Se llamaba Manuel

Autor: Manolo Campa        

 

 

 Manuel era un personaje extraordinario. Un hombre de oración y acción. Donde quiera que estuvo hizo el bien. Con alta estima voy a contar un poquito de su edificante historia.

Era alto, ni gordo ni flaco. De ojos azules que usaba de maravilla para manifestar alegría o enfado. Era un quijote tenaz tratando de hacer del mundo, de su parte del mundo, un lugar mejor impregnándolo de Evangelio.

Lo vi por última vez dos meses antes de su muerte. De lejos era una estampa de la ancianidad. De cerca contagiaba con su alegría y dinamismo. Nacido en Galicia, había empleado su juventud en Cuba para constituir una familia, fundar una empresa exitosa y hacer muchas amistades, a las que siempre trataba de acercar a Dios.

No ocultaba que amaba a Cuba, la tierra que lo había acogido, con el mismo cariño que sentía por la que lo recibió al nacer.

Dejé de verlo cuando tomamos rumbos diferentes en busca de libertad. Cuando nos encontramos de nuevo ya no era tan alto. El peso de los años, las angustias de una pobre salud y la tristeza por la pérdida de sus seres más queridos, le habían encorvado.

Había perdido la visión de un ojo y muy poca le quedaba en el otro. Ya no podía ir de un lugar a otro por sí solo. Necesitaba del bastón y de un brazo ajeno que le ayudase a mantener el equilibrio.

Una noche llegué a visitarle cuando se preparaba para sus oraciones antes de retirarse a dormir. Sobre su cama, cerca de la luz de la lámpara de la mesita de noche, había desplegado una foto de su difunta esposa, otra de un paisaje de Cuba, fotos de sus ahijados, entre otras.

Tenía un método propio para rezar: tomaba una foto, la acercaba lo más posible al ojo del cual todavía veía y rezaba por los recuerdos que la imagen le traía.

Le gustaba salir a caminar por aquella población cercana a la costa donde había nacido. Volvió a ella para darle allí el adiós a la vida. Era bella. Invitaba a pasear. Las veces que le invité a dar una caminata y poder disfrutar de su grata cháchara, se reservó unas horas de la mañana, durante las cuales hacía llamadas telefónicas dando consuelo, llevando cariño, transmitiendo esperanzas, orando en común.

Cuando la admiración me impulsó a preguntarle cómo podía hacer tanto a sus años, me contestó con esta frase: “La oración enciende y mantiene la ilusión, y la ilusión da las fuerzas para el esfuerzo”.

Murió, con la ilusión de un joven, cuando tenía noventa años de edad.