En Casiciaco tenía dificultad de
respiración y dolor del pecho. También sufrió de dolor de estomago (Conf. 1,
11), de dientes (Conf. 11, 12), de un tumor hemorroidal que no le dejaba estar de
180 Conf. 1, 5, 6.
181 Conf. 10, 29, 40.
182 Conf. 10, 40, 65.
183 Conf. 12, 16, 23.
184 Sermón 296, 5.
185 Conf. 10, 6, 8.
186 Conf. 7, 10, 16.
187 Conf. 1, 4, 4.
188 Carta 124, 1.
97
pie, ni sentado, ni caminar 189 y algunas veces diversas fiebres como en su última
enfermedad.
Sus últ imos días los pasó triste, pues veía las ciudades destruidas y
saqueadas, los moradores de las granjas pasados a cuchillo o dispersos; las
iglesias sin ministros ni sacerdotes; las vírgenes sagradas y los que profesaban
vida de continencia, cada cual por su parte, y de ellos, unos habían perecido en
los tormentos, otros sucumbieron al filo de la espada; muchos cautivos, después
de perder la integridad de su cuerpo y alma y de su fe, gemían bajo la dura
servidumbre enemiga… De las innumerables iglesias, apenas tres quedaban en
pie, a saber: la de Cartago, la de Hipona y la de Cirta… Después de su muerte
la ciudad de Hipona fue reducida a cenizas, siendo antes evacuada 190 .
En el tercer mes del asedio, el santo enfermó con unas fiebres, y aquélla
fue la última prueba de su vida. No privó Dios a su buen siervo del fruto de su
plegaria. Porque para sí y para la misma ciudad alcanzó oportunamente la
gracia que con lágrimas pidiera 191 .
En su última enfermedad mandó copiar para sí los salmos de David, que
llaman de la penitencia, los cuales son muy pocos, poniendo los cuadernos en la
pared ante los ojos. Día y noche, el santo enfermo los miraba y leía, llorando
copiosamente; y para que nadie le distrajera de su ocupación, unos diez días
antes de morir, nos pidió en nuestra presencia que nadie entrase a verle fuera de
las horas en que lo visitaban los médicos o se le llevaba de comer. Al fin,
conservando íntegros los miembros corporales, sin perder ni la vista ni el oído,
asistido de nosotros, que lo veíamos y orábamos con él, se durmió con sus
padres… Asistimos nosotros al sacrificio, ofrecido a Dios por la deposición de
su cuerpo, y fue sepultado. No hizo ningún testamento, porque como pobre de
Dios, nada tenía que dejar… Al morir dej a la Iglesia clero suficientísimo y
monasterios llenos de religiosos y religiosas, con su debida organización y su
biblioteca provista de sus libros y tratados y de otros santos; y en ellos se refleja
la grandeza singular de este hombre, dado por Dios a la Iglesia, y allí los fieles
lo encuentran inmortal y vivo 192 .
Murió el 28 de agosto del año 430 a los 76 años de edad. Al conocer su
muerte, el Papa Celestino, escribió el año 431: La vida y los méritos de Agustín,
de santa memoria, siempre lo tuvieron en nuestra comunión sin que jamás haya
pesado sobre él la más mínima sospecha. Lo recordamos como un hombre de
189 Carta 38, 1.
190 Posidio 28.
191 Posidio 29.
192 Posidio 31.
98
inmenso saber que mis predecesores siempre lo consideraron como uno de los
más grandes maestros 193 .
Después de su muerte san Agustín quedó como la única autoridad
teológica de referencia indiscutible. En el siglo VI se podía leer en un fresco de
la basílica de Letrán, donde estaba representado san Agustín: Los diferentes
Padres han explicado diferentes cosas, pero sólo él dijo todo en latín, explicando
los misterios con el trueno de su voz.
MILAGROS DESPUÉS DE SU MUERTE
Después de su muerte, el cuerpo de san Agustín fue colocado en la
basílica de la Paz. En el año 504 sus restos fueron llevados por sus monjes a
Cagliari en Cerdeña. El año 722 fueron comprados por el rey longobardo
Luitprando a precio de oro para que no fueran profanados por los musulmanes
que habían invadido la isla. Luitprando trasladó los restos de Cagliari a Pavía,
colocándolos en la basílica de San Pietro in Ciel d´Oro. A fines del siglo XIV la
familia Visconti mandó construir en la misma iglesia un arca, una especie de
mausoleo de mármol de Carrara, para colocar allí los restos del santo.
Este mausoleo tiene 3.95 m. de alto, 3.07 de ancho y 1.68 de profundidad.
En él hay 50 bajorrelieves, 95 estatuas y 420 cabezas de ángeles y santos. Todos
estos componentes están divididos en cuatro pisos. En el piso cuarto hay escenas
sobre la conversión, bautismo y milagros atribuidos a san Agustín. Algunos de
estos milagros fueron hechos en vida y otros después de su muerte. Estos
milagros fueron tomados de la Leyenda aurea del beato Jacopo da Varazze
(Jacopo della Voragine), que en español suele traducirse como Santiago de la
Voragine (1230-1298) 194 .
Veamos algunos de estos milagros relatados por Jacopo della Voragine en
el siglo XIII. Se dice e n general que san Agustín hizo muchos milagros y liberó
a endemoniados . Concretamente se habla de un joven con el mal de piedra , a
193 Carta 21 del Papa Celestino.
194 Este autor, beatificado por el Papa Pío VII en 1816, escribió en latín su libro Legenda sanctorum con
más de 180 vidas de santos. Su libro fue el santoral más popular de Europa en la Edad Media y uno de
los libros más copiados y extendidos. Ha sido varias veces traducido al español. Una de las
traducciones más recientes es la de fray José Manuel Macías, publicada por Alianza Editorial, Madrid,
2005, en dos tomos.
Es importante recordar que la palabra Leyenda viene de legenda, es decir, lo que se ha de leer. En la
Edad Media la palabra Leyenda no se refiere a hechos fantásticos, sino a biografías o vidas verdaderas.
Evidentemente en esa época no tenían el concepto histórico y crítico que tenemos ahora y pueden
mezclar hechos reales con tradiciones poco serias, pero no hay que descartar un fondo histórico y real,
aunque puedan discutirse algunos detalles.
99
quien su madre encomendó a la intercesión de san Agustín y quedó curado. Y lo
mismo de un ciego, que lo invocó con fe.
El rector de cierta iglesia llevaba tres años en cama, aquejado de una
grave enfermedad. Como era muy devoto de san Agustín, el día anterior a su
fiesta, por la tarde, al oír que tocaban a Vísperas, comenzó a invocarlo y a
encomendarse a él. San Agustín se le apareci vestido de blanco y le dijo: “Tú
me has llamado. Aquí estoy, levántate y celebra con fervor la fiesta en mi
honor”. Y el enfermo, completamente curado, se acerc a la iglesia con gran
admiración de todos.
Hacía el año 912, más de cuarenta hombres procedentes de Alemania y
Francia, todos ellos enfermos, emprendieron una peregrinación a Roma para
visitar la tumba de los Apstoles… Al llegar a Pavía y enterarse de que allí
estaba el cuerpo de san Agustín, comenzaron a gritar: “San Agustín, ayúdanos”.
Se acercaron a su sepulcro y quedaron todos curados. De modo que la fama del
santo se esparció por todas partes y muchos enfermos comenzaron a acudir a
esa iglesia y quedaban curados.
Lo cierto y real es que muchos enfermos eran curados en su sepulcro y
dejaban ex-votos en agradecimiento. Y era tal la cantidad de ellos que la capilla
del mausoleo se llenaba y los religiosos debían llevarlos a otro lugar, porque
impedían el paso 195 .
Un milagro más reciente sucedió en el pueblo de Arafo, de Tenerife Sur
(España). Se había cegado el manantial de agua de Añavin go, debido a un gran
derrumbamiento de tierra y piedras. Los trabajos realizados para destaparlo no
dieron resultados. Después de casi seis años, el 21 de setiembre de 1751, los
vecinos colocaron una imagen de san Agustín en una cueva del barranco. A la
mañana siguiente, quedó todo destapado y del manantial comenzó de nuevo a
brotar agua limpia. Todos lo consideraron un milagro. Dejaron la imagen
permanentemente en la cueva y, desde entonces, cada cuatro años realizan una
romería para recordar el milagro. Y bajan la imagen de la cueva hasta el pueblo.
El año 2009 asistieron más de 3.000 personas 196 .
Por otra parte, recordemos que en la iglesia de san Pietro in Ciel d´Oro de
Pavía todos los años, el 24 de abril, fiesta de su conversión, y el 28 de agosto,
fiesta de su muerte, los restos de san Agustín son expuestos a la veneración de
sus fieles en una urna de cristal y bronce dorado, donde se colocaron en 1833. Y
195 www.cassiciaco.it/navigazione/agostino/biografie/varagine.html y
www.catholic-forum.com/saints/golden000.htm
196 www.eldia.es/2009-08-09/sur/3-milagro-SanAgustin.htm
100
Dios sigue concediendo por su intercesión gracias extraordinarias, no sólo en
Pavía, sino en todos los lugares del mundo, donde se le invoca con fe.
LA ORDEN DE SAN AGUSTÍN
San Agustín fundó conventos de monjes en Tagaste, Hipona y Cartago.
Otro de clérigos en Hipona y otro de religiosas también en Hipona. Pero otros de
sus amigos y discípulos fundaron otros conventos con el espíritu agustiniano en
Milevi, Calama, Uzala, Cirta, Sitifi o Subsana, como se ve por algunas cartas de
Agustín en las que saluda al obispo y a los hermanos que allí moran al igual que
manda saludos de parte suya y de los hermanos que están conmigo . Todos se
regían por la Regla escrita por él hacia el año 397 según afirman algunos autores,
aunque en esto hay división de opiniones.
También se sabe que san Fulgencio (468-533), al salir desterrado de
África, fundó un convento en Cagliari y otro en Cerdeña.
Con la invasión de los bárbaros, algunos de estos monasterios
desaparecieron, pero volvieron a surgir, cuando el emperador de Bizancio
recuperó el África romana entre 533 y 534 y vinieron al norte de África algunos
monjes orientales, que hicieron resurgir la vida monástica, según el espíritu de
san Agustín.
A mediados del siglo VII vino la invasión árabe del África bizantina y,
después de una relativa tolerancia inicial, en el año 717, el califa Omar impuso
pena de destierro a quien no se convirtiera al Islam. Los pocos restos cristianos
que quedaban en el norte África desaparecieron al llegar los almohades en el
siglo XII.
Ante la invasión árabe, muchos monjes huyeron a España, Italia y Europa
meridional. Fundaron un monasterio en Mérida y otro en Ercávica, cerca de
Cuenca, en España, según san Ildefonso. Teniendo en cuenta que venían de
África es muy probable que se rigieran por la Regla de san Agustín como
verdaderos agustinos. Más tarde los Papas impusieron como Regla para todos la
de san Benito, identificándose monje con benedictino. Algunos autores
consideran que hay suficientes pruebas para creer que quedaron algunos
monasterios regidos por la Regla de san Agustín, distintos de los canónigos
regulares.
Además del monasterio de Mérida y del fundado por Donato con 70
monjes en Ercávica, hay referencia de dos conventos agustinos existentes, uno en
Burgos y otro en Salamanca, según documentación conservada en San Isidoro de
101
León. Más documentada es la presencia de colegios de canónigos regulares en las
catedrales, que se regían por la Regla de san Agustín. Durante la Edad Media,
según Van Bavel, la Regla de san Agustín tuvo amplia difusión en Francia,
España e Italia.
Aparte de algún monasterio aislado, especialmente en España, que
conservó vivo el espíritu agustiniano, había en otros países como Italia grupos de
ermitaños y de canónigos regulares que vivían según la Regla de san Agustín. En
el siglo XII, el Papa Inocencio II (1130-1142) asignó la Regla de san Agustín a
todos los grupos de canónigos regulares.
En el siglo XIII, en Italia, había muchos grupos de ermitaños que seguían
también esta Regla y, deseando que hubiera unidad entre ellos, enviaron cuatro
representantes en 1243 al Papa para unirse en una sola Orden. El Papa Inocencio
IV aprobó el proyecto para los ermitaños de Toscana (Italia) en 1244. Ésta es la
llamada pequeña Unión.
Pocos años más tarde se unieron los grupos de ermitaños del beato Juan
Bueno (1169-1249), los ermitaños de Bréttino, los guillermitas (fundados por san
Guillermo de Malavalle) y los ermitaños de Monte Favali, que eran otra rama de
guillermitas.
En el capítulo general tenido bajo la iniciativa del Papa Alejandro IV en
1256 se realizó la GRAN UNIÓN de todos los mencionados y se constituyó
oficialmente la Orden de ermitaños san Agustín. Así pues, la nueva Orden era
fundada por la Iglesia por medio de los Papas el año 1256. Al poco tiempo se
retiraron los guillermistas y los ermitaños de Monte Favali, pero ya estaba
formada la nueva Orden como Orden mendicante, a semejanza de los dominicos
y franciscanos, sin tener propiedades. No se dedicarían estrictamente a la vida
eremítica y contemplativa, vivirían en ciudades y se dedicarían al apostolado y al
estudio. Podrían ser sacerdotes y vivirían unidos en comunidad bajo Regla de san
Agustín, considerándolo como su fundador. Por eso, desde el principio pusieron
a san Agustín como titular de muchas iglesias y conventos.
Es interesante anotar que todos los santos agustinos han considerado a san
Agustín como su Padre y le han tenido mucha devoción. A algunos de ellos se les
aparecía, como a san Nicolás de Tolentino 197 , a la beata Ana Catalina Emmerick
de las canonesas regulares de san Agustín 198 , también a santa Rita 199 , a san
197 Pietro Monterubbiano en su Historia beati Nicolai de Tolentino , Biblioteca egidiana, Tolentino, 2007,
c. 7.
198 Así lo dice Schmoeger en su libro Vida y visiones de la venerable Ana Catalina Emmerick .
199 Breve raconto della vita e miracoli della beata Rita da Cascia a cura delle suore del monastero di
Santa Rita, Cascia, Stamperia della Camera apostolica, Roma, 1628, pp. 12-13.
102
Alonso de Orozco 200 , a la beata Inés de Ben igánim 201 y otros. Incluso el gran
santo Antonio de Padua, que había sido canónigo regular de san Agustín en su
juventud, conocía perfectamente sus obras y lo quería como a un Padre.
CUARTA PARTE
SU PENSAMIENTO
ESCRITOS DE SAN AGUSTÍN
Sus obras no fueron escritas sistemáticamente siguiendo un orden.
Muchos de sus tratados son circunstanciales, respondiendo a cuestiones
planteadas en carta o tratando de responder a los grandes problemas del
momento.
Por ejemplo al diácono cartaginés Deogracias, que le pide ayuda para
hacer la catequesis más atractiva, le escribe el libro De catechizandis rudibus
(Sobre cómo catequizar a los principiantes). Otro día es Quodvuldeus, también
diácono cartaginés, que le pide ayuda para discernir las herejías, y le escribió el
libro De haeresibus (Sobre las herejías) en el que hace un recuento de 88
herejías.
Las consultas le venían de distintos países como Italia, Francia, España, y
de distintas partes del norte de África y hasta de Palestina. A todas trataba de
responder por carta, que, a veces, eran pequeños tratados.
Sus sermones eran copiados por taquígrafos que los copiaban según
hablaba y después las distribuían a mucha gente por muchos lugares. Se
conservan cientos de ellos.
En 1975 Johannes Divjak en la biblioteca de Marsella halló una colección
de 27 cartas, conocidas como cartas Divjak, que provenían de un manuscrito de
entre 1455 y 1465.
En 1990 François Dolbeau, en París, descubrió un manuscrito de la
biblioteca municipal de Maguncia que contenía sermones desconocidos. Estaban
en un manuscrito de entre 1471 y 1475; y se los llamó Sermones Dolbeau.
200 Hernando de Rojas, Breve relación de la vida del venerable fray Alonso de Orozco , Información
sumaria de Madrid, según presentación de fray Agustín Fernández, p. 581.
201 Testimonio de su confesor, Felipe Benavent, en su libro sobre la beata por Josefa María de santa Inés,
Valencia, 1913, p. 83.
103
En 1969 la Academia austríaca de las Ciencias comenzó a catalogar todos
los manuscritos conocidos de san Agustín existentes en las bibliotecas de Europa.
Sólo del libro de las Confesiones, escrito entre 396 y 400, hay 262 manuscritos
entre el siglo VI y XV.
En sus Retractaciones san Agustín enumera 93 tratados escritos, que
comprenden 232 libros. Según el Indiculum o catálogo dejado por su biógrafo
san Posidio sus libros pueden dividirse en:
1.- Contra los paganos. 2.- Contra los académicos. 3.- Contra los judíos.
4.- Contra los maniqueos. 5.- Contra los priscilianistas. 6.- Contra los donatistas.
7.- Contra los pelagianos. 8.- Contra los arrianos. 9.- Contra los apolinaristas.
10.- Diversos libros o cartas para utilidad de los estudiosos. 11.- Comentarios a
los salmos. 12.- Cartas. 13.- Sermones. 14.- Tratados diversos.
Gracias a Dios, casi todos sus libros pudieron escapar del saqueo de
Hipona del año 432 por los vándalos. El mismo san Agustín según dice san
Posidio mirando a los venideros, mandaba siempre que guardasen con esmero
toda la biblioteca y los códices antiguos 202 .
Lo que no podía tolerar es que algunos consideraran sus escritos poco
menos que Palabra de Dios. Decía a sus fieles: Yo predico y escribo libros.
Escribo totalmente diferente a como fue escrito el canon de las Escrituras. Yo
aprendo algo nuevo cada día. Dicto mientras voy escrutando; hablo mientras
llamo a la puerta para entender. No tengáis por escritura canónica ningún libro
ni predicacin mía… Me indigno con quien recibe como cannico un libro
mío 203 .
Veamos los títulos más importantes de sus obras en latín.
OBRAS PRINCIPALES 204
Contra Académicos , libros III, año 386.
De beata vita , 386.
De ordine , año 386.
Soliloquia , II, año 386-387.
De immortalitate animae , año 387.
202 Posidio 31.
203 Brown Peter, Agustín , Ed. Acento, 2003, Madrid, p. 465.
204 El número romano significa el número de libros; y el otro número el año de su composición.
104
De musica , IV, entre 387-391.
De quantitate animae , 387-388.
De moribus Ecclesiae catholicae et manichaeorum , 388-389.
De genesi contra manichaeos , II, 388-389.
De libero arbitrio III , 388-395.
De magistro , 389.
De vera religione , 389-391.
De diversis quaestionibus 83, 389-396.
De utilitate credendi , 391-392.
De fide et symbolo , 393.
De genesi ad litteram liber imperfectus , 393-394.
De sermone Domini in monte , II, 393-396.
Psalmus contra Partem Donati , finales del 393.
De diversis quaestionibus ad Simplicianum . 396-397.
De agone christiano , 396.
De doctrina christiana , entre 397 y 426.
De catechizandis rudibus , 400.
Confessiones , XIII, 400.
Contra Faustum manichaeum , XXXIII, 400.
De consensu evangelistarum , V, 400.
De opere monachorum , 400.
De fide rerum quae non videntur , 400-402.
De bono coniugali , 400.
De sancta virginitate , 400-402.
Contra litteras Petiliani , III, 401.
De Trinitate , XV, 400-416.
De Genesi ad litteram , XII, 401-415.
Contra Cresconium , IV, 406.
Breviculus collationis cum donatistis , 411.
De civitate Dei , XXII, 413-426.
De bono viduitatis , 414.
Enarrationes in Psalmos , 391-415.
Tractatus in Ioannis Evangelium , 416-417.
In Epistula Ioannis ad parthos , 416.
De gratia Christi et peccato originali , II, 418.
De coniugiis adulterinis , 419.
Locutionum in Heptateuchum , VII, 419.
Contra duas epistulas pelagianorum , 420.
Contra mendacium ad Consentium , 420.
Contra adversarium legis et prophetarum , II, 420.
Contra Iulianum , IV, 421.
Enchiridion ad Laurentium , 421.
De cura pro mortuis gerenda , 421.
105
De gratia et libero arbitrio , 426-427.
De correptione et gratia , 426-427.
Retractationes , II, 426-427.
Collatio cum Maximino, arrianorum episcopus , 428.
De haeresibus ad Quodvultdeum , 428.
Tractatus adversus Iudaeos , 428.
De predestinatione sanctorum , 428-429.
Opus imperfectum contra Iulanium , 428-229.
Epistulae (Cartas) más de 300 en 40 años.
Sermones desde el año 391 al 430 más de 400.
PENSAMIENTOS DE SAN AGUSTÍN
a) A MISTAD
San Agustín tuvo muchos amigos. No era un solitario. Los amigos eran
para él como su media alma. No podía vivir sin amigos y era fiel a ellos en todo
momento. Cuando estando en Tagaste de profesor muere un amigo, fue tan fuerte
el golpe recibido que le parecía que la vida no tenía sentido para él. Sólo se
recuperó, yendo a Cartago y consolándose con otros amigos, especialmente con
Alipio y Nebridio. Ahora bien, él nos aclara que la verdadera amistad no es una
vinculación de intereses comunes o de búsqueda de placeres en común. Para que
haya verdadera amistad, ésta debe llevar a Dios. Si nos aparta de Dios, es una
mala amistad, de la que hay que huir como del demonio. Por eso, dice:
Bienaventurado el que te ama a Ti, Señor, y al enemigo en Ti. Porque no perderá
ningún amigo aquel que los ama a todos en Aquel que no puede perderse 205 .
No hay verdadera amistad sino entre aquellos que Vos unís en el amor,
que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos
ha dado 206 .
Por eso, ama verdaderamente a su amigo quien en su amigo ama a Dios,
o porque Dios vive en él o para que Dios viva en él. Si amas por otro motivo, es
más odio que amor 207 .
Por ello, el que por amor a un amigo desagrada a Dios, se hace enemigo
de sí mismo y de su amigo. Nos dice: ¿Niegas a tu Señor solamente por no
desagradar a tu amigo? Estoy viendo lo que te quita tu amigo, muéstrame lo que
205 Conf. 4, 9.
206 Conf. 4, 4.
207 Sermón 336, 2.
106
te va a dar… Ése no sería amigo tuyo… y piensas que es amigo tu enemigo. No
se niega a Cristo por agradar al amigo perverso 208 .
Se amigo de Cristo. Él quiere alojarse en tu casa. Hazle sitio. ¿Qué quiere
decir hazle sitio? Que no te ames a ti mismo y que lo ames a Él. Si te amas a ti
mismo, le cierras la puerta. Si lo amas, le abres 209 .
b) E L ALMA
Es lo más grande que tiene el ser humano, porque el cuerpo quedará un día
reducido a un montón de cenizas, mientras que el alma permanecerá para
siempre. Sin embargo, debemos cuidar el alma como cuidamos de nuestro
cuerpo. Debemos alimentarla con amor, oración, la palabra de Dios y la
comunión.
El alma bella debe estar rebosante de amor. El amor embellece el alma,
que está hecha para amar y que no puede contentarse con algo menos que el
AMOR con mayúscula, es decir, con Dios, que es AMOR. Dios nos ha hecho de
tal manera que nuestra alma no puede satisfacerse con las pequeñas cosas de este
mundo. Ha sido creada para Dios, ha sido creada para mares sin orillas, para
horizontes sin límites, es decir, para el infinito de Dios. De ahí que, además de la
oración, de la palabra de Dios y del amor que pongamos en nuestras obras, el
mejor alimento para nuestra alma no puede ser otro que el mismo Dios. Por ello,
Dios mismo se ha hecho alimento para nuestras almas en la comunión. Comulgar
cada día debería ser la meta de cada cristiano que desea amar a Dios con todo su
corazón para llegar a la plenitud del amor y de la felicidad en esta vida, en la
medida de lo posible, y después por toda la eternidad.
Ojalá podamos decir con san Agustín: Señor, has herido mi corazón con
tu palabra y te he amado (Conf. 10, 6). Por Ti suspiro día y noche (Conf. 7, 10).
Mi alma tiene hambre y sed de Ti (Conf. 3, 6). Pero ¡qué triste y fea queda el
alma que se ensucia por el pecado y se enferma por dentro!
Si la tenemos enferma, Jesús, el gran Médico, nos sanará de toda
enfermedad de soberbia, lujuria, ira, gula, envidia, etc. Él nos dice: Sanarás de
todas tus enfermedades. Me dices que son muy grandes, pero mayor es el
médico. Para el médico omnipotente no hay enfermedad incurable, únicamente
208 Sermón 299 D, 6.
209 Opta amicitiam Christi. Hospitari apud te vult; fac illi locum. Quid est, fac illi locum? Noli amare
teipsum, illi ama. Si te amaveris, claudis contra illum. S i ipsum amaveris, aperis illi (Enarrat. in ps.
131, 6).
107
ponte en sus manos y déjate curar por él 210 . Para ello es muy importante acudir
al sacramento de la confesión.
El alma llena de vicios, nos dice, es como una paloma. Cuando está
esclavizada por el amor terreno, su plumaje se vuelve pesado a causa del lodo y
no puede volar. Pero, cuando el lodo de los afectos terrenos es removido de sus
plumas, recobra su libertad y, ayudándose de las alas del amor de Dios y del
amor del prójimo, comienza su ascensión. Asciende porque ama 211 .
Después de la muerte debemos purificar el alma de las manchas de los
pecados. Al cielo no puede entrar nada manchado (Ap 21, 27). Por eso, debemos
rezar por los difuntos. Sobre ello, san Agustín escribió el libro De cura pro
mortuis gerenda (De cuidado que debemos tener de los difuntos). Y hay que
respetar sus cuerpos
No se deben tirar ni despreciar los cuerpos de los difuntos, sobre todo los
de los justos y fieles, de quienes usó el Espíritu Santo como de vasos y órganos
para todas las obras buenas 212 .
Todo lo tocante a las honras fúnebres, a la calidad de la sepultura o a la
solemnidad del entierro constituyen más un consuelo de vivos que ayuda a los
muertos 213 . Pero nos espera una gran recompensa (por nuestras buenas
ofrecidas por ellos), pues ante Dios no caerán en el vacío las delicadezas
derrochadas con los difuntos 214 .
Por eso, aprovechemos el tiempo para hacer el bien. Vivamos para Dios,
pensando en la eternidad.
Algunos tienen miedo a la muerte, que es separación del alma y del
cuerpo, pero la muerte verdadera, a la que no le temen es la separación del alma
de Dios. Temen la muerte del cuerpo y no temen la muerte del alma, que es la
verdadera muerte 215 .
210 Enarrat. in ps. 102, 5.
211 Enarrat. in ps. 121, 1.
212 Nec ideo tamen contemnenda et abiicienda sunt corpora defunctorum maximeque iustorum atque
fidelium quibus tanquam organis e t vasis ad omnia bona opera Sanctus us us est Spiritus ( La Ciudad
de Dios 1, 13).
213 La Ciudad de Dios 1, 12; Sermón 172, 1-2.
214 La Ciudad de Dios 1, 13.
215 Enarrat. in ps. 48, 2, 2.
108
c) L A VIDA ES UNA LUCHA
La historia humana es una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las
tinieblas. Esta lucha permanente la manifiesta san Agustín en su libro La Ciudad
de Dios , donde dice: Hasta la vida de los santos está empeñada en esta batalla
contra el mal 216 .
Nuestro corazón es un continuo campo de batalla. Un solo hombre pelea
con una multitud en su interior. Porque allí le molestan las sugestiones de la
avaricia, los estímulos de la liviandad, las atracciones de la gula… y con todo
esto es difícil que no reciba ninguna herida 217 .
Escuchadme pues, vosotros, quienquiera que seáis. Hablo con luchadores:
los guerreros me entienden, no me entiende el que no pelea. ¿Qué desea el
hombre casto? Que no se levante en él ningún deseo contrario a la castidad en
los miembros de su cuerpo. Quiere la paz, pero no la tiene aún 218 .
La vida espiritual para san Agustín es una lucha continua entre la carne y
el espíritu. Luchamos cada día en nuestro corazón 219 .
Lucha y trabaja, que ningún atleta es coronado sin sudor y sin esfuerzo.
La vida es una lucha, un certamen 220 . Debemos luchar para ser buenos, pero a
tanto llega la perversidad humana que se llama hombre al que es vencido por la
pasión carnal, y no se considera hombre al que la vence 221 .
El mismo Agustín en sus Confesiones nos habla ampliamente de esa
batalla que se dio dentro de su alma entre querer y no querer dejar el vicio y
abrazar la virtud. Dice: Mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, aquella
carnal y esta espiritual, luchaban entre sí y con su desavenencia desgarraban mi
alma 222 . Pero al final triunfó: ¡Qué agradable me resultó dejar de golpe la
dulzura de las frivolidades! Antes tenía miedo de perderlas y ahora me gustaba
dejarlas. Eras Tú quien las iba alejando de mí, Tú, Dios mío 223 .
Dos amores han construido dos ciudades, quiero decir: la terrena, el
amor de sí mismo que llega hasta el desprecio de Dios; y la celestial, el amor de
216 In isto bello est tota vita sanctorum (Sermón 151, 7).
217 Enarrat. In ps. 99, 11.
218 Sermón, 128, 10.
219 Pugnamus quotidie in corde nostro (Enarrat. in ps. 99, 11).
220 Sermón 163 A, 2.
221 Sermón 9, 12.
222 Conf. 8, 5.
223 Conf. 9, 1.
109
Dios que llega hasta el menosprecio de sí mismo 224 . Pero también la vida de
todo ser humano es una lucha interior contra el mal. Dice: Vuestros pecados son
vuestros enemigos, os siguen hasta el mar 225 .
En el santo bautismo se borran vuestros pecados, pero quedan en vigor
las concupiscencias con que hay que pelear. Sigue el combate dentro de vosotros
mismos. No temáis a ningún enemigo externo. Véncete a ti mismo y el mundo
será vencido. ¿Qué te puede hacer un tentador desde fuera, sea el diablo u otro
ministro suyo? Te propone por ejemplo el disfrute de una mujer hermosa, tú
interiormente sé casto y quedará vencida toda torpeza. Para que no te cautive
con la hermosura de una mujer ajena, lucha interiormente con la libido. No ves
al enemigo, pero sientes la fuerza de tu deseo; no ves al diablo, pero sí lo que te
atrae y deleita. Vence lo que sientes en tu interior. Combate sin tregua. Tu juez
te dio la gracia de renacer, te ha puesto a prueba y te propone la corona 226 .
d) L A OCIOSIDAD
Una de las cosas que más rechazaba san Agustín era la ociosidad, el
perder el tiempo. El tiempo es un tesoro que Dios nos ha regalado y debemos
emplearlo para el bien. Pero, como no sabemos hasta cuándo tenemos tiempo
disponible, debemos vivir en cada momento preparados, preparados para morir,
pues la vida es muy frágil y la muerte puede presentarse en cualquier momento.
La vida, decía san Agustín, es un instante de tiempo ante Dios 227 . Es un punto
entre dos eternidades . Por eso, hay que tomar la vida en serio, pues no hay vuelta
atrás para rectificar errores. Y sólo se vive una sola vez, no hay otra segunda
oportunidad.
Hay un dicho antiguo que dice: Los tiempos pasan, las generaciones
mueren y sólo Dios permanece . Sí, hay que pensar en el más allá y vivir para la
eternidad que nos espera. Como dice nuestro santo: Vive bien para no morir
mal 228 . Y no seas ocioso. Haz siempre algo útil, porque: El tiempo no toma
vacaciones 229 . Y decía: el amor nunca puede estar ocioso 230 y una vida sólo la
hace buena el amor 231 .
224 La Ciudad de Dios 14, 28.
225 Peccata vestra hostes sunt, sequuntur usque ad mare (Enarrat. in ps. 72, 3).
226 Sermón 57, 9.
227 Vita tua momentum temporis est ad Deum (Enarrat. in ps. 35, 13).
228 Sermón 102, 1.
229 Non vacant tempora (Conf. 4, 8).
230 Enarrat. in ps. 31, II, 5.
231 Sermón 311, 11.
110
Él se consideraba el servidor de todos, mendigo de los mendigos 232 , y en
algunas cartas comienza el encabezamiento, diciendo: Agustín, siervo de Cristo y
siervo de los siervos de Cristo 233 . Con vosotros soy cristiano, para vosotros
(para vuestro bien) soy obispo 234 .
Ahora bien, para san Agustín en esta vida somos caminantes, peregrinos
en país extraño, que van avanzando hacia la patria. Y no p odemos quedarnos
estancados. Debemos trabajar y avanzar sin detenernos. Dice: En esta vida somos
caminantes. ¿Me preguntáis qué es caminar? Avanzar siempre, debes estar
siempre descontento de lo que eres, si quieres llegar a ser lo que no eres. Si te
complaces en lo que eres, ya te has detenido allí. Y si te dices: “Ya basta”, estás
perdido. Vete siempre sumando, camina siempre, avanza siempre, no quieras
quedarte en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se detiene el que no
adelanta, vuelve atrás el que retorna a las cosas que ya dejó; se desvía el que
pierde la fe. Más seguro anda el cojo en el buen camino que el corredor fuera de
él 235 .
Alivia tu fatiga de caminante con el canto. No te domine la pereza. Canta
y camina: ¿Qué significa camina? Avanza siempre en el bien. Pues no faltan
quienes retroceden, yendo de mal en peor, como dice el Apóstol. Si tú progresas
y adelantas, caminas; pero progresa en el bien, progresa en la fe, progresa en
las buenas costumbres. Canta y camina. No te vuelvas atrás, no te detengas 236 .
Juntos busquemos la verdad y la felicidad en Dios. Porque tu alma (tu
vida) no es sólo tuya, sino de todos los hermanos, como sus almas son también
tuyas; mejor dicho, sus almas, juntamente con la tuya, no son varias almas, sino
una sola, la única de Cristo 237 .
Nuestra alma, debido a la única fe, es una sola y nosotros, los que
creemos en Cristo, somos un solo hombre 238 . Ea, hermanos, amemos juntos,
juntos nos inflamemos en esta sed, corramos juntos a la fuente. En Dios está la
fuente de la vida 239 . El amor nunca se sacia y, por eso, debemos siempre estar en
camino, porque el amor nunca puede estar ocioso 240 .
232 Mendicus mendicorum (Sermón 66, 5).
233 Servus Christi servorumque Christi (Carta 130).
234 Sermón 340, 1.
235 Sermón 169, 18.
236 Sermón 265, 3.
237 Carta 243, 4.
238 Enarrat. in ps. 103, 2.
239 Enarrat. in ps. 41, 2.
240 Ipsa dilectio vacare non potest (Enarrat . in ps. 31, II, 5). Non potest vacare amor in anima amantis
(Enarrat. in ps. 121, 1).
111
e) L IBERTAD
Dios nos ha dado la libertad para no ser robots automáticos sin
responsabilidad. Libertad es la capacidad de amar, es decir, de obrar el bien. Por
consiguiente, el que obra mal está abusando de la libertad que Dios le dio y se
convierte en esclavo. Así lo dice el mismo Jesús: El que peca, es un esclavo (Jn
8, 34).
San Agustín nos dice: No abuses de tu libertad para pecar libremente,
sino úsala para no pecar. Serás libre, si eres libre del pecado y siervo de la
verdad 241 . ¿Qué cosa puede haber má s gloriosa, hermanos, que ser sometidos y
vencidos por la verdad? 242 .
La ley de la libertad es la ley del amor 243 . Sólo el hombre bueno es libre.
Un hombre malo, aunque sea rey, es esclavo, no de los hombres, sino, lo que es
peor, de tantos dueños cuantos vicios tiene 244 .
De ahí que sea importante no dejarse dominar por las cosas materiales y
sus encantos. Hay que poseer las cosas y no ser poseídos por ellas 245 .
La verdadera libertad no consiste en hacer lo que nos da la gana, sino en
la alegría del bien obrar 246 .
No puede existir libertad sin responsabilidad. Pero cuando uno ama de
verdad y ama las cosas y a las personas por Dios entonces somos libres, porque
todo lo haremos de acuerdo a la voluntad de Dios. De ahí la frase de san Agustín:
Ama y di lo que quieras 247 . Ama y haz lo que quieras (Ama et quod vis fac). Si
callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si
perdonas, perdona por amor. De la raíz del amor no puede brotar sino el bien 248 .
Resumiendo el pensamiento de san Agustín sobre la libertad, podemos
decir con el padre Oroz Reta: El amor de Dios es la máxima libertad 249 .
241 In Io. Ev. 41, 8.
242 Enarrat. in ps. 57, 20.
243 Carta 167, 6, 19.
244 La Ciudad de Dios 4, 3.
245 Eis dominabitur, sic non tenebitur, sed tenebit ( De la verdadera religión 35, 65).
246 Enquiridión 31, 9.
247 Exposición de la carta a los Gálatas 57.
248 Exposición de la carta a los Partos 7, 8.
249 Oroz Reta José, El misterio del mal y la exigencia de la libertad , revista Augustinus 50, 2005, p. 212.
112
f) C AMINO DE LA INTERIORIDAD
Agustín comprendió en el año que precedió a su conversión, leyendo a los
neoplatónicos, que existía un mundo espiritual y que para llegar a él debía usar el
camino de la interioridad. Esto significa entrar dentro de nosotros mismos, pero
no para quedarse ahí, sino para usar el corazón como un trampolín para elevarnos
hasta Dios. En el fondo del corazón encontraremos la imagen de Dios y de allí
podremos elevarnos hasta Él.
Él afirma: Buscar la felicidad en la cosas externas, es prostituir el
alma 250 . Cuando el hombre se divierte con lo que está fuera de él, descuidando
su interior, se convierte en un pródigo que apacienta los puercos de sus
vanidades 251 .
Hay hombres que van de un lugar a otro para contemplar las alturas de
los montes, las grandes olas del mar, las caudalosas corrientes de los ríos, la
inmensidad del mar y el curso de los astros, y se alejan de sí mismos 252 . Es
decir, mucho turismo externo, pero poca interioridad. Por eso, decía: No salgas
de ti mismo, entra dentro de ti, porque en el interior del hombre habita la
verdad 253 .
Vuelve a tu corazón. Como en un destierro andas errante fuera de ti. ¿Te
ignoras a ti mismo y te vas en busca de quien te creó? Vuelve a tu corazón 254 .
¿Hasta cuándo vas a seguir dando vueltas como un sonámbulo por todo lo que te
rodea? Vuélvete a ti mismo, sondéate, inspecciónate 255 . Deja fuera tu vestido y
tu carne; baja a ti mismo y entra en tu interior y en tu mente. Y mira allí lo que
quiero decir, si es que puedes. Porque si tú mismo estás lejos de ti, ¿por dónde
vas a poder aproximarte a Dios? 256 .
Entra dentro de ti mismo, pero no te estaciones en ti. Ponte en las manos
de Aquel que te hizo y te buscó cuando estabas perdido, y te halló cuando huías
de él, y te convirtió y volvió a sí, cuando tú le volvías las espaldas. Entra en ti y
vete a Aquel que te creó 257 .
250 La Trinidad 12, 1, 1.
251 Sermón 96, 2.
252 Conf. 10, 8, 15.
253 Noli foras ire, in teipsum redi; in interiore homine habitat veritas ( De la verdadera religión 39, 72).
254 Redi, redi ad cor (In Io Ev. 18, 10).
255 Ad te redi, te vide, te inspice, te discute (Sermón 52, 17).
256 In Io. Ev. 23, 10.
257 Redi ad te et vade ad illum qui fecit te (Sermón 330, 3).
113
Mira en el fondo de tu alma la imagen de Dios. Eres moneda de Cristo.
Allí está la imagen de Cristo, allí el nombre de Cristo y allí la función y los
oficios de Cristo 258 .
Por eso, entra dentro de ti mismo, transciéndete a ti mismo 259 . Dios es más
interior que lo más íntimo de mí mismo y más superior que lo supremo de mí
mismo 260 .
Tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé.
El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera y por fuera te buscaba y feo
como estaba me echaba sobre la belleza de tus criaturas 261 . Tú estabas conmigo
pero yo no estaba contigo. Me llamaste, me gritaste y rompiste mi sordera.
Brillaste, y tu resplandor hizo desaparecer mi ceguera. Exhalaste tus perfumes y
respiré hondo. Suspiro por ti y tengo hambre y de sed de Ti 262 .
g) H UMILDAD
Para conseguir encontrar a Dios necesitamos humildad. Eso lo aprendió
san Agustín por propia experiencia. Mientras fue soberbio no pudo encontrarlo.
Y por eso, insiste tanto en que para caminar a Dios hay que estar llenos de
humildad. Después de leer a los neoplatónicos y descubrir un mundo nuevo, el
mundo del espíritu, se creyó un sabio.
Dice: Comenzaba a creer que era un sabio y no lloraba, sino que me
hinchaba con la ciencia, pero ¿dónde estaba el amor que edifica sobre la base
de la humildad, que es Cristo Jesús? ¿O cuándo me la iban a enseñar aquellos
libros? 263 .
Como no era humilde, no podía poseer a mi Dios, al humilde Jesús, ni
sabía que me quería enseñar con su flaqueza 264 . La soberbia es el principio de
todo pecado… Por este vicio, por este gran pecado de soberbia, vino Dios
humilde. Esta es la causa de esta venida 265 .
258 Moneta Christi homo est. Ibi imago Christi, ibi nomen Christi, ibi munus Christi et officia Christi
(Sermón 90, 110).
259 Transcende te ipsum ( De la verdadera religión 39, 72).
260 Interior intimo meo et superior summo meo (Conf. 3, 6).
261 Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova. Sero te amavi et ecce intus eras et ego foris, et ibi
te quaerebam et in ista formosa, quod fecisti, deformis irruebam (Conf. 10 ,27).
262 Ibídem.
263 Conf. 7, 20.
264 Conf. 7, 18.
265 In Io. Ev. 25, 15.
114
Dios se humilló y el hombre sigue soberbio 266 .Los humildes se parecen a
las piedras. Se encuentran siempre en el suelo, pero son sólidas. La soberbia en
cambio es como el humo, sube muy alto, pero se esfuma 267 .
¿Tú quieres ser grande? Comienza desde abajo. ¿Quieres construir un
palacio de mucha altura? Zanja primero el fundamento de la humildad y, según
sea la mole del edificio que se pretende y se dispone a levantar, cuanto más alto
sea el edificio, tanto más profundos serán los cimientos. Así el palacio grande va
subiendo a lo alto, mientras se edifica. Por tanto el edificio, antes de erguirse, se
abate y, después de haberse humillado, alcanza la elevación de su remate 268 .
A todos les agrada la cumbre, pero la humillación es la escalinata por
donde se sube. ¿Quieres caer en vez de subir? Para subir a la cima comienza
por subir la escalinata de la humildad. Aspiráis al vértice de la sublimidad, pero
¿podéis beber el cáliz de la humildad? 269 .
La medida de la humildad le ha sido tasada a cada uno por la medida de
su grandeza. Cuanto más arriba se está, tanto más peligrosa es la soberbia y te
tenderá mayores lazos 270 . La humildad es el único cimiento con suficiente
profundidad como para sostener el alto edificio de la caridad 271 .
No hay otro camino para buscar y hallar la verdad que el que ha sido
trazado por Él (Jesús) que como Dios conoce nuestros pasos vacilantes. Y te
digo que el primer camino es la humildad, el segundo la humildad y el tercero la
humildad y cuantas veces me lo preguntes te repetiré lo mismo 272 .
Por eso, la gran ciencia del hombre es saber que él por sí mismo, es nada
y que todo cuanto es, le viene de Dios y es de Dios 273 .
h) E L AMOR
El amor es lo que da sentido a nuestra vida. El amor es la gasolina del
coche de humildad de nuestra existencia. Sin amor nada vale nada. Todo es
266 Iam humilis Deus et adhuc superbus homo (Sermón 142, 6).
267 Humiles tamquam petra sunt, petra deorsum videtur, sed solida est. Superbi quid? Quasi fumus: etsi
alti sunt, evanescunt (Enarrat. in ps. 92, 3).
268 Sermón 69, 2.
269 Sermón 96, 3.
270 Mensura humilitatis cuique ex mensura ipsius magnitudinis data est ( De la santa virginidad 31, 13).
271 Fodi fundamentum humilitatis et pervenies ad fastigium caritatis (Sermón 69, 4).
272 Via prima humilitas, secunda, humilitas; tertia humilitas et quoties interrogares hoc dicerem (Carta
118, 3, 22).
273 Haec est ergo tota scientia magna, scire hominem, quia ipse per se nihil est et quoniam quidquid est a
Deo est et propter Deum est (Enarrat. in ps. 70, 1).
115
tinieblas y vacío. Hemos sido creados por amor y para amar. Dios es amor y
nosotros, en la medida en que participamos de su amor, seremos más felices en
esta vida y después por toda la eternidad. Por eso, nos dice san Agustín: Una vida
sólo la hace buena el amor 274 y la medida del amor es el amor sin medida 275 .
¿Quieres saber cómo es tu amor? Mira a dónde te lleva 276 . Hermanos y
hermanas, estamos de camino, amemos con ternura y caridad y olvidemos todo
aquello que se acaba con el tiempo 277 .
San Agustín, por el amor, estima la medida de la grandeza humana. Dice
alguien ponderando a uno: ¡Qué grande es ese hombre, qué valioso, qué
excelente! Yo te preguntó ¿por qué? Porque sabe mucho, contesta. No pregunto
lo que sabe, sino lo que ama 278 .
Cada cual es lo que es su amor. ¿Amas la tierra? Eres tierra ¿Amas a
Dios? No me atrevo a decirlo yo, escucha la Escritura: “Yo dije: Sois dioses
todos e hijos del Altísimo” 279 .
¿Cómo es la cara del amor? ¿Cómo es su cuerpo, su estatura, sus pies,
sus manos? Nadie puede decirlo, porque el amor, Dios, es invisible. Sin
embargo, es verdad que tiene pies: son los que caminan a la iglesia. Tiene
manos: son las que se extienden hacia el pobre. Tiene ojos: son los que ven a los
necesitados. Tiene oídos: son los que escuchan al Señor 280 .
El amor es la perfeccin de todas nuestras obras. Allí está el fin… No te
atasques en el camino, pues no llegarás al fin. No te detengas en cosa alguna
que encuentres en el camino hasta que logres el fin. ¿Cuál es el fin? Para mí,
unirme a Dios. Si te uniste a Dios, terminaste el camino, llegaste a la patria 281 .
Recuerda que a Dios vamos, no caminando, sino amando 282 . Amar es
caminar 283 . El amor es el más grande tesoro del ser humano y el único que podrá
llevarse al más allá. Por eso dice: Si tienes el corazón rebosante de amor, aunque
tengas los bolsillos vacíos, siempre tendrás algo que dar 284 .
274 Sermón 311, 11.
275 Est sine modo amare (Carta 109, 2).
276 Vis nosse qualis amor sit? Vide quo ducat (Enarrat. in ps. 121, 1).
277 In via sumus: curramus amore et caritate, obliviscentes temporalia (Sermón 346 b, 4).
278 Quid diligat quaero, non quid sciat (Sermón 313 A, 2).
279 Exposición de la carta a los Partos 2, 14.
280 Exposición de la carta a los Partos 7, 10.
281 Exposición de la carta a los Partos 10, 4-5.
282 Carta 155, 4, 13.
283 Amare, ambulare est (Enarrat. in ps. 147, 6).
284 Habet semper unde det cui plenum pectus caritatis (Enarrat. in ps. 36, s. 2, 13).
116
Oh amor, que siempre ardes y nunca te apagas. Caridad, Dios mío,
abrásame. ¿Mandáis la continencia? Dame lo que mandas y mándame lo que
quieras 285 .
i) B USCANDO A D IOS
San Agustín, por experiencia personal, se dio cuenta de que su alma, lejos
de Dios, estaba vacía. Por eso dice: Sólo sé, Señor, que sin Ti me va mal, no sólo
fuera de mí, sino aun dentro de mí mismo. Y que toda abundancia que no es mi
Dios, es indigencia 286 . Yo caminaba por tinieblas y resbaladeros y te buscaba
fuera de mí y no hallaba al Dios de mi corazón. Estaba metido en lo profundo
del mar y desconfiaba y desesperaba de hallar la verdad 287 .
Mi pecado más incurable era el no creerme pecador. Y había perdido la
esperanza de hallar la verdad en tu Iglesia, de la que ellos (maniqueos) me
habían apartado 288 .
¡ Oh, eterna verdad, verdadera caridad y amada eternidad! Tú eres mi
Dios. Por Ti suspiro día y noche. Cuando te conocí por vez primera, Tú me
acogiste para que viera que había algo que ver y que yo no estaba capacitado
para ver. Volviste a lanzar destellos y a lanzarlos contra la debilidad de mis
ojos. Dirigiste tus rayos con fuerza sobre mí y sentí un escalofrío de amor y de
terror. Me vi lejos de Ti, en la región de la desemejanza 289 .
Me sentía atraído hacia Ti por tu belleza, pero pronto me veía arrancado
de Ti por mi propio peso y, en medio de lamentos, volvía a desplomarme sobre
las realidades de la tierra. Este peso era mi costumbre carnal 290 .
Oh Dios, de quien separarse es morir, a quien acercarse es resucitar, con
quien habitar es vivir. Dios, de quien huir es caer, a quien volver es levantarse,
en quien apoyarse es estar seguro. Dios, a quien olvidar es perecer, a quien
buscar es renacer, a quien ver es poseer. A Él nos urge la fe, nos acerca la
esperanza y nos une el amor 291 .
285 Da quad iubes et iube quod vis (Conf. 10, 29).
286 Conf. 13, 8.
287 Conf. 6, 1.
288 Conf. 5, 10.
289 Conf. 7, 10.
290 Conf. 7, 17
291 Soliloquios 1, 1, 3.
117
Cuando te apartas del fuego, el fuego sigue dando calor, pero tú te
enfrías. Cuando te separas de la luz, la luz sigue alumbrando, pero tú te cubres
de sombras. Lo mismo ocurre cuando te alejas de Dios 292 . No quisiste estar en
las manos de Dios y te caíste, te hiciste añicos. Quedaste hecho pedazos como un
vaso cuando se le cae de las manos a un hombre. Y po r este despedazamiento
eres un enemigo de ti, estás en contra de ti mismo 293 .
Nada de este mundo puede saciar nuestra sed de infinito. ¿Qué vale la
tierra? ¿Qué valen todos los astros? ¿Qué vale el sol o la luna? ¿Qué vale todo
el ejército de los ángeles? Yo tengo sed del creador de todas estas cosas. Tengo
hambre y sed de Él 294 . Por eso, no es feliz el que goza del cuerpo o el que goza
del alma, sino el que goza de Dios 295 .
Amad lo bueno, hermanos míos. ¡Cuán bellas son las cosas que se os
meten por los ojos: el cielo, la tierra, el mar con todo lo que entraña, las
estrellas que resplandecen en lo alto, el sol que nos da el día, la luna que templa
la noche, las aves, los peces, los hombres, hechos a imagen de Dios, alabadores
de las criaturas, amantes de las criaturas. Todo lo que arrebata vuestro amor es
hechura suya. Si no fueran hermosas, no las amaríais. Y ¿cómo podrían ser
hermosas, si no hubieran sido creadas por el Hermoso Invisible? Amas el oro:
Dios lo creó. Amas los cuerpos bellos: obra de Dios son. Te agrada la amenidad
de los campos: Dios la creó. La luz te hechiza con su esplendor: criatura suya
es. ¡Cuán digno de tu amor no será el que hizo cosas tan amables! No te digo
que nada ames, sino que ordenes tu amor 296 .
Dios es tu todo: si tienes hambr e, es tu pan; si tienes sed, es tu agua; si
estás en la oscuridad, es tu luz 297 .
Oh, Dios mío, heriste mi corazón con tu palabra y te amé 298 . ¡Oh eterna
verdad, verdadera caridad y amada eternidad! Tú eres mi Dios. Por Ti suspiro
día y noche 299 .
Pero, ¿qué es lo que amo cuando te amo a Ti? No una belleza física, ni
una belleza pasajera, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos, ni
las dulces melodías y lindas canciones, ni la fragancia de las flores, de los
292 Sermón 170, 11.
293 Et quia fractus es, ideo adversus es tibi, ideo es contra te (Sermón 128, 9).
294 Sermón 158, 7.
295 La Ciudad de Dios 8, 8.
296 Sermón 335 C, 13.
297 Deus totum est; si esuris, panis tibi est; si sitis, aqua tibi est; si in tenebris es, lumen tibi est (In Io. Ev.
tr. 13, 5).
298 Conf. 10, 6.
299 Conf. 7, 10.
118
ungüentos y de los aromas, ni el maná, ni la miel, ni los miembros atrayentes a
los abrazos físicos. Nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo,
amo una especie de luz y una especie de voz y una especie de olor y una especie
de comida y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz,
fragancia, comida y abrazo de mi yo interior. Aquí resplandece ante mi alma una
luz que no está circunscrita por el espacio, resuena lo que no arrastra consigo el
tiempo, exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento, se saborea lo que la
voracidad no desgasta, queda profundamente asimilado lo que la saciedad no
puede extirpar. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.
Y qué es esto? Pregunté a la tierra y me respondi: “No soy yo”.
Idéntica respuesta me dieron todas las cosas que se hallan en ella. Pregunté al
mar, a los abismos y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: “Nosotros
no somos tu Dios. Búscalo por encima de nosotros”. Pregunté a la brisa, y me
respondió la totalidad del aire con todos sus habitantes: “Yo no soy tu Dios”.
Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. “Tampoco nosotros somos el
Dios que buscas”, respondieron.
Entonces me dirigí a todas las cosas que rodean las puertas de mi ser:
“Háblenme de mi Dios, ya que ustedes no lo son. Díganme algo de Él”. Y me
gritaron con voz poderosa: “Él es quien nos hizo”. Mi pregunta era mi mirada;
su respuesta era su belleza 300 .
CRISTO
San Agustín habla mucho en sus obras del cuerpo místico de Cristo: Cristo
es la cabeza y la Iglesia es el cuerpo místico. Habla del Cristo total, cuerpo y
cabeza, es decir, Cristo y la Iglesia, que unidos forman el Cristo total. Y dice:
Nadie puede llegar a la salvación si no tiene a Cristo por cabeza, si no estuviera
en su Cuerpo, que es la Iglesia, a la cual, como a la misma cabeza, debemos
reconocer en las santas Escrituras 301 .
Cristo ruega por nosotros como sacerdote nuestro, ruega en nosotros
como cabeza nuestra y nosotros oramos a Él como nuestro Dios. Reconozcamos
pues en Él nuestras voces y su voz en nosotros 302 .
Y nos aclara que todos somos uno en Cristo Jesús, como dice san Pablo:
El pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo
300 Conf. 10, 8-9.
301 De la unidad de la Iglesia 19, 49.
302 Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster.
Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis (Enarrat. in ps. 85, 1).
119
pan (1 Co 10, 17). Nos dice: En realidad tu alma no es solo tuya, sino de todos
los hermanos, como sus almas son también tuyas, mejor dicho, sus almas
juntamente con la tuya, no son varias almas sino una sola, la única de Cristo 303 .
Con esto nos está diciendo que estamos tan unidos que no podemos
desentendernos de la salvación de los demás y que, si uno va por buen o mal
camino, de alguna manera esto afecta a los demás.
Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres. Por eso, nos dice:
Reconoce a Cristo y, por el hombre, sube a Dios, uniéndote a Él, pues por
nuestras fuerzas no lo conseguiremos 304 . Ayudemos a los demás a amar a
Jesucristo y seamos felices con su salvación. Predicad a Cristo donde podáis, a
los que podáis, como podáis. Se os pide a vosotros la fe, no la elocuencia. Hable
la fe en vosotros, pues es Cristo quien habla. Si hay fe en vosotros, habita Cristo
en vosotros 305 .
Agustín, por la autoridad de la Escritura, confirmada por la autoridad de la
Iglesia desde tiempos de los apóstoles, creía en la presencia real de Jesús en la
Eucaristía.
Un domingo, explicando en la misa el tema de la Eucaristía les decía: Esto
que veis, hermanos, en la mesa del Señor es pan y vino, pero este pan y este vino,
por mediación de la palabra, se hacen cuerpo y sangre del Verbo… Porque si no
se dicen las palabras, lo que hay es pan y vino; añade las palabras y ya son otra
cosa. ¿Y qué otra cosa son? El cuerpo de Cristo y la sangre de Cristo. Suprime
la palabra y sólo es pan y vino, añade la palabra y será hecho el sacramento.
Por eso, decís Amén. Decir amén es dar asentimiento a lo que dice. Amén quiere
decir en latín es verdad 306 .
Y decía: Casi en cada página de la Escritura no suena otra palabra que
Cristo y la Iglesia 307 .
Él nos aconseja seguir a Cristo, nuestro guía y camino. Dice: Siguiendo el
camino de la humanidad (de Cristo) llegarás a la divinidad. No andes buscando
por dónde ir fuera de Él. Si no hubiera querido ser nuestro camino, estaríamos
extraviados. Se hizo camino por dónde ir. ¡Levántate y anda! Anda con la
conducta, no con los pies. Muchos andan bien con los pies y mal con la
303 Anima tua non est propria, sed omnium fratrum; quorum etiam animae tuae sunt, vel potius quorum
animae cum tua non animae, sed anima una est, Christi unica (Carta 243, 4).
304 Sermón 82, 6.
305 Sermón 260 E, 2.
306 Sermón 229, 1-3.
307 Prope omnis pagina nihil aliud sonat, quam Christum et Ecclesiam. (Sermón 46, 33.)
120
conducta. Y hay quienes andan bien, pero fuera de camino, corren bien, pero no
por el Camino (Cristo) y cuanto más andan, más se extravían, pues se alejan del
Camino. ¡Qué lástima dan por bien que anden! Preferible es ir por el Camino
cojeando, que ir bravamente fuera del Camino 308 .
LA VIRGEN MARÍA
San Agustín amó mucho a la Virgen María como madre de Dios y madre
nuestra, como virgen perpetua y como inmaculada, sin mancha de pecado
original. Decía: Siendo Virgen concibió; admiraos: sin perder la virginidad, dio
a luz; admiraos más todavía: permaneció virgen después del parto 309 . ¿De
dónde te viene a ti tan soberano don? Eres virgen, eres santa. Mucho es lo que
mereciste y mucho más lo que recibiste de gracia 310 .
Jesús nació de Padre sin Madre, de Madre sin Padre; Dios sin madre,
hombre sin padre; sin madre antes de todos los tiempos; sin padre en el fin de
los tiempos 311 .
María también es la nueva Eva, pues por Eva vino la muerte y por María
vino la vida. Dice: Por el sexo femenino cayó el hombre, por el sexo femenino
fue reparado; porque la Virgen dio a luz a Cristo, la mujer anunció la
resurrección. Por la mujer vino la muerte, por la mujer vino la vida 312 .
Amemos a Jesús. Él es el más hermoso entre los hijos de los hombres: es
el hijo de santa María, el esposo de la santa Iglesia, a la que hizo semejante a su
madre 313 .
Ella es inmaculada. El año 415, en plena polémica antipelagiana, dice san
Agustín: La piedad exige que confesemos a María exenta de pecado.
Exceptuando, pues a la santa Virgen María, acerca de la cual, por el honor
debido a nuestro Señor cuando se trata de pecados, no quiero tener
absolutamente ninguna discusión; pues a ella le fueron concedidos más
privilegios de gracia para vencer de todo punto el pecado, pues mereció
concebir y dar a luz al que no tuvo pecado alguno 314 .
308 Sermón 141, 4.
309 Sermón 196, 1.
310 Sermón 291, 6.
311 In Io. Ev. tr. 8, 8; Sermón 214, 6.
312 Sermón 232, 2.
313 Sermón 195, 2.
314 Sine peccato confiteri Virgine Maria de qua, propter honorem Domini, nullam prorsus cum de peccatis
agitur, haberi volo quaestionem; unde enim sci mus, quod ei plus gratiae collatum fuerit ad vincendum
omni ex parte peccatum, quae concipere ac parere meruit quem constat nullum habuisse peccatum ( De
naturaleza y gracia 36, 42).
121
Por eso, nuestra vida cristiana debe ser un seguir a Cristo, imitando a
María. Nos dice: Imitadla en cuanto os sea posible… Lo que os admira en la
carne de María, obradlo en lo íntimo de vuestras almas. Pues el que profesa una
fe auténtica, concibe a Cristo y el que lo confiesa con su boca, da a luz a
Cristo 315 .
SAGRADA ESCRITURA
Hubo un momento en que despreció la Escritura por estar escrita en
lenguaje popular y él era un hombre de letras. Dice en la Confesiones: Tomé la
decisión de dedicarme al estudio de las Sagradas Escrituras. Entonces me di
cuenta de que no están al alcance de la gente orgullosa, algo que está asimismo
oculto a los niños. Algo cuya entrada es humilde, pero que en el interior es
sublime y lleno de misterios.
Yo no era la persona apta para poder adentrarme en ellas, ni para
agachar la cabeza pare trasponer sus pasos. Cuando me interesé por su lectura,
mis sentimientos no coincidían con los sentimientos que actualmente expreso. A
primera vista, me dio la impresión que no tenían categoría suficiente para
confrontarse con la majestad de los escritos de Tulio. Mi pedantería no aceptaba
su estilo simple, y mi corta vista no era capaz de penetrar en sus interioridades.
Pero en el fondo, esta Escritura está hecha para crecer con los pequeñuelos. Y,
claro, yo rehusaba ser pequeñuelo; por estar hinchado de orgullo, me
consideraba un fuera de serie 316 .
Pero, cuando se convirtió, se dio cuenta que de allí estaba la fuente de
agua viva que saciaba toda su sed de Dios. Y les decía a sus fieles: Al verme
enfermo y débil para encontrar la verdad basada en la razón pura y, al tener
necesidad de la autoridad de las Sagradas Escrituras, comenzaba a penetrarme
la convicción de que Tú no le habrías dado tal prestigio y competencia a
aquellas Escrituras a lo largo y ancho del mundo, si no hubieras querido que
creyéramos en Ti y te buscáramos por medio de ellas… La autoridad de las
Escrituras se me hacía tanto más respetable y digna de fe sagrada, cuanto más
accesible y cercana es su lectura a todos; guardando por un lado la autoridad de
sus misterios secretos bajo un sentimiento más profundo y exteriorizándose por
otro lado ante la totalidad de los hombres con palabras bien claras y con un
lenguaje sencillísimo 317 .
315 Sermón 191, 4.
316 Conf. 3, 5.
317 Conf. 6 ,5.
122
En un sermón decía: Os hablo yo, escarmentado cuando muy joven quise
llevar a estudio de la divina Escritura la agudeza dialéctica más que la piedad
en la investigación. Yo mismo, con mis malas costumbres, me cerraba la puerta
de mi Señor. Debía llamar para que se me abriese y yo la empujaba para
cerrarla. Soberbiamente quería entender lo que sólo con humildad se halla.
¡Cuánto más felices sois vosotros ahora y con qué seguridad y resguardo, siendo
todavía pequeñitos, estáis en el nido de la fe, recibiendo los alimentos
espirituales. Yo, en cambio, desgraciado, creyéndome con arrestos para volar,
abandoné el nido y antes de volar caí al suelo. Pero el Señor misericordioso me
levantó y me volvió al nido para que no me pisoteasen y matasen los transeúntes.
Porque a mí me trastornaron estas mismas cosas que ahora, seguro, en nombre
del Señor, os expongo y declaro 318 .
Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas
las Escrituras, que es un mismo Verbo el que resuena en la boca de todas las
Escrituras sagradas, el que siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita
sílabas, porque no está sometido al tiempo 319 .
Tened en cuenta que Dios en las Escrituras habla a los hombres a la
manera de los hombres 320 .
Los herejes… no son herejes por haberlas menospreciado, sino por no
haberlas entendido 321 .
Es maravillosa la profundidad de las Escrituras, Dios mío, maravillosa
profundidad. Da vértigo asomarse a esa profundidad. Es un vértigo de respeto y
un temblor de amor 322 .
A veces no podemos entenderlo todo. Si pudiésemos entender con
facilidad todo lo que contienen las Escrituras, ni nuestra búsqueda sería
trabajosa, ni podríamos saborear la dulzura del encuentro con la verdad 323 .
Tengamos en cuenta que peregrinamos, suspiramos, gemimos y nos
llegaron las cartas de nuestra patria (celestial) y se las hemos leído 324 .
318 Sermón 51, 6.
319 Enarrat. in ps. 103, IV, 1.
320 Cuestiones del Heptateúco 1, 39.
321 Carta 120, 3, 13.
322 Conf. 12, 14.
323 De la verdadera religión 17, 33.
324 Enarrat. in ps. 149, 5.
123
IGLESIA CATÓLICA
San Agustín amó mucho a la Iglesia católica una vez convertido y la
consideraba como su madre espiritual. Él fue quien divulgó por todas partes el
título de Mater Ecclesiae (madre Iglesia). Y dice: Amemos a Dios nuestro Señor,
amemos a la Iglesia; a Aquel como Padre, a ésta como Madre; a Aquel como
Señor, a ésta como su esclava; porque somos hijos de su esclava. Amad pues,
carísimos hermanos, unánimemente a Dios Padre y a la Iglesia Madre 325 .
Nadie puede tener propicio a Dios Padre , si desprecia a la Iglesia
Madre 326 . Amad, honrad a la santa Iglesia, vuestra Madre, como a la santa
ciudad de Dios, la Jerusalén celestial 327 .
Oh Iglesia católica, verdadera esposa del verdadero Cristo, guárdate
mucho de la impiedad maniquea… No te dejes engaar por esta palabra:
“Verdad”. Slo tú la posees en tu leche y en tu pan. Los maniqueos tienen
únicamente el vocablo. Ciertamente puedes estar segura de tus hijos mayores,
pero tiemblo por los pequeños, mis hermanos, mis hijos, por esos párvulos que tú
calientas como polluelos bajo tus alas y nutres con tu leche 328 .
La Iglesia católica no enseña lo que pensábamos y sin razón
censurábamos 329 .
Siento el gozo y la vergüenza de haber vociferado durante tantos años, no
contra la fe católica, sino (contra lo que creía era la fe católica) contra las
quimeras creadas por mi propia imaginación. Mi actitud había sido temeraria e
impía, porque lo que debía aprender preguntando, lo había formulado
acusando 330 .
Cuando comencé a conocer la fe católica, pude comprobar que en ella
había más tolerancia, equilibrio y sinceridad en la aplicación del mandato de
creer… En cambio los maniqueos se burlaban de la fe con promesas temerarias
de conocimiento científico para luego obligar a creer una cantidad de fábulas y
absurdos imposibles de demostrar 331 .
325 Enarrat. in ps. 88, II, 14.
326 Sermón 255, A.
327 Sermón 214, 11.
328 Contra Fausto 15, 3.
329 Non docet catholica fides quod putabamus et vani accusabamus (Conf. 6, 11).
330 Conf. 6, 3.
331 Conf. 6, 5.
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Él no dudaba de la gran autoridad que tenía la Iglesia, que es columna y
fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15). Por eso recalcaba: No creería ni al
Evangelio mismo, si no me moviese a ello la autoridad de la Iglesia católica 332 .
Y cuando el Papa Zósimo condenó a Pelagio, Agustín dijo: Causa finita est:
utinam aliquando finiatur error (El asunto se ha terminado, ojalá que termine
pronto el error) 333 . Y dice también: Ipsa est petra quam non vincunt superbae
inferorum portae (La cátedra de Pedro, es decir, la autoridad del Papa es la
piedra a la que no vencen las puertas soberbias de los infiernos 334 .
Con la autoridad apostólica se resuelven muchos enigmas de la
Escritura 335 .
Amemos a la Iglesia católica, permanezcamos en ella y la defendamos 336 .
Os amonesto que améis esta Iglesia, que permanezcáis en esta Iglesia 337 .
Que nadie os engañe, la Iglesia católica es la auténtica. A Cristo no lo
hemos visto, pero sí a la Iglesia; creamos lo que nos dice de él. Los apóstoles lo
veían a él y creían lo referente a ella. Ellos veían a Cristo y creían en la Iglesia,
que no veían. Nosotros vemos a la Iglesia, creamos también en Cristo a quien no
vemos 338 .
SALVACIÓN DE LAS ALMAS
Nos dice san Posidio en la biografía de san Agustín: Comunicaba a los
demás lo que recibía del cielo con su estudio y oración, enseñando a presentes y
ausentes con su palabra y escritos 339 . Enseñaba y predicaba, privada y
públicamente, en casa y en la iglesia la palabra de salvación eterna contra las
herejías de África, combatiéndolos, ora con libros, ora con improvisadas
conferencias, siendo esto causa de inmensa alegría y admiración para los
católicos 340 . Nombrado obispo predicaba la palabra de salvación con más
entusiasmo, fervor y autoridad, no sólo en una región, sino dondequiera que le
332 Contra la carta que llaman del fundamento.
333 Sermón 131, 10.
334 Salmo contra la secta de Donato .
335 Habentes auctoritatem apostolicam,… multa de libris Veteris Testamenti solvuntur aenigmata
( Comentario al Génesis contra los maniqueos II, 2, 3).
336 Nos pro Ecclesia catholica… amamus, tenemus, defendimus (Sermón 358, 1).
337 Hortor vos, amate hanc Ecclesiam, estote in tali Ecclesia, estote talis Ecclesia (Sermón 138, 10).
338 Nemo vos fallat: ipsa est vera, ipsa est c atholica. Christum non vidimus, hanc videmus: de illo
credamus… Videbant apostoli Christum et credebam Ecclesiam quam non videbant (Sermón 238, 3).
Este texto es interesante para quienes aceptan a Cristo, pero no a la Iglesia.
339 Posidio 3.
340 Ib. 7.
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rogasen; acudía pronta y alegremente, con provecho y crecimiento de la Iglesia
de Dios, dispuesto siempre para dar razón a los que se la pedían de su fe y
esperanza en Dios 341 .
San Agustín fue un celoso pastor que quería la salvación de todos sus
feligreses y a todos quería apartarlos de pecado y del error. Y decía: No quiero
salvarme sin vosotros 342 .
Pero en su apostolado, para fortalecer la fe de los católicos y convertir a
los extraviados por el error, distinguía muy bien entre la persona y el error.
Decía: Ama al pecador, no por ser pecador, sino por ser hombre 343 .
Y en cuanto a por qué permite Dios el mal en el mundo, él nos dice: Dios
no permitiría los males, si no sacara más bienes de los mismos males 344 .
Al final, qué alegría y bendición poder llegar a la verdad en la fe católica
como el mismo Agustín, que decía: Sólo sé que me iba muy mal lejos de Ti y que
toda la abundancia que no es mi Dios, es indigencia 345 .
EL CIELO
Somos caminantes y peregrinos en esta vida. Vamos hacia la patria
celestial. Peregrinamos, suspiramos, gemimos, pero nos llegan cartas de nuestra
patria y os las leemos 346 . Se refiere a los mensajes de Dios escritos en las
Escrituras. Y sigue diciendo: Aquí somos inquilinos, en el cielo seremos
moradores 347 .
¡Qué inmensa será aquella felicidad donde no habrá mal alguno, donde
no faltará ningún bien, donde toda ocupación será alabar a Dios, que será todo
para todos! 348 .
Allí viviremos con una felicidad total, porque tendremos a Dios, ya que la
felicidad completa consiste en esto: gozar de Ti, para Ti y por Ti. Esta es la
felicidad, ni más ni menos. Y todos los que piensan quo la felicidad es otra cosa,
341 Ib. c. IX.
342 Nolo salvus ese sine vobis (Sermón 17, 2).
343 Dilige peccatorem non in quantum peccator est sed in quantum homo est (Sermón 4, 20).
344 Enquiridión 13, 8.
345 Conf. 13, 8.
346 Enarrat. in ps. 149, 5.
347 Inquilini enim hic sumus, habitatores in caelo erimus (Enarrat. in ps. 60, 6).
348 Quanta illa felicitas ubi nullum eri t malum, nullum latebit bonum, v acabitur Dei laudibus, qui erit
omnia in omnibus ( La Ciudad de Dios 22, 30).
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es claro que el tipo de felicidad que andan buscando es otro y no la felicidad
auténtica 349 .