Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Mensaje de la Cuaresma: Conviértanse y crean en el
Evangelio.
“Es la Iglesia lugar para la conversión.
Desde ella la salvación sigue su camino
en busca de todos los hombres”
Todos, sin excepción, estamos llamados a dar testimonio del Evangelio
de Jesucristo. Por ello hay que abrir el corazón para empezar un camino de la
conversión, de una verdadera conversión.
Desde la parroquia de San Antonio de Padua, Municipio Mejía tenemos
como objetivo general sensibilizar a todos para que se empiece a conocer para
amar a Dios. “Conócelo y ámalo” Ya que nadie ama lo que no conoce. Y si
conocemos a Dios iremos descubriendo ese examen de conciencia personal y
comunitaria, que nos lleve al reconocimiento de nuestro pecado y a la
conversión, para evangelizar hoy a nuestro mundo. Esa conversión siempre
será iniciativa de Dios bien marcado en Marcos 1,15 y subrayado en aquellas
palabras tan lapidarias de Lucas 9,25 “¿De qué le sirve al hombre ganar el
mundo entero si se pierde a si mismo?” Jamás, pero nunca Dios no ha dejado
al hombre a su propia suerte. Es un Dios que conoce los sufrimientos y
situaciones de su pueblo. Es Dios quien quiere sacarlos de su torpeza y de sus
cobardías, sacudirle, estimularle, ayudarle a caminar (Éxodo 3,7-8) y todo en
ese reconocimiento del Señor como Dios, y que no hay otro fuera de Él
(Deuteronomio 4,34-35)
Ese mensaje necesita que la humanidad se de cuenta de esa llamada a
la conversión. Dios quiere, por encima de todo, que los hombres se salven y
que nadie quede por fuera. Que hermosa oferta que un día fue promesa y que
hoy se hace realidad. Dios quiere, que al igual que el pueblo de Israel, nosotros
también tomemos conciencia de esa pertenencia a Dios que busca sin
cansarse de salvarnos.
Claro no hay que dejar a un lado que el tentador seguirá buscando por
donde meterse para hacernos caer y no lograr que nuestra alma esté en el
amor con Dios. En esas caídas tan bien aplaudidas por el tentador, Dios sigue
perdonando pero para ello necesita nuestra aprobación. Nada sin libertad, todo
en libertad de los verdaderos hijos de Dios. Todos pudimos observar la visión
del profeta Oseas que nos demuestra como el hombre tercamente busca y
busca como alejarse de Dios y ese Dios que permanece fiel al amor a la
humanidad. (Oseas 11,1-2.4.8-11) Que no es otra cosa que un amor de Dios
que se hace siempre misericordia.
Convertirse es volver con claridad ante un Dios que nos persigue para
salvarnos. Si no fuera así la humanidad estaría asistiendo a su propia
destrucción. Porque sin la misericordia constante, el hombre fallaría el camino;
se frustraría. Dios le llama, le busca, lo atrae con un amor de verdad. De ese
amor se llega a la plenitud cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros y muy bien descrito en Hebreos 4, 15 “Cristo se hizo Igual a nosotros
en todo menos en el pecado”
Es maravilloso saber que Dios nos ama y nos invita. No hay nadie que
haya encontrado a Jesús y no haya sentido el atractivo de su persona. Su
presencia despierta en el hombre sus deseos más limpios y verdaderos, y hace
renacer en él la esperanza de una vida perdonada, plena. En Jesús hay esa
llamada de volverse para mirarlo. Y en esa mirada quedarse para siempre, no
en sus ojos, sino en toda su vida. La conversión es siempre una gracia
reconocida y secundada. En toda conversión debe haber mucha humildad y
sencillez.
Convertirse para poder mirar a los ojos a Dios; para saber lo que es la
ternura de Dios; para que al igual que Zaqueo sentir esa alegría de encuentro y
perdón. Todo porque el perdón despierta en cada uno de nosotros un cambio
que transforma. La conversión busca la aparición del hombre nuevo. Aunque
también tentados a decirle a Dios que no. Observemos al joven rico en Marcos
10, 17-22 donde en el mal ejercicio del libre albedrío se resiste a la llamada de
Dios. Que gran diferencia entre Zaqueo y este joven rico.
Para finalizar no podemos olvidar que en la oración sincera, descarnada
y delante de la presencia de Dios encontramos una misericordia de Dios que
siempre desborda. Aceptar esta misericordia significa reconocer que el único
fundamento sólido de la vida es el amor misericordioso de Dios. Esta
misericordia revela todo su poder siendo capaz de sacar bien incluso de
nuestro propio mal. Bien observado en la parábola del Hijo Pródigo donde Dios
sabe esperar el regreso del hijo caído en la oscuridad. Una oración que es
capaz de hacer el mejor descubrimiento en el abrazo de Dios en una pascua
eterna. “Tanto amo Dios al mundo que entregó a su propio Hijo... no para
juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Juan 3,16-17) Todo
gracias al misterio que se realiza en la Pascua, Cristo restablece y lleva a su
plenitud la Alianza de Dios que habla establecido con el hombre, en la historia
de Israel, amenazada una y otra vez por el pecado.
“No fue cualquier sangre.
La de Cristo redime y salva.
Presencia real de aquella cena de amor”
mrivassnchez@gmail.com