Sagrada Familia
Mateo 2,13-15.19-23

Autor: Mons. Andrés Stanovnik
 

Santuario de la Cruz de los Milagros, 29 de diciembre de 2007 

El misterio de la Encarnación, que celebramos en la Navidad, es tan amplio y tan rico, que no se puede abarcar en una sola fiesta. Por eso, la liturgia va como desenvolviendo los diversos pliegues de ese misterio, para que nosotros entremos en ellos y gocemos de las maravillas que Dios tiene para aquellos que lo aman. Así, hoy nos invita a contemplar ese misterio, con la Sagrada Familia de María, José y el Niño para que, iluminados por ella, nosotros encontremos el modelo para construir nuestras familias y con ellas, nuestro pueblo.

Para eso, les propongo que recordemos algunas reflexiones muy bellas, oportunas y profundas sobre la familia que nos dio recientemente el Santo Padre, algunas orientaciones que nos ofreció Aparecida, y también la Exhortación pastoral de la Plenaria del Episcopado, que se hizo en abril de este año.

Entre las principales tareas que tenemos como cristianos y como ciudadanos están la vida y la familia, dijimos en la Plenaria. Ambas, la vida y la familia están íntimamente relacionadas. La vida, como don de Dios y el primero de los derechos humanos que debemos respetar, desde su fecundación hasta su término natural. La familia, fundada en el matrimonio entre varón y mujer, como la célula básica de la sociedad y la primera responsable de la educación de los hijos.

En Aparecida, lo primero que hicimos, al tratar el tema de la vida y la familia, fue alabar a Dios por el don maravilloso de la vida y por quienes la honran y la dignifican al ponerla al servicio de los demás; por el espíritu alegre de nuestros pueblos que aman la música, la danza, la poesía, el arte, el deporte y cultivan una firme esperanza en medio de problemas y luchas. Alabamos a Dios porque, siendo nosotros pecadores, nos mostró su amor reconciliándonos consigo por la muerte de su Hijo en la cruz. Lo alabamos porque ahora continúa derramando su amor en nosotros por el Espíritu Santo y alimentándonos con la Eucaristía, pan de vida.

Proclamamos con alegría el valor de la familia en América Latina y El Caribe. El Papa Benedicto XVI dijo que la familia “patrimonio de la humanidad, constituye uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente… La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de sus hijos”. La familia debe ser una escuela de fe para todos sus integrantes. Ella ofrece a los hijos un sentido cristiano de existencia y los acompaña en la elaboración de su proyecto de vida como discípulos misioneros. Por eso, sentimos un profundo agradecimiento a Cristo que nos revela que Dios es amor y, optando por vivir en familia en medio de nosotros, la eleva a la dignidad de “Iglesia Doméstica”.

El ser amados por Dios nos llena de alegría. El amor humano encuentra su plenitud cuando participa del amor divino, del amor de Jesús que se entrega solidariamente por nosotros en su amor pleno hasta el fin. El amor conyugal es la donación recíproca entre un varón y una mujer, los esposos: es fiel y exclusivo hasta la muerte y fecundo, abierto a la vida y a la educación de los hijos, asemejándose al amor fecundo de la Santísima Trinidad.

Por eso, en Aparecida, pedimos que los legisladores, gobernantes y profesionales de la salud, conscientes de la dignidad de la vida humana y del arraigo de la familia en nuestros pueblos, la defiendan y protejan de los crímenes abominables del aborto y de la eutanasia; y recordamos que ésta es su responsabilidad. El niño que está creciendo en el seno materno y las personas que se encuentran en el ocaso de sus vidas, son un reclamo de vida digna que grita al cielo y que no puede dejar de estremecernos. Si queremos sostener un fundamento sólido e inviolable para los derechos humanos, es indispensable reconocer que la vida humana debe ser defendida siempre, desde el momento mismo de la fecundación. De otra manera, las circunstancias y conveniencias de los poderosos siempre encontrarán excusas para maltratar a las personas.

Con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, que vamos a celebrar pasado mañana, el Santo Padre recordó en su Mensaje que “la familia tiene necesidad de una casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos. Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz”. Todos sabemos que una gran parte de nuestra población está afectada por difíciles condiciones de vida, que amenazan directamente la institución familiar. Entre las situaciones adversas que amenazan la familia, además de la pobreza, el Papa denuncia el secularismo y el relativismo ético. El primero, propone vivir una vida sin Dios y el segundo, que es el resultado de una vida sin Dios, entiende que cada uno, de su vida, tiene derecho a hacer lo que quiere. Con estas pautas, los mercaderes del placer, descontrolan el deseo de niños, jóvenes y adultos, y los arrastran a mundos ilusorios y maravillosos, donde todo deseo puede ser satisfecho, con productos químicos de eficacia inmediata, pero efímeros y mortales a corto plazo. Cuando todo es relativo, el pasado ya fue, el futuro es una ilusión, y así, un presente sin pasado y sin futuro es vacío, que se pretende llenar consumiendo bienestar económico para los pocos que pueden y droga barata para la mayoría. “Droga barata” es también una cultura que va destruyendo valores e ideales, que afecta sobre todo a las nuevas generaciones y compromete el futuro de nuestros pueblos. Abrirse a los valores trascendentes, defenderlos y promoverlos, es esencial para el presente y el futuro de la familia y de los pueblos. 

 Por eso, “en una vida familiar «sana» -dice el Santo Padre-  se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz”. De igual manera, la familia humana, “necesita un fundamento de valores compartidos…, una ley común…, y fomentar relaciones correctas y sinceras entre los individuos y entre los pueblos…; para esto es necesario adoptar la vía del diálogo.

Tanto para la vida familiar, como para la familia humana, el recurso imprescindible para educar en la paz es el diálogo. Donde no se practica el diálogo abierto, respetuoso, sincero, no puede haber proyecto común ni existen posibilidades reales para incluir a todos. En cambio, mediante un auténtico diálogo, las personas y los pueblos se encuentran.

Hoy nos encontramos en este lugar, donde se venera la Cruz de los Milagros. Nuestro encuentro es mucho más que estar uno al lado del otro. Nos encontramos aquí unidos por la fuerza misteriosa de la Cruz de Jesucristo, revelación de la inmensa misericordia que Dios Padre tiene por cada uno de nosotros. La Cruz de Jesucristo es la clave de nuestro encuentro y en ella están trazadas las condiciones esenciales que iluminan el diálogo en la familia y en nuestro pueblo. ¡Es providencial que Dios haya permitido que aconteciera el milagro de la Cruz en los comienzos de la fundación de nuestra Ciudad, para darnos a entender que la familia humana debe construirse y reconstruirse siempre partiendo de la Cruz de Jesucristo!

En ese signo, que nos da los trazos más profundos para el camino del encuentro, descubrimos que el diálogo entre los miembros de una familia o entre los diversos sectores de la población exige mucha paciencia y amor. Paciencia y amor entre los esposos, de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres, entre los hermanos, de todos con los abuelos y de éstos con toda la familia. Al mismo tiempo, mirando la Cruz, como cristianos y ciudadanos, aprendemos que es necesario tener siempre el corazón abierto y los brazos extendidos, buena disposición, voluntad política sincera, estrategias adecuadas y eficaces para abrir espacios de diálogo entre los diversos sectores de nuestra sociedad. Entonces sí, el fuego del amor, que hizo milagrosamente incombustible aquellos maderos de la Cruz, se transforma en una fuente inagotable que continúa realizando el milagro de humanización y de vida más digna y plena para todos.

Hoy es muy importante que tomemos conciencia del valor de la vida y de la familia, que nos sintamos alegres y agradecidos porque creemos que “la familia es imagen de Dios que, en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia”, y que asumamos responsablemente la enorme y apasionante tarea que tenemos de construir nuestras familias inspirados en el modelo perfecto del Amor de Dios, que es Trinidad, cuyo bello reflejo lo contemplamos en la Sagrada Familia de María, José y el Niño. Felicito a las diversas instituciones de la pastoral familiar, que tuvieron la iniciativa de este encuentro y la oportunidad de colocarlo en esta hermosa y significativa fiesta litúrgica. Nuestra Madre de Itatí proteja a todas las familias de nuestra Arquidiócesis, sostenga con su amor a los esposos que se esfuerzan por vivir con fidelidad el sacramento del matrimonio, manifieste su cercanía y consuelo a los que se separaron, a aquellos que establecieron nuevas uniones y, en particular, a las madres solteras que cuidan con amor a sus hijos. Finalmente le suplicamos que ilumine a los que tienen responsabilidades de gobierno para que “promuevan políticas familiares auténticas que respondan a los derechos de la familia como sujeto social imprescindible”. Tierna Madre de Itatí, ruega por nosotros. Amén.